miércoles, agosto 15, 2018

Lectio Divina Domingo XIX Tiempo Ordinario: -B-

¡Qué afán tenemos de ser felices, de gozar y que la vida sea siempre como una puerta abierta de aire fresco y hasta con fondo musical! Nadie puede negar que este sueño nos gusta siempre y queremos que permanezca y que nos dé abundante paz…

             Una pregunta: ¿Es posible creer que hay algo o Alguien que sea más superior, más real y más total? Recordemos y, ojalá, sea con fe: Gustad y ved qué bueno es el Señor. Dichoso el que se acoge a Él. Esta afirmación fundamental la creemos y la cantamos con el salmo responsorial y especificamos Quién es la Verdad y la Gloria.

            Vivimos en un tiempo de expectativas, de ilusiones, de deseos, también tiempo de incertidumbres, de dudas, resistencias y nervios. No podemos negar estar realidad, incluso los que creemos y. a la vez, debemos soñar que es posible un acontecimiento desde la fe, donde el Espíritu de Jesús está rompiendo costuras de una institución necesitada de renovación: ¡Levántate, come!, que el camino es superior a las fuerzas; Proclamad conmigo la grandeza del Señor; Desterrad de vosotros la amargura; Y Yo lo resucitaré en el último día… Esto escuchamos hoy desde la Palabra de Dios y es motivo grande y necesario de levantar el corazón y vivir con fe.

            No se puede negar la realidad, pero es importante que, en vez de sugerir respuestas generales, cada uno entráramos en nuestro corazón y nos situáramos en actitud de interiorización de la entrega amorosa de Cristo. Aquí no valen las lamentaciones ni tampoco seguir viviendo en una fe cómoda: No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado.Aceptar a Jesús pasa, también, por acoger la palabra y la enseñanza del Padre. Los profetas anunciaron que todos serían instruidos por Dios, de modo que, escuchar su palabra con atención, dejar que se haga vida en el interior de la persona, dispone para aceptar a Jesús como pan vivo que ha bajado del cielo. Escuchar la palabra del Padre es escuchar la enseñanza del propio Jesús.

            El tiempo no pasa sin más y nuestras vidas van llenando fechas y años que ojalá hayan encontrado luz verdadera para despertar e iniciar un camino cuyo centro de referencia es Cristo: sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor que Cristo os amó. Cada día tenemos la posibilidad de mantener el sentido de la fe para que nuestras personas, teniendo muy en cuenta del ejemplo de Cristo, abramos el campo de una esperanza puesta en la gracia y mantengamos un nivel que se enfrente a todo lo que sea mero cumplimiento en la fe. Los cristianos estamos señalados por nuestra fidelidad a Dios y por un estilo de vida semejante a Cristo.

            Día tras día se nos ofrece la posibilidad de llevar a cabo un nivel de camino que se funda en el Pan de Vida. No es sin más un mero anuncio; es la gran verdad: Yo soy el Pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Jesús encarnado, el que ha bajado del cielo, es el pan vivo. Se nos abre así una realidad que, solo desde la fe, se puede valorar y llevarlo a la vida. Es alimento vivo y, como tal, transforma la realidad ya que la fuerza de la vida interior no es producto nuestro sino, más bien, la presencia viva del Hijo de Dios que ha venido a salvarnos.

RESPUESTA desde NUESTRA REALIDAD

            Somos personas con visión propia y con carácter de ser dueños a la hora de escuchar que debemos salir de nuestra seguridad. Es cierto que tenemos arte para prepararnos lo propio y lo rebeldes que somos para asumir una actitud que, aun siendo verdad y necesidad, creemos o juzgamos que es mucho lo que se nos pide. Escuchar la Palabra de Dios es escuchar la enseñanza del propio Jesús que nos manifiesta; el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo. ¿Cómo sentimos, creemos y nos mantenemos en la fe ante el milagro maravilloso del Hijo de Dios?. Es la Palabra encarnada que se nos presenta y se nos da para nuestra felicidad.
ORACIÓN
 Dios todopoderoso y eterno, a quien, instruidos por el Espíritu Santo, nos atrevemos llamar Padre, renueva en nuestros corazones el espíritu de la adopción filial, para que merezcamos acceder a la herencia prometida. Por J.N. S, Amén,

PENSAMIENTO AGUSTINIANO

            Para enseñarnos que el mismo creer es don y no merecimiento dice: «Os dije que nadie puede venir a mí, sino aquel a quien se la concede el Padre». Haciendo memoria de lo que precede, hallamos el lugar del evangelio donde había dicho: «Nadie viene a mí si mi Padre no lo atrae». No dijo: «si no lo guía, sino atrae». Esta violencia se hace al corazón, no a la carne. ¿De qué te admiras? Cree, y vienes; ama, y eres atraído. No penséis que se trata de una violencia gruñona y despreciable; es dulce, suave; es la misma suavidad la que atrae. Cuando la oveja tiene hambre, ¿no se le atrae mostrándole hierba? Pienso que no se la empuja corporalmente sino que se le sujeta con el deseo. Ven tú a Cristo así; no te fatigue la idea de uno interminable camino. Creer es llegar. En efecto, a aquel que está en todas partes, no se va navegando sino amando.(Sermón 131. 2).

Fr. Imanol Larrínaga, OAR  

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lunes, agosto 13, 2018

Gustad y ved qué bueno es el Señor

Acabamos de oír al Maestro veraz, Redentor divino y Salvador humano, encarecernos nuestro precio: su sangre. Nos ha hablado, en efecto, de su cuerpo y de su sangre: al cuerpo le llamó comida; a la sangre, bebida. Los fieles saben que se trata del sacramento de los fieles; en cambio los otros oyentes ¿qué otra cosa saben sino lo que oyen? Cuando, pues, para recomendarnos tal alimento y tal bebida, decía: Si no coméis mi carne y bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros (Jn 6,53) —y ¿quién, sino la Vida, diría esto de la Vida misma? A su vez, al hombre que juzgue falaz a la Vida le aportará muerte, no vida— se escandalizaron sus discípulos, aunque no todos, sí muchísimos y decían para sí: ¡Duro es este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?(Jn 6,60). Mas habiendo conocido en sí esto el Señor y habiendo percibido el murmullo de sus pensamientos, respondió a los que eso pensaban, aunque nada expresaban con su voz, para que supieran que los había oído y desistiesen de pensar tales cosas. ¿Qué les respondió, pues? ¿Os escandaliza esto? Entonces, ¿si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? (Jn 6,61-62). ¿Qué significa Os escandaliza esto? ¿Pensáis que voy a fraccionar este cuerpo mío que estáis viendo, a amputar mis miembros y a dároslos a vosotros? ¿Qué significa: Entonces, ¿si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? Ciertamente el que pudo ascender en su integridad, no pudo ser consumido. Así, pues, nos dio en su cuerpo y sangre un saludable alimento, y brevemente resolvió la gran cuestión acerca de su integridad. Coman, pues, quienes lo comen y beban los que lo beben; tengan hambre y sed; coman la vida, beban la vida. Comerlo es restablecerse; pero te restableces de tal forma que no merma lo que te restablece. Y beberlo, ¿qué es sino vivir? Come la vida, bebe la vida: tendrás vida y la vida plena. Mas esto habrá entonces, es decir, el cuerpo y la sangre de Cristo será vida para cada uno, si lo que se toma visiblemente en este sacramento,lo come espiritualmente, lo bebe espiritualmente en su realidad misma. Porque se lo hemos oído al Señor decir: El espíritu es el que da vida, la carne no sirve de nada. Las palabras que yo os he hablado son espíritu y vida. Pero hay algunos —dice— que no creen (Jn 6,63-64). Eran los que decían: ¡Duro es este lenguaje, ¿quién puede escucharlo? Duro, sí, mas para los duros; es decir, es increíble, mas para los incrédulos.
 Sermón 131, 1

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domingo, agosto 12, 2018

ENTRE ANIMALES Y ANIMALES, EL HOMBRE


     Cuando el primer hombre apareció en la Tierra y empezó a darse cuenta de las cosas, descubrió que junto a sí había hormigas y ranas, alacranes y serpientes, corderos y caballos, elefantes y ratones.

        Como él, nosotros también sabemos que existen millones de animales que caminan a nuestro lado, que mueren bajo nuestros zapatos o que pueden eliminarnos con un zarpazo en el cuello o un poco de veneno clavado por sorpresa en un dedo de la mano...

        No todos los animales nos resultan igualmente simpáticos. Un cachorro de perro que lame la cara por las mañanas es más agradable que una babosa que ensucia el suelo de la cocina. Un colibrí que se pasea entre las flores del parque resulta más atractivo que un buitre que mete una y otra vez su cabeza en el vientre de un caballo muerto. Un conejo blanco y caliente es más simpático que el gato que a veces se deja acariciar y otras veces nos enseña sus uñas en señal de pocos amigos. Los mosquitos no han perdido su mala fama, mientras que las mariposas monarcas nos fascinan con su belleza y sus viajes desde las lejanas tierras del Norte...

        Por eso no es fácil pensar en los animales así, sin más. Son muy diferentes unos de otros: domésticos y salvajes, herbívoros y carnívoros, acuáticos y aéreos, escarabajos y jilgueros. Algunos viven dentro de casa y otros en tierras lejanas. Hay animales que todavía no han sido descubiertos, mientras que otros están en peligro de extinción.

        Pero en todo lo que llevamos dicho hay un elemento común que es sumamente importante a la hora de hablar de los animales: no podemos pensar en ellos sin tocar nuestros sentimientos humanos. En otras palabras, hablar de los animales es hacerlo desde nosotros mismos, desde nuestros gustos y temores, desde nuestras esperanzas y tristezas, desde nuestro cariño o nuestro odio.

        No podemos dejar de ser “antropocéntricos”: vemos a los animales como si girasen a nuestro alrededor. Decimos algo de ellos desde nuestra perspectiva. Por más que queramos, no podremos ver a los animales como ellos se ven a sí mismos y como ellos nos ven a nosotros: el “error” de perspectiva es inevitable. Somos hombres y lo vemos y pensamos todo en cuanto hombres...

        Este fenómeno no es una limitación sino algo natural. El león valora a los demás animales según su fuerza y su apetito: aquellos que puede comer, aquellos que no le llenarán nunca el estómago y aquellos que es mejor tener a distancia. Nosotros, para el león, somos a veces del primer grupo y a veces del tercero... La hormiga no puede dejar de verlo todo en función de su hormiguero, ni el jilguero se sentará un día para pensar en los derechos de los demás pájaros ni para discutir quiénes son los que cantan mejor que los demás.

        Sin embargo, el hombre muchas veces quiere defender a los animales (al menos a algunos), evitar que sufran, cuidarles en zoológicos o en casa, en el campo o en la ciudad. En ocasiones, al caminar, evitamos aplastar a un gusano, o lanzamos unos cacahuetes a una ardilla que nos mira llena de curiosidad y de hambre. Junto a la orilla del lago nos gusta tirar comida a las carpas o a los charales porque sabemos que son peces que recogen todo lo comestible que aparezca ante sus ojos. Organizamos incluso sociedades en favor de los animales en peligro de extinción, y no faltará quien nos grite con rabia si hemos arrojado piedras a un perro sarnoso que se había acercado a nuestra casa.

        La grandeza del hombre está en vivir como el rey de los animales y, a la vez, en preocuparse por muchos de ellos. En el fondo, nos damos cuenta de que en cada especie animal se encierra parte de un mosaico que no acabamos de descifrar del todo. ¿Qué sería el mundo sin monos, delfines y gaviotas? ¿Qué haríamos por las mañanas si no escuchásemos el canto de los gallos y los ladridos de los perros? ¿Qué pasaría si un día las lagartijas no tomasen el sol, las luciérnagas y los grillos no alegrasen la noche y los tiburones no diesen un toque de emoción a nuestras costas?

        El respeto y cariño que ofrecemos a muchos animales, en el fondo, depende del amor que sentimos hacia nosotros mismos y hacia nuestros hijos. Amar a los animales tiene sentido si sabemos amar y respetar al ser humano. Respetarme a mí mismo y respetar a aquellos que viven a mi lado, a los que cuidan a los caballos, a los que alimentan a los gorriones, a los niños que observan el misterioso vuelo de un abejorro o el sistema de comunicación de las hormigas.

        Tratar de modo cruel a un perro abandonado, despedazar a un lagarto o herir a pedradas a una golondrina son señales de un corazón endurecido, incapaz de descubrir la belleza y la armonía cósmica que vibra en cada animal que vive en nuestro planeta, en cada forma de vida que comparte nuestro destino temporal. Es cierto que nosotros somos “superiores” por nuestra capacidad de pensar y de amar, de sacrificarnos y de servir a los otros, también a los animales. Pero esta superioridad nunca debe convertirse en motivo para el abuso o el embrutecimiento. Abusar de los animales puede ser la señal de que antes se ha abusado de los hombres.

        Por eso, el mejor camino para fomentar un sano respeto hacia los animales consiste en promover el respeto al hombre, a cada hombre, desde su concepción hasta su muerte.

        Además, podríamos decir que es una forma de analfabetismo no descubrir la función de cada animal ni respetar su papel en la Tierra, aunque parezca miserable, como cuando los buitres limpian los bosques y desiertos de los cadáveres que se descomponen. Se da un equilibrio maravilloso de vida y fuerza entre los distintos tipos de animales, y hay que saberlo descubrir y respetar. En ese equilibrio vivimos también nosotros, y dependemos de los animales mucho más de lo que nos damos cuenta. A la vez, ellos también dependen mucho, mucho de nosotros...

        Hoy podemos pensar un poco en los animales. Vamos a tratarlos mejor, vamos a respetar la riqueza de vida que nos rodea. Pero, sobre todo, vamos a respetar a los demás seres humanos, hombres y mujeres que quieren nuestro cariño y nuestra justicia. También ellos, los de hoy y los de mañana, querrán disfrutar de los mil colores de esos animales que caminan a nuestro lado y hacen más bello y más intenso nuestro recorrido terreno, mientras nos acercamos al encuentro de un Dios que es, sobre todo, amante de la vida.

   

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DOMINGO XIX TIEMPO ORDINARIO -B- Reflexión

También en tiempos de Jesús era prioritaria la preocupación  por la super-vivencia: qué  comeré  hoy, qué  vestiré  mañana, dónde dormiré… Jesús  quiere que sus discípulos superen los afanes de la vida cotidiana y, para ello, les ofrece su pan. Un pan que viene del amor del Padre y sacia nuestra ham-bre de eternidad. Cuando vivimos en intimidad con Jesús, alimentados por ese pan, somos capaces de llegar más  allá  de nuestros límites.  La vida que vivimos en esa buena compañía es vida plena y sobrepasa el mero cumpli-miento de unos deberes religiosos para convertirse en  testimonio de seguri-dad, de paz, de alegría y de esperanza: Creemos en Dios nuestro Padre y, porque nos sentimos amados por él, en él  confiamos y eso nos llena de gozo y también de esperanza. Por eso hoy nos acercamos a Jesús y en él disfru-tamos de los cuidados de nuestro Padre Dios. Esta experiencia del amor de Dios nos empuja a ser, por nuestra parte, amables  con nuestros hermanos, a quienes amamos con el mismo amor y ternura con que nos sentimos ama-dos por Jesús y por el Padre. Con un amor total.
Levántate, come, que el camino es superior a tus fuerzas.

Elías viene huyendo de la pérfida Jezabel que ha prometido a su esposo Ajab, rey de Israel, que matará al profeta. Solitario en el desierto, agotado por la fatiga física y la depresión moral, manifiesta la debilidad de su huma-nidad y se desea la muerte: “¡Basta, Señor! ¡Quítame la vida, que yo no val-go más que mis padres!”. Y dice el libro sagrado que “se echó debajo de la retama y se quedó dormido”. Quiere morir.

He querido ver en esta actitud de Elías el estado de ánimo de muchos creyen-tes. Es la actitud de quien ha sufrido un duro revés en la vida, el que ha per-dido a un ser querido, el que se ha sentido traicionado por un amigo; es la actitud de un casado que se ha visto engañado por la otra parte, o abando-nado por sus propios hijos, la de quien ha fracasado en sus negocios o ha ido sumando disgusto a disgustos. En una palabra, es el gesto o la determi-nación de muchas personas amargadas que no sienten ganas de vivir y bus-can la muerte. Desaparecer de esta vida.

Pero Dios no abandona en la prueba a su fiel amigo; por medio de un ángel le prepara un alimento misterioso: “Levántate, come”. Fortalecido sobrena-turalmente, Elías puede llegar después de cuarenta días al monte Horeb, co-razón del desierto, en el que tendrá lugar un encuentro con su Dios en la suavidad de una brisa. La brisa de la interioridad, de la soledad y de la paz. En la oración.

Los amigos se encuentran en el recogimiento, en la intimidad, en el silencio de otras voces. Es también lo que nos espera a nosotros si, obedientes al mandato del Señor, comemos del alimento que nos ofrece y caminamos du-rante cuarenta días, siempre, hasta la cumbre en la que nos espera para ofre-cernos su consuelo y su paz. Dios no nos deja solos. Su Hijo comparte nues-tros dolores y pesares y quiere llevarnos hasta su Padre. Sigamos andando, vivamos, que no estamos solos. Obedientes al consejo de Pablo en la carta a los Efesios desterremos de nosotros “toda amargura, la ira, los enfados y toda maldad”. “Seamos imitadores de Dios, como hijos queridos y vivamos en el amor como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor”. Caminemos en la caridad para que, en esa caridad, sintamos la presencia del Padre que nos ama en su propio Hijo a pesar de nuestras frustraciones, de nuestros dolores y de nuestras enfermedades. El mejor ejemplo lo encontramos en Elías y en el propio Jesús, que, condenado a muerte por los suyos, se nos convierte en el pan que nos alimenta para caminar por la vida.

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo”

El evangelista Juan repite una y otra vez expresiones e imágenes de gran fuerza para animar a las comunidades cristianas a que se acerquen a Jesús para descubrir en él una fuente de vida nueva. Un principio vital que no es comparable con nada que hayan podido conocer con anterioridad. Jesús es “pan  bajado del cielo”. No ha de ser confundido con cualquier fuente de vida. En Jesucristo podemos alimentarnos de una fuerza, una luz, una espe-ranza, un aliento vital... que vienen del misterio mismo de Dios, el Creador de la vida. Jesús es “el pan de la vida”. Por eso, precisamente, no es posible encontrarse con él de cualquier manera. Hemos de ir a lo más hondo de no-sotros mismos, abrirnos a Dios y “escuchar lo que nos dice el Padre”. Nadie puede sentir deseos de Jesús, “si no lo atrae el Padre que lo ha enviado”. Lo más rico de Jesús es su capacidad para dar vida. El que cree en Jesucristo y sabe entrar en contacto con él, conoce una vida diferente, de calidad nueva, una vida que, de alguna manera, pertenece ya al mundo de Dios. Juan se atreve a decir que “el que coma de este pan, vivirá para siempre”.

Si, en nuestras comunidades cristianas, no nos alimentamos del contacto con Jesús, seguiremos ignorando lo más esencial y decisivo del cristianismo. Por eso, nada hay más urgente que cuidar bien nuestra relación con él. Si, en la Iglesia, no nos sentimos atraídos por ese Dios encarnado en un hombre tan humano, cercano y cordial, nadie nos sacará del estado de mediocridad en que vivimos de ordinario. Nadie nos estimulará para ir más lejos que lo es-tablecido por nuestras instituciones. Si Jesús no nos alimenta con su Espíri-tu y con su experiencia de Dios, pues lo ha contemplado cara a cara, segui-remos atrapados en el pasado.  Jesús nos quiere hombres y mujeres nuevos, que creamos en él, que escuchemos directamente su palabra y que comamos su pan, que es el que da la vida eterna: “Vuestros padres comieron en el de-sierto el maná y murieron. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Solo tendremos vida en Jesús; comamos el pan que nos ofrece.

P. Juan Ángel Nieto Viguera, OAR.






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Acerca de este blog

La Comunidad de Madres Mónicas es una Asociación Católica que llegó al Perú en 1997 gracias a que el P. Félix Alonso le propusiera al P. Ismael Ojeda que se formara la comunidad en nuestra Patria. Las madres asociadas oran para mantener viva la fe de los hijos propios y ajenos.

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