lunes, diciembre 11, 2017

CON JESÚS COMIENZA ALGO BUENO

A lo largo de este nuevo año litúrgico los cristianos iremos leyendo los domingos el evangelio de Marcos. Su pequeño escrito arranca con este título: «Comienza la Buena Noticia de Jesucristo, Hijo de Dios». Estas palabras nos permiten evocar algo de lo que encontraremos en su relato.

Con Jesús «comienza» algo nuevo. Es lo primero que quiere dejar claro Marcos. Todo lo anterior pertenece al pasado. Jesús es el comienzo de algo nuevo e inconfundible. En el relato, Jesús dirá que "el tiempo se ha cumplido". Con él llega la Buena Noticia de Dios.

Esto es lo que están experimentando los primeros cristianos. Quien se encuentra vitalmente con Jesús y penetra un poco en su misterio, sabe que empieza una vida nueva, algo que nunca había experimentado anteriormente.

Lo que encuentran en Jesús es una «Buena Noticia». Algo nuevo y bueno. La palabra «Evangelio» que emplea Marcos es muy frecuente entre los primeros seguidores de Jesús y expresa lo que sienten al encontrarse con él. Una sensación de liberación, alegría, seguridad y desaparición de miedos. En Jesús se encuentran con "la salvación de Dios".

 Cuando alguien descubre en Jesús al Dios amigo del ser humano, el Padre de todos los pueblos, el defensor de los últimos, la esperanza de los perdidos, sabe que no encontrará una noticia mejor. Cuando conoce el proyecto de Jesús de trabajar por un mundo más humano, digno y dichoso, sabe que no podrá dedicarse a nada más grande.

 Esta Buena Noticia es Jesús mismo, el protagonista del relato que va a escribir Marcos. Por eso, su intención primera no es ofrecernos doctrina sobre Jesús ni aportarnos información biográfica sobre él, sino seducirnos para que nos abramos a la Buena Noticia que sólo podremos encontrar en él.

Marcos le atribuye a Jesús dos títulos: uno típicamente judío, el otro más universal. Sin embargo reserva a los lectores alguna sorpresa. Jesús es el «Mesías» al que los judíos esperaban como liberador de su pueblo. Pero un Mesías muy diferente del líder guerrero que muchos anhelaban para destruir a los romanos. En su relato, Jesús es descrito como enviado por Dios para humanizar la vida y encauzar la historia hacia su salvación. Es la primera sorpresa.

Jesús es «Hijo de Dios», pero no dotado del poder y la gloria que algunos hubieran imaginado. Un Hijo de Dios profundamente humano, tan humano que sólo Dios puede ser así. Sólo cuando termina su vida de servicio a todos, ejecutado en una cruz, un centurión romano confiesa: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios". Es la segunda sorpresa.
José Antonio Pagola
 

ORACIÓN DE ACCIÓN DE GRACIAS 

Te damos gracias, Señor, porque el clamor del Adviento por el cielo y la tierra nuevos, en que habite la justicia, se expresa con joven esperanza y liberador optimismo por labios del profeta: ¡Consolad, consolad a mi pueblo!
       Una voz grita: Preparad en el desierto un camino al Señor, porque se revelará su gloria y todos los hombres la verán. Haz, Señor, que la levadura de tu reino nos convierta en hombres y mujeres nuevos a la medida de Cristo Jesús, para que seamos fermento capaz de transformar desde dentro las estructuras familiares, laborales, políticas y económicas posibilitando el nacimiento del hombre y mundo nuevos. Amén.
P. Julián Montenegro Sáenz.

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domingo, diciembre 10, 2017

II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (B) Reflexión

Seguimos leyendo en este Adviento al profeta Isaías. Nos anuncia un mundo mejor cuando llegue el Mesías. La belleza de sus textos es verdaderamente llamativa. Y, además, nadie mejor que él se acercó tanto a lo que sería la vida de Jesús de Nazaret. Se le llama el evangelista del antiguo Testamento.

Hoy hemos escuchado, precisamente, el grito que siglos después lanzará a los cuatro vientos, el Precursor, Juan el Bautista: "En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios”. 

La figura de Juan el Bautista es el centro de este Domingo Segundo del Adviento. Juan es un hombre pobre, austero, acostumbrado a la continua presencia de Dios, esta que se da en soledad, en el desierto físico y el desierto interior.

Treinta años tendría, más o menos, cuando bajó a la ribera del Jordán y allí empezó a ejercer su ministerio. Escogió para ejercer la tarea a la que se sentía llamado; pasará una larga temporada viviendo en el desierto. Hoy el Evangelio nos habla de la vida que llevaba. Se cubría con piel de camello, se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.

Venía gente de lejanas tierras a escucharle. Les convencía. Muchos aceptaban su mensaje y le decían que querían cambiar de vida. Él aceptaba su actitud y como signo, como respuesta espiritual, los bautizaba. Era signo o anticipo de otro bautismo, el de Jesús. 

Juan les decía que encontrarían en este bautismo, en el de Jesús, el Espíritu. El que vendría tras él, era mucho más importante, y él debía retirarse discretamente. No se iban decepcionados. Se les habían perdonado sus pecados y se les había trazado un signo de Esperanza.

El evangelio de Marcos, que acabamos de escuchar, nos muestra, con precisión y brevedad, la predicación de San Juan Bautista: Pide la preparación de los caminos para que el Señor llegue. Es la voz que clama en el desierto tal como profetizó Isaías. Es, asimismo, un hombre excepcional entregado a su misión, sin titubeos, sin tregua. Y ese grito pronunciado en el impresionante silencio del desierto debe llegar a nosotros, a lo más íntimo de nuestro corazón. 

Nos quiere decir, sin duda, que no podemos perder la oportunidad una vez más, de dejar pasar otro adviento sin convertirnos. Debemos romper las amarras que nos tienen atrapados en el puerto de nuestra comodidad y de nuestra vida muelle. 

Una tarea: preparar nuestro corazón para que esté expectante ante la venida de Jesús a nuestra vida. Juan decía a la gente que "debían de convertirse a Dios". Convertirse significa cambiar nuestra manera de pensar, cambiar de actitud y volver a Dios. 

Si la llamada del domingo pasado se podía resumir en el slogan: "Vigilad", la de hoy se puede sintetizar con otra consigna también clara y enérgica: "convertíos". Convertirse no significa necesariamente que seamos grandes pecadores y debamos hacer penitencia.

Convertirse y creer en Cristo Jesús, significa volverse a él, aceptar sus criterios de vida, acoger su evangelio y su mentalidad, irla asimilando en las actitudes fundamentales de la vida. Su mensaje sigue válido en nuestros días. La Iglesia, al llegar el Adviento, lo actualiza con el mismo vigor y energía, con la misma urgencia y claridad: "Convertíos porque está cerca el Reino de los Cielos... Preparad el camino del Señor, allanad su sendero". Se adornan las calles y plazas como antesala de la Navidad. ¿Cómo vamos adornar nuestra vida?

Sí, también hoy es preciso que cambiemos de conducta, también hoy es necesaria una profunda conversión: Arrepentirnos sinceramente de nuestras faltas y pecados, confesarnos humildemente ante el ministro del perdón de Dios, reparar el daño que hicimos y emprender una nueva vida de santidad y justicia.

Por eso la voz del Bautista, que resuena hoy por todo el mundo, es incómoda en el fondo: nos invita a un cambio, a una opción: "preparad el camino del Señor, allanad sus senderos..." Y Pedro ha resumido el programa de esta venida en su carta de hoy: habrá "un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia".

Para este camino de conversión a Cristo tenemos nuestro "viático": la Eucaristía. La Palabra de Dios, que se nos proclama y que acogemos con fe; la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, esto es lo que nos da ánimos y nos sostiene en la peregrinación de cada semana. Mientras esperamos la gloriosa manifestación del Salvador, al final de la historia, todos somos convocados este año a una marcha hacia adelante: el Señor viene a nosotros, con tal que también nosotros vayamos hacia Él.

P. Teodoro Baztán Basterra, OAR.

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sábado, diciembre 09, 2017

EL DIOS DE LA FE -

En medio de la sombra y de la herida
me preguntan si creo en Ti. Y digo:
que tengo todo, cuando estoy contigo,
el sol, la luz, la paz, el bien, la vida.

Sin Ti, el sol es luz descolorida.
Sin Ti, la paz es un cruel castigo.
Sin Ti, no hay bien ni corazón amigo.
Sin Ti, la vida es muerte repetida.

Contigo el sol es luz enamorada
y contigo la paz es paz florida.
Contigo el bien es casa reposada
y contigo la vida es sangre ardida.

Pues si me faltas Tú, no tengo nada:
ni sol, ni luz, ni paz, ni bien, ni vida.

P. José Luis Martín Descalzo


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viernes, diciembre 08, 2017

INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA


No podía faltar María en la cita con el adviento. Ella es la protagonista de este tiempo tan entrañable en que esperamos, como Ella, al que ha venir, al Esperado de las naciones, al Mesías. En Navidad es Jesús la figura central. En adviento, María. Ella resume y sintetiza toda la esperanza del Antiguo Testamento, la esperanza del pueblo alimentada y sostenida por los profetas. Todo el tiempo de su embarazo fue un tiempo de adviento para Ella. 

Y Ella está presente en este tiempo con el regalo más hermoso que Dios le concedió, después de su maternidad divina o porque iba a ser Madre de Dios, claro está: ser limpia de todo pecado desde el momento de su concepción en el seno de su madre. Ella quedó libre del pecado que llamamos original (un pecado que se cometió en el origen de la humanidad y que, a su vez, fue origen del pecado que hay en el mundo). Llena de gracia, le dice el ángel. Tenía la gracia total, o lo que es lo mismo, había en ella ausencia total de pecado. 

Y el razonamiento es muy sencillo: Convenía que la que iba a ser Madre del Hijo de Dios no tuviera pecado alguno en ningún momento. Dios se lo podía conceder. Luego lo hizo. ¿Qué hijo no quiere lo mejor para su madre? Desearía que fuera feliz, con una salud a toda prueba, ojalá siempre joven. Pero no está en nuestras manos lograrlo para ella. Para Dios lo más importante es estar en gracia y sin pecado. Pero Él sí podía concedérselo. Luego..., la conclusión es muy sencilla. La libró del pecado. El argumento no será muy teológico, pero sí muy humano, y, y para nosotros, humanos, muy convincente. 

Pero es la Palabra de Dios la que fundamenta esta verdad. Lo hemos escuchado en las lecturas que se acaban de proclamar. A raíz del primer pecado en el paraíso, Dios dice al maligno, simbolizado por la serpiente: Enemistades pondré entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. La Iglesia ha visto siempre en esta mujer a María y, en su descendencia, a su Hijo Jesús. Esta enemistad no sería tal si en algún momento hubiera existido el pecado. María libre, pues, de todo pecado. Y en el evangelio el ángel le dice a María que es llena de gracia. O, lo que es lo mismo, sin pecado alguno. 

Esta es la doctrina de la Iglesia. ¿Pero qué nos dice, a nosotros, esta verdad? Que en María está representada toda la humanidad redimida por Cristo. Que si Ella fue preservada de todo pecado porque iba a ser madre de Dios, nosotros estamos llamados a vivir también sin pecado para poder acoger a Cristo y vivir como creyentes.

Si Eva significa “madre de todos los vivientes”, María es la “madre de todos los creyentes”. Por ella nos viene Jesús, el Salvador. Si ella lo acogió sin reservas y con una total disponibilidad, tarea de todo el que se proclama creyente es acoger a Cristo también sin reservas y con una total disponibilidad. 

María fue la primera cristiana, la mujer creyente, la mejor discípula de Jesús. Por tanto, es modelo acabado para todo cristiano. Una mujer sencilla del pueblo, sin que externamente se diferenciara de las demás muchachas de su entorno, pobre, trabajadora, preocupada por los demás, profundamente religiosa, esposa fiel de un humilde trabajador y madre solícita. Muy cercana, por tanto, a nosotros, en cuanto humanos, una más de nosotros.

Pero elegida por Dios para la misión más importante que mujer alguna pudo imaginar o desear. Luego dirán algunos o algunas, que la biblia margina a la mujer. Elegida por Dios y llena de gracia, porque iba a ser madre de Dios.

María ha llenado el mundo de esperanza al entregarnos a Jesús. Por eso esta fiesta cae muy bien dentro del tiempo de adviento. Toda la humanidad espera, como ella esperó, al Redentor, al Niño que viene para salvarnos, que nos trae la paz, el amor, el perdón y la reconciliación.

Acoger a María implica acoger también al Hijo. Y acoger al Hijo implica hacer que viva en nuestra misma vida. Como se hizo vida en el seno de su Madre.

P. Teodoro Baztán Basterra, OAR.

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Acerca de este blog

La Comunidad de Madres Mónicas es una Asociación Católica que llegó al Perú en 1997 gracias a que el P. Félix Alonso le propusiera al P. Ismael Ojeda que se formara la comunidad en nuestra Patria. Las madres asociadas oran para mantener viva la fe de los hijos propios y ajenos.

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