domingo, abril 02, 2017

V Domingo de Cuaresma (A) Reflexión

El evangelio de hoy nos presenta la tercera catequesis bautismal durante la Cuaresma para quienes debían recibir el bautismo en la vigilia pascual. Los grandes temas de esta catequesis eran el agua de la vida (Samaritana), la luz (ciego de nacimiento) y la vida (resurrección de Lázaro).

Jesús se encuentra predicando lejos de Betania. En esta aldea vivían tres hermanos, amigos del Señor, Lázaro, Marta y María. Lázaro había muerto y el amigo se encontraba lejos. Mandan recado a Jesús, quien, de entrada, parece no atender la petición urgente de las dos hermanas. Él continúa predicando en la región la Buena Nueva. Parece no tener prisa. Al fin y al cabo, es urgente la tarea de la predicación y son muchos los que le oyen y están atentos a su palabra.

Cuando al fin decide ir a Betania, los discípulos quieren hacerlo desistir, porque, dicen, los dirigentes judíos intentarán darle muerte. No hace caso. Y pronuncia unas palabras muy interesantes. Dice: “Nuestro amigo está dormido; voy a despertarlo”. ¿Por qué interesante? Porque para Dios o desde el punto de vista cristiano, la muerte viene a ser como un sueño. No se muere del todo, y despertará a un día sin fin, a la vida plena y definitiva. La palabra “cementerio” es de origen griego y significa “dormitorio” o el lugar de los que duermen.

Llega a Betania y se encuentra con las hermanas. Una de ellas, Marta le lanza una queja cariñosa, pero que es reproche. Le dice: “Si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto”.  Y Jesús le responde: “Tu hermano resucitará”. Y añade una enseñanza fundamental: “Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá, y quien vive y cree en mí no morirá para siempre”. Y le hace una pregunta a Marta -y a nosotros-. Le dice: “¿Crees esto?”. 

¿Creemos en verdad en que Jesús nos resucitará, no para volver a esta vida humana, sino para la vida en plenitud, feliz y para siempre?  La muerte no es el final, es una puerta que se abre para pasar al encuentro con Dios para siempre. Si Cristo resucitó, también nosotros resucitaremos, dice San Pablo.
Hay otro momento de especial interés, al menos para mí o en mi opinión. Jesús, al ver llorar a las dos hermanas y a los judíos que las acompañaban por la muerte del hermano y el amigo, él se conmovió por dentro y se echó a llorar también. ¿Por qué digo que es muy interesante este hecho? 

Un Dios que llora es un Dios cercano y humano, un Dios sensible, un Dios que asume y comparte el misterio del dolor. Si Dios llora por mí, por nosotros, cuando nos ha ocurrido una desgracia grande (la muerte de un familiar, una enfermedad grave, un fracaso grave también), es porque nos ama, porque compadece (padecer con). Llorar con los que lloran con amor. 

Jesús se conmovió, primero, por la muerte del amigo, y lloró al ver llorar a las hermanas y a los acompañantes. Jesús es amigo hasta las lágrimas y la muerte.

Y Jesús ora. Ora para dar gracias al Padre porque le ha escuchado, porque está con él. Y lanza un grito fuerte: “Lázaro, sal afuera”. Y, ante la admiración de los presentes, Lázaro revive, sale del sepulcro vivo, se incorpora de nuevo a la vida terrena. Esto viene a ser una señal de nuestra resurrección futura (San Juan no habla casi nunca de milagros, sino de signos o señales). 

¿Cuál fue la reacción de los presentes? Doble. Una: muchos de ellos creyeron en Jesús. Únicamente Dios puede resucitar a un muerto. Y Jesús lo ha hecho. Creyeron en él. Otra: Algunos de ellos, incomprensiblemente, fueron a contar el hecho a los fariseos y sumos sacerdotes, y estos reaccionaron con más odio y violencia. Tenían que eliminar a Jesús porque todo el pueblo creería en él. 

Caifás, sumo sacerdote profetizó sin darse cuenta del alcance su profecía cuando dijo: “Es mejor que  muera uno solo por el pueblo y que no perezca toda la nación”. No sabía lo que decía.

Estamos a las puertas de la Semana Santa. Se cumplirán las palabras proféticas de Caifás: Jesús morirá por el pueblo, para que el pueblo no perezca. La muerte y resurrección de Lázaro es una señal que anticipa la muerte y resurrección de Jesús.
 P. Teodroro Baztán Basterra, OAR

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