jueves, enero 17, 2019

¿HAY HIJOS DE SEGUNDA CLASE?

      Tres mujeres van al ginecólogo. La primera, soltera, descubre que está embarazada. La segunda, casada, acaba de saber que su hijo tiene el Síndrome de Down. La tercera, también casada, recibe una información que presagia tormenta: su hijo es de una raza diferente de la de los dos esposos...

        Cada mujer acoge la noticia de su embarazo de una manera diferente, según su situación, su psicología, sus principios. Además, quienes están a su alrededor empiezan a ofrecer opiniones y consejos de diverso tipo. En los tres casos anteriores, es frecuente que la misma mujer o quienes están junto a ella piensen que si recurren al aborto evitarán muchos problemas personales y familiares.

        Si aceptamos este modo de pensar, el hijo queda relegado a una situación de inferioridad, como si fuese de segunda clase. Porque en el mundo de los embarazos se dan dos situaciones claramente diferentes. En la primera, se da un “sí” al hijo, a su dignidad, a sus valores intrínsecos , desde una actitud materna de acogida y de amor. En la segunda, se da un “ no ” al hijo, como si sus derechos y su valor intrínseco no fuesen relevantes, como si desapareciese su dignidad ante los deseos de otros.

        La existencia de actitudes tan diferentes implica, en el fondo, suponer que habría dos tipos de hijos. Unos serían considerados como de primera clase: aquellos que son amados, que son acogidos en los proyectos de su madre o de quienes con mayor o menor intensidad influyen sobre ella. Otros serían vistos como de segunda clase: aquellos que no son amados, que se presentan como incómodos, como problemáticos, como enfermos, como racialmente indeseados, o como hijos de un adulterio que la esposa quiere ocultar a cualquier precio.

        El aborto es posible desde esa mentalidad discriminatoria que admite entre los hijos clases y categorías diferentes, desde criterios arbitrarios que dependen de las preferencias de los adultos. Tales criterios pueden variar enormemente, pues hay quien considera un simple proble ma en los labios del feto como motivo suficiente para abortarlo, mientras que otros optan por el aborto selectivo de niñas (o de niños), y no falta quien simplemente ha decidido abortar para no perder la línea o para realizar un deseado viaje en un crucero ...

        En realidad, si observamos al hijo en su existencia propia, en su proceso biológico, en su identidad, tendremos que reconocer que no hay hijos de segunda clase, sino que todos se caracterizan por su condición humana, por un modo de ser que los hace me recedores del mismo trato ante la ley y ante los hombres.

        Es cierto que entre hijo e hijo hay diferencias enormes. Unos son sanos, otros enfermos; unos serán más inteligentes en la escuela, otros apenas lograrán pasar los exámenes con un suficiente; unos serán deportistas, otros ingenieros. A pesar de ello, todos los hijos, de razas y de sangre distintas, capacitados para vivir muchos años o unos pocos meses, participan de la misma humanidad, sin distinciones que indiquen quién merece morir y quién puede s eguir adelante durante los meses del embarazo y después del día del parto.

        La dignidad de cada ser humano no depende de su mayor o menor perfección física, de la situación económica de sus padres, de los deseos y proyectos de quienes están llamados a cuid arlo antes y después del parto. Reconocer tal dignidad hará posible romper esquemas discriminatorios injustos, y llevará a tratar con respeto a cada hijo, desde el inicio de su existencia, simplemente por lo que es: un ser humano que ya está en marcha en el camino de la vida.


 

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miércoles, enero 16, 2019

MAÑANA, MAÑANA

     Agustín de Tagaste era un joven y brillante orador, dotado de una gran inteligencia y un corazón ardiente. Su adolescencia transcurrió entre diversas escuelas de Madaura, Tagaste y Cartago, de manera un tanto turbulenta. Durante años anduvo sin apenas rumbo moral en su vida, muy influida por amistades poco recomendables: "Mientras me olvidaba de Dios -dice de sí mismo-, por todas partes oía: ¡Bien, bien!".

        "Yo ardía en deseos de hartarme de las más bajas cosas y llegué a envilecerme hasta con los más diversos y turbios amores; me ensucié y me embrutecí por satisfacer mis deseos. Me sentía inquieto y nervioso, solo ansiaba satisfacerme a mí mismo, hervía en deseos de fornicar. (...) ¡Ojalá hubiera habido alguien que me ayudara a salir de mi miseria...!".

        No era feliz: "Sabía que Dios podía curar mi alma, lo sabía. Pero ni quería ni podía. Tanto más cuanto que la idea que yo tenía de Dios no era algo real y firme, sino un fantasma, un error. Y, si me esforzaba por rezar, inmediatamente resbalaba como quien pisa en falso, y caía de nuevo sobre mí. Yo era para mí mismo como una habitación inhabitable, en donde ni podía estar ni podía salir. ¿Dónde podría huir mi corazón que huyese de mi corazón? ¿Cómo huir de mí mismo?".

        Agustín buscaba la verdad en diversas ideologías. Habló con las figuras intelectuales más destacadas para encontrar respuesta a las situaciones culturales y sociales de su época. Pasaba de maestro en maestro y de ideología en ideología. Pero nada le llenaba el corazón. Leía incesantemente. Triunfó dando clases y conferencias, hasta convertirse en un personaje de moda, y era un pensador influyente al que llamaban de todos los sitios.

        Estando en Milán, en el año 384, acudía, sin demasiada buena disposición, a escuchar las homilías de Ambrosio, obispo de la ciudad. Ambrosio era un hombre de una gran talla intelectual, y Agustín estaba interesado en su oratoria, no en su doctrina, pero, "al atender para aprender de su elocuencia -explicaba-, aprendía al mismo tiempo lo que de verdadero decía". Le parecía que aquel hombre explicaba de un modo distinto los pasajes de la Sagrada Escritura que él ridiculizaba en sus clases y que ahora le empezaban a parecer verdaderos.

        El 1 de enero del año 385 se estaba preparando para hablar ante toda la Corte del Emperador Valentiniano, instalada por entonces en aquella ciudad. Agustín estaba consiguiendo sus propósitos de triunfar gracias a su elocuencia, pese a ser aún muy joven. Pero notaba que algo en su vida estaba fallando. "Al volver -escribiría más adelante- y pasar por una de las calles de Milán, me fijé en un pobre mendigo que, despreocupado de todo, reía feliz. Yo, entonces, interiormente, lloré".

        Una cascada de sentimientos se desbordó en el corazón de Agustín. Caminaba, como siempre, rodeado de un grupo de amigos. "Les dije que era nuestra ambición la que nos hacía sufrir y nos torturaba, porque nuestros esfuerzos, como esos deseos de triunfar que me atormentaban, no hacían más que aumentar la pesada carga de nuestra infelicidad".

        "No hago más que trabajar y trabajar para lograr mis objetivos y, cuando los consigo, ¿soy más feliz? No. Tengo que seguir bregando contra todo y contra todos para mantenerme en mi puesto. Mientras tanto, ese tipo vive tan contento sin tener nada... Bueno; no sé si estará contento, no sé si será realmente feliz, pero, desde luego, el que no soy feliz soy yo... No es que me guste su vida, ¡es mi vida la que no me gusta! He conseguido un estatus, una posición económica y cultural... ¿y qué?". "No compares -le dijeron sus amigos-. Ese tipo se ríe porque habrá bebido. Y tú tienes todos los motivos para estar feliz, porque estás triunfando...".

        Sí, estaba triunfando, pero aquellos éxitos en su cátedra y en sus conferencias, más que alegrarle, le deprimían. "Al menos -se decía-, ese mendigo se ha conseguido el vino honradamente pidiendo limosna, y yo... he alcanzado mi estatus a base de traicionarme a mí mismo. Si el mendigo estaba bebido, su borrachera se le pasaría aquella misma noche, pero yo dormiría con la mía, y me despertaría con ella, y me volvería a acostar y a levantar con ella día tras día".

        La crisis se había desencadenado. Pero la lucha no había hecho más que empezar, llena de vacilaciones. "La fe católica me da explicaciones a lo que me pregunto...; sin embargo, ¿por qué no me decido a que me aclaren las demás cosas?".

        En su vida moral seguía haciendo lo que le apetecía. Deseaba salir de aquella situación, pero, a la vez, se sentía incapaz. "Si uno se deja llevar por esas pasiones, al principio se convierten en una costumbre, pero, luego, en una esclavitud...".

        Era un esclavo de esas pasiones, lo reconocía. Por eso, el tiempo pasaba y Agustín se resistía a cambiar. "Deseaba la vida feliz del creyente, pero, a la vez, me daba miedo el modo de llegar a ella". "Pensaba que iba a ser muy desgraciado si renunciaba a las mujeres...". "¡Qué caminos más tortuosos! Ay de esta alma mía insensata, que esperó, lejos de Dios, conseguir algo mejor. Daba vueltas, se ponía de espaldas, de lado, boca abajo..., pero todo lo encontraba duro e incómodo...".

        Agustín va poco a poco logrando dominar mejor sus pasiones y su soberbia, pero se encuentra con otro poderoso enemigo: "Me daba pereza comenzar a caminar por la estrecha senda". "Todavía seguía repitiendo como hacía años: mañana; mañana me aparecerá clara la verdad y, entonces, me abrazaré a ella".

        El proceso de su conversión pasó -según contaría él mismo en su libro "Las Confesiones"- por multitud de pequeños detalles. El giro definitivo se produjo un día de agosto del año 386, en que recibió la visita de su amigo Ponticiano. Tuvieron una animada conversación. En un momento dado, Ponticiano le contó la historia de un monje llamado Antonio, y luego, viendo el creciente interés de Agustín, una anécdota suya personal. Le contaba esas cosas con intención de acercarle a Dios, pero probablemente no sospechaba el fuerte influjo que sus palabras producían en Agustín. "Lo que me contaba Ponticiano me ponía a Dios de nuevo frente a mí y me colocaba a mí mismo enérgicamente ante mis ojos para que advirtiese mi propia maldad y la odiase. Yo ya la conocía, pero hasta entonces quería disimularla, y me olvidaba de su fealdad". "Me puso cara a cara conmigo mismo para que viese lo horrible que era yo."

        Mientras su amigo hablaba, Agustín pensaba en su alma, que encontraba tan débil, oprimida por el peso de las malas costumbres que le impedían elevarse a la verdad, pese a que ya la veía claramente. "Habían pasado ya muchos años, unos doce, aproximadamente, desde que cumplí los diecinueve, desde aquel año en que por leer a Cicerón me vi movido a buscar la sabiduría."
"Había pedido a Dios la castidad, aunque de este modo: "Dame, Señor, la castidad y la continencia, pero no ahora", porque temía que Dios me escuchara demasiado pronto y me curara inmediatamente de mi enfermedad de concupiscencia, que yo prefería satisfacer antes que apagar." "Se redoblaba mi miedo y mi vergüenza a ceder otra vez y no terminaba de romper lo poco que ya quedaba".

        Ponticiano terminó de hablar, explicó el motivo de su visita y se fue. El combate interior de Agustín se acercaba a su final. Cada vez faltaba menos, pero "podía más en mí lo malo, que ya se había hecho costumbre, que lo bueno, a lo que no estaba acostumbrado."

        Se decía: "¡Venga, ahora, ahora!". Pero, cuando estaba a punto... se detenía en el borde. Era como si los viejos placeres le retuviesen, diciéndole bajito: "¿Cómo? ¿Es que nos dejas? ¿Ya no estaremos contigo, nunca, nunca? ¿Desde ahora ya no podrás hacer eso... ni aquello? ¡Y qué cosas, Dios mío, me sugerían con las palabras "eso" y "aquello"!". Los placeres seguían insistiéndole: "¿Qué? ¿Es que piensas que vas a poder vivir sin nosotros, tú? ¿Precisamente tú...?". Miró a su alrededor. Muchos lo habían logrado. "¿Por qué no voy a poder yo -se preguntó- si este, si aquel, si aquella han podido?".

        Salió con su amigo Alipio al jardín de la casa. "¡Hasta cuándo -se preguntaba-, hasta cuándo, mañana, mañana! ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no ahora mismo y pongo fin a todas mis miserias?". Mientras decía esto, oyó que un niño gritaba desde una casa vecina: "¡Toma y lee! ¡Toma y lee!". Pensó que Dios se servía de ese chico para decirle algo. Corrió hacia el libro, y lo abrió al azar por la primera página que encontró. Leyó en silencio: "No andéis más en comilonas y borracheras, ni haciendo cosas impúdicas. Dejad ya las contiendas y peleas. Revestíos de Nuestro Señor Jesucristo y no busquéis cómo contentar los antojos de la carne y de sus deseos."

        Cerró el libro. Esa era la respuesta. No quiso leer más, ni era necesario. "Como si me hubiera inundado el corazón una fortísima luz, se disipó toda la oscuridad de mis dudas". Cuando se tranquilizó un poco, se lo contó a Alipio, que quiso ver lo que había leído. Se lo enseñó y su amigo se fijó en la frase siguiente del texto de la Escritura, en la que no había reparado. Seguía así: "Recibid al débil en la fe".

        "Después entramos a ver a mi madre, se lo dijimos todo y se llenó de alegría. Le contamos cómo había sucedido y saltaba de alegría y cantaba y bendecía a Dios, que le había concedido, en lo que se refiere a mí, lo que constantemente pedía desde hacía tantos años, en sus oraciones y con sus lágrimas".

        A los pocos meses, en la Vigilia Pascual, recibieron el bautismo Agustín, su hijo y su amigo. Años después, escribiría: "Tarde te amé, Belleza, tan antigua y tan nueva, ¡tarde te amé! Estabas dentro de mí, y yo te buscaba por fuera... Me lanzaba como una bestia sobre las cosas hermosas que habías creado. Estabas a mi lado, pero yo estaba muy lejos de Ti. Esas cosas... me tenían esclavizado. Me llamabas, me gritabas y, al fin, venciste mi sordera. Brillaste ante mí y me liberaste de mi ceguera... Aspiré tu perfume y te deseé. Te gusté, te comí, te bebí. Me tocaste y me abrasé en tu paz".

        El camino de San Agustín hacia la conversión refleja muy bien la tendencia de todo hombre a retrasar las decisiones que vemos bastante claras con la cabeza pero a las que se opone la resistencia de nuestras malas costumbres o pasiones. Su relato autobiográfico es uno de los mejores testimonios que se han escrito sobre los problemas, angustias y búsquedas que supone la lucha contra esa resistencia interior. Una lucha que acabó en victoria y que ha dejado a la humanidad la memoria de un personaje tan insigne como San Agustín, un gran pensador y un gran santo, cuyos escritos filosóficos y teológicos constituyen una referencia ineludible en la historia del pensamiento.

        Muchas veces, las llamadas de Dios chocan contra ese muro en nuestro interior, que retrasa nuestras respuestas, desvía nuestra mirada y nos hace repetir, como Agustín: ¡mañana!, ¡mañana! Muchas veces, ese "mañana" acaba por ahogar en su mismo nacimiento la voz del Señor. De ahí la necesidad de luchar contra el mal de la indolencia, contra esa falta de reacción ante el frío y el calor que circundan a la persona y que llegan a dejarla en una situación de indiferencia, de letargo inútil que le impide salir de sí misma para emprender acciones arriesgadas, pese a desearlo profundamente.

        —Pero las cosas importantes necesitan un tiempo de maduración.

        Si nos tomamos tiempo para considerar con calma las cosas en la presencia de Dios, para reflexionar y obrar con madurez y libertad, eso es algo no solo prudente, sino lógico y necesario. Pero, si nos tomamos ese tiempo para ver si así se diluyen las cosas y se pierde la voz del Señor en el ruido de fondo de nuestra vida, entonces nos estamos engañando, como explicaba San Agustín. Quizá entonces, a ese "mañana, mañana..." haya que encararse pensando si no es nuestro "hoy" precisamente el que nos pide Dios.

        Además, todos esos "mañanas" no podemos tenerlos tan seguros. San Luis Gonzaga murió a los veintitrés años, San Estanislao de Kostka a los dieciocho, San Juan Berchmans a los veintidós, Santa Teresa de Lisieux a los veinticuatro, y así muchos más. Dios puede llamar a cualquier edad, pero si nos llama en la juventud, hemos de agradecerlo como una predilección muy especial. Algunos piensan lo contrario, y creen que es mejor dejar pasar esos años, disfrutar de la juventud lejos de responsabilidades y compromisos, pero quienes han descubierto pronto esa llamada saben que no se cambian por nadie.

        Además, si se entiende bien lo que supone descubrir la vocación, es decir, conocer el designio de Dios para nuestra vida, lo propio no es la espera, sino la esperanza. Hemos de fomentar la esperanza de ese encuentro con Dios. La espera puede aguardarse durmiendo, la esperanza, caminando. La espera es un sillón; la esperanza, una camino en progreso. La espera, un refugio cómodo; la esperanza cristiana, una virtud aguerrida.

        —Pero no se puede meter prisa.

        Con el frío, muchas plantas se hielan. Y así pasa con tantas vocaciones que dejan pasar el tiempo sin responder a Dios. Si lo consideramos en el silencio de la oración, quizá encontremos que los tiempos de Dios implican un sentido de urgencia. Si pensamos en tantas personas que aún no conocen a Dios, en todas las que le conocen pero no le aman, y en todas las que le odian, y en las que mueren sin haber oído siquiera hablar de Él, quizá entonces entendamos que puede haber algo de esa urgencia divina.

        No es cuestión de meter prisa a nadie, sino de asegurar que, con el paso de los días y los meses, y quizá los años, no estemos dejando pasar nuestra hora. Hay que pensar las cosas con calma, pero sin eternizarse en la respuesta.

        —Pero nunca puede ser buena la precipitación de una respuesta inmediata.

        La preparación y la buena disposición no son inmediatas, sino meditadas y maduradas. Pero la respuesta puede ser inmediata, como lo fue, por ejemplo, la respuesta de la Virgen al anuncio del ángel, en esa entrañable escena de la Anunciación. Nadie calificaría de precipitada a Santa María por contestar con su "Hágase en mí según tu palabra" en unos pocos segundos. Los requerimientos de Dios a veces piden una respuesta rápida.

        En el Evangelio se lee también que Nuestro Señor encontró a Simón Pedro y a Andrés echando las redes al mar y les llamó: "Venid conmigo y os haré pescadores de hombres". "Y ellos, enseguida, dejando las redes, lo siguieron". Y lo mismo sucedió poco después con Santiago y Juan, "que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al instante, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron." El Señor les pidió dejarlo todo y ellos respondieron con prontitud, sabiendo jugarse todo a una sola carta, la carta del amor de Dios.

        Es verdad que la respuesta a la vocación puede requerir tiempo. No puede ser el fruto irreflexivo del impulso de un momento. Por eso, el tiempo en el que se plantea la vocación debe ser tiempo de oración intensa, no de dilación cómoda; tiempo de búsqueda y no de olvido; tiempo para responder, no para demorar la respuesta con un mañana engañoso.

        Es verdad que siempre cabe "darle otra vuelta más" a nuestras dudas. Es una dilación que puede nacer de la recta prudencia, pero también de las excusas eternas, o de lo que San Agustín llamaba "sus viejas amigas". Pedimos tiempo y calma, ¿para decidir o para olvidar? Así lo relataba San Agustín: "Me encontraba en la situación de uno que está en la cama por la mañana. Le dicen: "¡Fuera!, levántate, Agustín". Yo decía, al contrario: "Sí, más tarde, un poco más todavía". Al fin, el Señor me dio un buen empujón y salí."

        Agustín fue un apasionado buscador de la verdad. Al final descubrió que solo en Dios se pueden saciar los deseos profundos del corazón humano. Su historia es una interesante referencia para todos aquellos que, sedientos de felicidad, la buscan recorriendo caminos equivocados y se pierden en callejones sin salida.
     
  

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martes, enero 15, 2019

INICIAR LA REACCIÓN

 El Bautista no permite que la gente lo confunda con el Mesías. Conoce sus límites y los reconoce. Hay alguien más fuerte y decisivo que él. El único al que el pueblo ha de acoger. La razón es clara. El Bautista les ofrece un bautismo de agua. Solo Jesús, el Mesías, los "bautizará con el Espíritu Santo y con fuego".

A juicio de no pocos observadores, el mayor problema de la Iglesia es hoy "la mediocridad espiritual". La Iglesia no posee el vigor espiritual que necesita para enfrentarse a los retos del momento actual. Cada vez es más patente. Necesitamos ser bautizados por Jesús con su fuego y su Espíritu.

Estos últimos años ha ido creciendo la desconfianza en la fuerza del Espíritu, y el miedo a todo lo que pueda llevarnos a una renovación. Se insiste mucho en la continuidad para conservar el pasado, pero no nos preocupamos de escuchar las llamadas del Espíritu para preparar el futuro. Poco a poco nos estamos quedando ciegos para leer los "signos de los tiempos".

Se da primacía a certezas y creencias para robustecer la fe y lograr una mayor cohesión eclesial frente a la sociedad moderna, pero con frecuencia no se cultiva la adhesión viva a Jesús. ¿Se nos ha olvidado que él es más fuerte que todos nosotros? La doctrina religiosa, expuesta casi siempre con categoría premodernas, no toca los corazones ni convierte nuestras vidas.

Abandonado el aliento renovador del Concilio, se ha ido apagando la alegría en sectores importantes del pueblo cristiano, para dar paso a la resignación. De manera callada pero palpable va creciendo el desafecto y la separación entre la institución eclesial y no pocos creyentes.

Es urgente crear cuanto antes un clima más amable y cordial. Cualquiera no podrá despertar en el pueblo sencillo la ilusión perdida. Necesitamos volver a las raíces de nuestra fe. Ponernos en contacto con el Evangelio. Alimentarnos de las palabras de Jesús que son "espíritu y vida".

Dentro de unos años, nuestras comunidades cristianas serán muy pequeñas. En muchas parroquias no habrá ya presbíteros de forma permanente. Qué importante es cuidar desde ahora un núcleo de creyentes en torno al Evangelio. Ellos mantendrán vivo el Espíritu de Jesús entre nosotros. Todo será más humilde, pero también más evangélico.

A nosotros se nos pide iniciar ya la reacción. Lo mejor que podemos dejar en herencia a las futuras generaciones es un amor nuevo a Jesús y una fe más centrada en su persona y su proyecto. Lo demás es más secundario. Si viven desde el Espíritu de Jesús, encontrarán caminos nuevos.

José Antonio Pagola


ORACIÓN DE ACCIÓN DE GRACIAS

 Orar con el Evangelio

Habiendo participado de la Eucaristía, unido a ti por la comunión, escucho yo también, con confusión y agradecimiento, la voz del Padre: «Eres mi hijo, mi amado; en ti me he

Por eso creo que el fondo más profundo de mi ser, mi yo más auténtico, está enraizado en el Padre, que es silencio paciente, perdón, paz, luz y vida.

Como tú, Jesús, quiero hacerme solidario de toda la humanidad que tiene necesidad de un bautismo regenerador, de un nuevo nacimiento que haga germinar las semillas de vida eterna, las capacidades de amor, perdón, paz y ternura que el Padre ha puesto en ella y que tú has desarrollado en la unidad del Espíritu.
complacido». 
             P. Julián Montenegro Sáenz, OAR.

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lunes, enero 14, 2019

EL BAUTISMO DE JESÚS

Después de la Epifanía o manifestación a los Magos de Oriente del Jesús niño, hoy, en su bau-tismo, celebramos su Epifanía o revelación como hijo de Dios con la que da comienzo a su vida pública. Con esta festividad concluimos el tiempo de Navidad en el que hemos procla-mado nuestra fe en el Niño Dios y en nuestra propia divinización en él. Dios, al compartir en cuanto hombre nuestra naturaleza humana, nos ha dado la gracia de participar de su propia divinidad. Al humanarse nos ha divinizado a nosotros.

Ambos aspectos resplandecen vivamente en el bautismo de Jesús. Jesús de Nazaret bajó al Jordán y se sumergió en sus aguas purificadoras junto con sus hermanos pecadores, pero, cuando sale del agua, Dios lo proclama su Hijo amado, y el Espíritu, cuando se posa sobre él, manifiesta que es el consagrado por excelencia, el Ungido por el Señor, el Cristo. Por eso el Bautista Juan, puede testificar: Es el Hijo de Dios, el que purificó el pecado del mundo. Jesús entró en el agua para santificarla. Cuando sale de ella, saca junto a sí a la humanidad que esta-ba sumergida en las aguas del pecado y del olvido de Dios. Jesús es el libertador, el salvador, el que hace retornar a los humanos al hogar de Dios. Así nos lo presenta el profeta Isaías.

Mirad mi siervo a quien prefiero
El poema de Isaías presenta al siervo de Yahveh, elegido por él. Su espíritu lo consagra para establecer entre los pueblos el derecho, que es la ley de Dios, su revelación. Este siervo se pre-senta humilde, sencillo, manso, delicado; pero en su actuación es firme, tenaz, fiel hasta con-seguir la aceptación de su mensaje. Dios lo guía amorosamente, lo pone como alianza para las naciones, luz de los pueblos, libertador de los oprimidos. El bautismo significa para Jesús su unción como siervo amado y salvador.

Tú eres mi hijo, el amado
Jesús vivió en el Jordán una experiencia que marcó para siempre su vida. No se quedó con el Bautista y tampoco volvió a su trabajo en la aldea de Nazaret. Movido por un impulso incon-tenible, comenzó a recorrer los caminos de Galilea anunciando la Buena Noticia de Dios.

Los evangelistas no pueden describir lo que ha vivido Jesús en su intimidad, pero han sido capaces de recrear una escena conmovedora para sugerirlo. Está construida con rasgos alegóri-co-bíblicos de hondo significado: Los cielos se rasgan, pues ya no hay distancias; Dios se co-munica íntimamente con Jesús. Se oye una voz venida del cielo: Tú eres mi hijo querido. En ti me complazco.

Esto es lo decisivo en la vida de Jesús y es lo que escucha en su interior: Tú eres mío. Eres mi hijo. Tu ser está brotando de mí. Yo soy tu Padre. Te quiero entrañablemente; me llena de go-zo que seas mi hijo; me siento feliz. En adelante, Jesús lo llamará con este nombre: Abbá, Padre.

De esta experiencia brotan dos actitudes vividas por Jesús y que trató de contagiar a todos: confianza increíble en Dios y docilidad. Jesús confía en Dios de manera espontánea. Se aban-dona a él sin recelos ni cálculos. No vive nada de forma forzada o artificial. Se siente hijo que-rido. Por eso enseña a todos a llamar a Dios Padre. Siente pena de la fe pequeña de sus discí-pulos y les manifiesta que con esa fe raquítica no se puede vivir. Por eso, les repite una y otra vez: No tengáis miedo. Confiad. Toda su vida la pasó infundiendo confianza en Dios.

Al mismo tiempo, Jesús vive en una actitud de total docilidad a Dios. Nada ni nadie lo aparta-rá de ese camino. Como hijo bueno, busca ser la alegría de su padre. Como hijo fiel, vive iden-tificándose con él, imitándole en todo.

Es lo que trata de enseñar a todos: Imitad a Dios. Imitad a vuestro Padre. Sed buenos del todo como vuestro Padre del cielo que es bueno. Reproducid su bondad. Es lo mejor para todos. En tiempos de crisis de fe no hay que perderse en lo accesorio y secundario. Hay que cuidar lo esencial: la confianza total en Dios y la docilidad humilde. Todo lo demás viene después.

Tú eres mi hijo, el amado
Dice Henri Nouwen que los hombres y mujeres de hoy, llenos de miedos e inseguridad, nece-sitan más que nunca ser bendecidos. El hombre contemporáneo ignora lo que es la bendición y el sentido profundo que encierra. Se ha olvidado que “bendecir” (del latín benedicere) signifi-ca literalmente “hablar bien”, decirles cosas buenas a los demás, y, sobre todo, decirles nuestro amor y nuestro deseo de que sean felices.

Todos necesitamos oír cosas buenas, pues entre nosotros hay demasiada condena. Son muchos los que se sienten maldecidos más que bendecidos. Algunos se maldicen incluso a sí mismos. Se sienten malos, inútiles, sin valor alguno. Bajo una aparente arrogancia se esconden con fre-cuencia personas inseguras que no se aman a sí mismas. Todos necesitamos escuchar en el fon-do de nuestra conciencia una palabra de bendición. Debemos sentirnos amados a pesar de nuestra mediocridad y de nuestros errores. Pero, ¿dónde está esa bendición? ¿cómo sentirnos seguros de que Dios nos quiere?  Ninguno debemos olvidar esta gran verdad: “Yo soy amado, no porque soy bueno, santo y sin pecado, sino porque Dios es bueno y me ama de manera in-condicional y gratuita en Jesucristo. Soy amado por Dios ahora mismo, tal como soy, antes de que empiece a cambiar”.

Los evangelistas narran que Jesús, al ser bautizado por Juan, escuchó la bendición de Dios: Tú eres mi Hijo, el amado. Esa bendición de Dios sobre Cristo también nos alcanza a nosotros. Cada uno podemos escucharla en el fondo de nuestro corazón : Tú eres mi hijo amado. Eso será lo más importante durante este año. Cuando las cosas se te pongan difíciles y la vida te parezca un peso insoportable, recuerda siempre que eres amado con amor eterno.

 P. Juan Ángel Nieto Viguera, OAR,

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Acerca de este blog

La Comunidad de Madres Mónicas es una Asociación Católica que llegó al Perú en 1997 gracias a que el P. Félix Alonso le propusiera al P. Ismael Ojeda que se formara la comunidad en nuestra Patria. Las madres asociadas oran para mantener viva la fe de los hijos propios y ajenos.

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