lunes, abril 22, 2019

LA APARICIÓN A LAS MUJERES Y A LOS APÓSTOLES


 Es ya costumbre que en todos estos días se lea la resurrección de nuestro Señor Jesucristo según todos los santos evangelios. En la lectura de hoy hemos advertido cómo Cristo el Señor en persona reprochó a sus discípulos, miembros suyos destacados pues estuvieron a su lado, el que no creyesen que estaba vivo el que lloraban muerto (Mc 16,14). Los padres de la fe aún no tenían la fe; los maestros por los que todo el orbe de la tierra iba a creer lo que ellos habían de anunciar y por lo que habían de morir, no creían todavía. No creían que había resucitado el que habían visto que resucitaba a los muertos. Merecido tenían el reproche.
 Quedaban al descubierto para que conocieran lo que eran por sí mismos y lo que iban a ser gracias a él. De idéntica manera, también Pedro quedó en evidencia ante sus propios ojos cuando, al acercarse la pasión del Señor, se mostró presuntuoso y, llegada ya la pasión, vacilante. Vio lo que era, se dolió de lo que era, y lloró por lo que era y se volvió a quien le había hecho (Mt 26,33-35.69-75). Ved que los apóstoles aún no creían, aún no creían, según la lectura de hoy, a pesar de estar viéndole. ¡Cuán grande ha sido su benevolencia, que nos ha concedido creer lo que aún no vemos! Nosotros creemos a sus solas palabras, y ellos no creían a sus propios ojos.

 La resurrección de nuestro Señor Jesucristo es nueva vida para los que creen en Jesús. Y éste es el misterio de su pasión y resurrección, que debéis conocer bien y vivirlo. Pues no sin motivo vino la vida a la muerte; no sin motivo, la fuente de la vida, de la que se bebe para vivir, bebe este cáliz que no le correspondía. Cristo, en efecto, no tenía motivo para morir. Si investigamos el origen de la muerte, de dónde procede, tiene al pecado por padre. Si nadie hubiese pecado nunca, nadie moriría. El primer hombre recibió la ley de Dios, esto es, una orden de Dios, con la condición de que, si la guardaba, viviría, y, si la transgredía, moriría. Creyendo que no iba a morir, se procuró la muerte, y encontró ser cierto lo que había dicho quien había dado la ley. De ahí viene la muerte, de ahí la condición mortal, de ahí la fatiga, la miseria; de ahí también la muerte segunda después de la muerte primera, es decir, la muerte eterna después de la temporal. Todo hombre nace sujeto a esta condición mortal, a estas leyes del infierno, a excepción de aquel que se hizo hombre para que no pereciese el hombre.

Él no estuvo sujeto a las leyes de la muerte, y por eso se dice en el salmo: Libre entre los muertos (Sal 87,6) Aquel a quien concibió sin concupiscencia una virgen y una virgen dio a luz, permaneciendo virgen; quien vivió sin pecado, y no debió su muerte al pecado, participando de nuestra pena, pero no de nuestra culpa -la muerte es la pena merecida por la culpa (Rm 6,23)-, Jesucristo el Señor, vino a morir, no a pecar.
Participando de nuestra pena sin culpa, borró la culpa y la pena. ¿Qué pena borró? La que merecíamos para después de esta vida. Así, pues, fue crucificado para mostrar en la cruz la muerte de nuestro hombre viejo y resucitó para mostrar en su vida la novedad de nuestra vida. Así lo enseña la doctrina apostólica: Fue entregado -dice- por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación (Rm 4,25). Un signo de esta realidad lo tuvieron los padres en la circuncisión: todo hijo varón era circuncidado al octavo día (Gn 17,12). La circuncisión se practicaba con cuchillos de piedra (Jos 5,2), puesto que la piedra era Cristo (1Co 10,4). En esta circuncisión estaba significado el despojo de la vida carnal mediante la resurrección de Cristo al octavo día. El sábado, en efecto, es el séptimo día, el que completa la semana. El Señor yació en el sepulcro el día del sábado, es decir, el día séptimo, y resucitó al octavo. Su resurrección nos renueva. En consecuencia, en el octavo día nos circuncida. Con esta esperanza vivimos.

Escuchemos lo que dice el Apóstol: Si habéis resucitado con Cristo...( Col 3,1). ¿Cuándo vamos a resucitar, si aún no hemos muerto? ¿Qué quiso decir entonces el Apóstol con estas palabras: Si habéis resucitado con Cristo? ¿Acaso hubiese resucitado él, de no haber muerto antes? Hablaba a personas que aún vivían, que aún no habían muerto y ya habían resucitado. ¿Qué significa esto? Ved lo que dice: Si habéis resucitado con Cristo, saboread las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; buscad las cosas de arriba, no las de la tierra, pues vosotros estáis muertos (Col 3,1-3). Es él quien lo dice, no yo, y dice la verdad, y por eso lo digo también yo. ¿Por qué lo digo también yo? He creído, y por eso he hablado (Sal 115,1). Si vivimos bien, hemos muerto y resucitado; quien, en cambio, aún no ha muerto ni ha resucitado, vive mal todavía; y, si vive mal, no vive; muera para no morir. ¿Qué significa «muera para no morir»? Cambie para no ser condenado. Repito las palabras del Apóstol: Si habéis resucitado con Cristo, saboread las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; buscad las cosas de arriba, no las de la tierra, pues estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vuestra vida, entonces también vosotros apareceréis con él en la gloria (Col 3,1-4). Son palabras del Apóstol. A quien aún no ha muerto, le digo que muera; a quien aún vive mal, le digo que cambie. Si vivía mal, pero ya no vive, ha muerto; si vive bien, ha resucitado.

Pero ¿qué significa vivir bien? Saboread las cosas de arriba, no las de la tierra (Col 3,2). Mientras eres tierra, a la tierra irás también (Gn 3,19); mientras lames la tierra -en efecto, cuando amas la tierra la lames-, te haces también enemigo de aquel del que dice el salmo: Y sus enemigos lamen la tierra (Sal 71,9). ¿Qué erais? Hijos de los hombres. ¿Qué sois ahora? Hijos de Dios. Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo tendréis el corazón pesado? ¿Por qué amáis la vanidad y buscáis la mentira? (Sal 4,3) ¿Qué mentira buscáis? Ahora os lo digo. Sé que queréis ser felices. Preséntame un salteador, un criminal, un fornicario, un malhechor, un sacrílego, un hombre manchado con toda clase de vicios y cubierto con toda clase de torpezas y delitos que no quiera vivir una vida feliz. Sé que todos queréis vivir felices; pero, ¿qué es lo que hace que el hombre viva feliz? Eso es lo que no queréis buscar. Buscas el oro porque piensas que vas a ser feliz con él; pero el oro no te hace feliz. ¿Por qué buscas la mentira? ¿Por qué quieres ser ensalzado en este mundo? Porque piensas que vas a ser feliz con el honor que te tributen los hombres y con la pompa mundana, pero la pompa mundana no te hace feliz. ¿Por qué buscas la mentira? Y cualquier otra cosa que busques, si la buscas al estilo del mundo, si buscas la tierra amándola, si buscas la tierra lamiéndola, la buscas para ser feliz, pero ninguna cosa terrena te hará feliz. ¿Por qué no cesas de buscar la mentira?

¿Qué te hará feliz entonces? Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo tendréis el corazón pesado? (Sal 4,3) ¿Pretendéis no tener el corazón pesado quienes lo cargáis de tierra? ¿Hasta cuándo tuvieron los hombres pesado el corazón? Tuvieron pesado el corazón hasta antes de la venida de Cristo, hasta antes de su resurrección. ¿Hasta cuándo tendréis pesado el corazón? ¿Por qué amáis la vanidad y buscáis la mentira? (Sal 4,3) Queriendo ser felices, buscáis las cosas que os hacen desgraciados. Os engaña eso que buscáis; lo que buscáis es una mentira.

¿Quieres ser feliz? Si lo deseas, te muestro lo que te puede hacer feliz. Continúa leyendo: ¿Hasta cuándo tendréis pesado el corazón? ¿Por qué amáis la vanidad y buscáis la mentira? Sabed. ¿Qué? Que el Señor ha engrandecido a su santo (Sal 4,4).

Vino Cristo a nuestras miserias: sintió hambre, sufrió sed, se fatigó, durmió, hizo cosas maravillosas, sufrió males, fue flagelado, coronado de espinas, cubierto de salivazos, abofeteado, crucificado, herido por la lanza, colocado en el sepulcro; pero al tercer día resucitó, acabada la fatiga, muerta la muerte. Tened vuestros ojos fijos allí, en su resurrección, puesto que el Señor ha engrandecido a su santo, resucitándolo de entre los muertos y otorgándole el honor de sentarse en el cielo a su derecha.

Te ha mostrado lo que debes saborear si quieres ser feliz. Aquí no puedes serlo. En esta vida no puedes ser feliz. Nadie puede. Es buena cosa la que buscas, pero esta tierra no es el lugar donde se da lo que buscas. ¿Qué buscas? La vida feliz. Pero no se encuentra aquí. Si buscaras oro en un lugar donde no existe, quien está seguro de que allí no lo hay ¿no te diría: «Por qué cavas, por qué remueves la tierra? Estás cavando una fosa en la que sepultarte, no en la que encontrar algo». -¿Qué vas a responder a quien te avisa? -«Busco oro». Y él: «No te digo que lo que buscas es una nimiedad; buena cosa es la que buscas, pero no se halla donde la buscas». Así también, cuando tú dices: «Quiero ser feliz», buscas algo bueno, pero no existe aquí.

Si Cristo la poseyó en esta tierra, la tendrás también tú. ¿Qué encontró él en la región de tu muerte? Pon atención: viniendo de otra región, aquí no halló más que lo que abunda aquí: fatigas, dolores, muerte: ve lo que tienes aquí, lo que abunda aquí. Comió contigo de lo que abundaba tu mísera morada. Aquí bebió vinagre, aquí tuvo hiel. He aquí lo que encontró en tu morada. Pero te invitó a su espléndida mesa, la mesa del cielo, la mesa de los ángeles, en la que él mismo es el pan. Al descender y encontrar tales males en tu morada, no sólo no despreció tu mesa, sino que te prometió la suya. Y a nosotros, ¿qué nos dice? «Creed, creed que vendréis a los bienes de mi mesa, si yo no he despreciado los males de la vuestra». ¿Tomó tu mal y te dará su bien? Te lo dará ciertamente. Nos prometió su vida; pero más increíble es lo que ha hecho: nos envió por delante su muerte. Como diciendo: «Os invito a mi vida, donde nadie muere, donde la vida es en verdad feliz, donde el alimento no se estropea, donde repara fuerzas, pero no disminuye. Ved a dónde os invito a asistir: a la región de los ángeles, a la amistad con el Padre y el Espíritu Santo, a la cena eterna, a ser hermanos míos; para terminar, a mí mismo. Os invito a mi vida. ¿No queréis creer que os voy a dar mi vida? Recibid en prenda mi muerte».

Por tanto, ahora, mientras vivimos en esta carne corruptible, muramos con Cristo cambiando de vida y vivamos con Cristo amando la justicia. La vida feliz no hemos de recibirla más que cuando lleguemos a aquel que vino hasta nosotros y comencemos a vivir con quien murió por nosotros.
S, 231

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domingo, abril 21, 2019

DOMINGO DE PASCUA – C- Reflexión

Es la fiesta más importante del año litúrgico. Es el centro de todas las fiestas. Vinieron después los domingos, pascua cada uno de ellos. Y las celebraciones del Señor, desde su Encarnación hasta la Ascensión. Y Pentecostés, la segunda en importancia. Y las de la Virgen y los santos. Y así se fue con formando todo el año litúrgico de la Iglesia.

El Domingo de Resurrección es la fiesta del gozo pleno, del aleluya incontenible. Cristo resucitó y, con él, nosotros. Todos, por nuestro bautismo y la gracia, hemos pasado de la muerte a la vida, de la esclavitud del pecado a la libertad de hijos de Dios. Es la Pascua del Señor y también nuestra Pascua.

Hemos creído, y creemos, en la resurrección de Jesús, no porque hayamos visto con los ojos de la cara el sepulcro vacío, sino porque los ojos del corazón, que son más penetrantes y más limpios, nos dicen que Él está vivo, que está con nosotros, que ha inaugurado para todos un camino que lleva a la vida plena sin terminar en la muerte. 

Pero es un camino que pasa por la cruz, porque en ella se ha manifestado el amor inmenso de un Dios, que es Padre siempre bueno y compasivo, un Padre que goza y hace fiesta con todos los redimidos por su Hijo.

María Magdalena fue al sepulcro en busca de un cadáver. Todavía era oscuro para ella el camino por donde transitaba ella misma y su amor. No encontró nada y se sobresaltó. Echó a correr para comunicar la noticia. Pero nuestro camino, el camino de la fe, se hecho luz. No hay sobresalto en nosotros, sino gozo. No buscamos un cadáver, sino a quien está vivo porque ha resucitado.

“Entró, vio y creyó”, dice Juan de sí mismo. ¿Qué vio? Nada. Un sepulcro vacío no era prueba alguna de que Cristo hubiera resucitado. Un indicio probable nada más. Pero vio también con los ojos del corazón y por eso creyó. 

Nosotros creemos también. No necesitamos pruebas. Y, al creer, somos felices y dichosos, como dijo el mismo Jesús en su encuentro con Tomás todavía incrédulo. Vemos y experimentamos su amor entregado en una muerte que nos dio la vida, que será plena y definitiva cuando nos encontremos con el Padre. Somos felices porque creemos sin haber visto con los ojos de la cara, pero sí con los del corazón. Como Juan.

 A pesar de todo, y porque somos de condición humana y por tanto limitados y débiles, podría aquietarse nuestra fe, o vivir habituados a creer sin más, o a no correr en busca de Jesús y adherirnos a él con un amor siempre creciente. O quizás lo buscamos, como si todavía fuera un cadáver, en ritos vacíos, en una vida cómoda e incomprometida, en un cristianismo costumbrista, en “un hasta aquí y no más”. 

Y nos preguntamos: ¿Qué buscamos cuando buscamos a Cristo? O con otras palabras, ¿qué es Cristo para nosotros? ¿Qué significa o que nos exige para nuestra vida de “creyentes” creer en Jesús? ¿Tenemos limpios los ojos del corazón para “ver” con claridad a Cristo resucitado y vivo entre nosotros?  ¿Somos indicadores en el camino para que quienes nos vean y conozcan sean también buscadores de Jesús vivo?

Cristo es la buena noticia que ha llegado hasta nosotros y que no nos la podemos guardar en una caja fuerte para que no se pierda. Seamos arroyo que fluye, como dice san Agustín, y no depósito que contiene. Seamos pregoneros del mensaje mejor con nuestra vida y la palabra. La gran noticia – y no hay mayor que ésta – debe estallar muy dentro de nosotros como una luz que alumbre en este mundo de tinieblas, para que todo puedan “ver” y creer.

Seamos luz prendida en el cirio de la vigilia pascual, Cristo resucitado, que ilumine nuestro caminar y el caminar de muchos. Vivamos la Pascua, la fiesta mayor, y compartamos nuestro gozo con quienes están abatidos por el pecado, o hambrientos del verdadero pan de vida, o sedientos de verdad sin engaños, o necesitados de perdón, acogida fraterna y amor del bueno. Aleluya es nuestra Pascua, y nuestra Pascua es vida nueva en Cristo, que vive y reina en el corazón de los creyentes.

P. Teodoro Baztán Basterra, OAR.

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sábado, abril 20, 2019

¡STABAT MATER!

¡Pobre Madre! está llorando
al pie del santo madero;
el pueblo murmura fiero,
por la montaña girando,
y la luz muere en la sombra;
y el nublado se agiganta,
y la creación llora y canta
con voz que aturde y asombra.

¡Pobre Madre!... ante los sones
de sus dolientes afanes,
alzan truenos y volcanes
sus más terribles canciones.
Y el ángel llora... y se arredra,
rugen los mares inquietos,
y se alzan los esqueletos
sobre sus tumbas de piedra.

Porque es tan hondo el pesar
de la Madre del amor,
que llora el mismo dolor
al contemplarla llorar!

Ella vio al hijo nacer
su esperanza realizando;
ella le durmió cantando
las endechas del placer,
ella, con ansia divina
dejó sus plácidos lares;
cruzó de Judá los mares,
las cumbres de Palestina;
y siempre del Hijo en pos
le siguió amante y serena,
¡como sigue el alma buena
la sombra santa de Dios!...

Hoy... pobre Madre... lo mira
sobre el Gólgota sangriento,
suspiros lanzando al viento
que en torno del árbol gira.
Lo mira triste, llorando
por el pueblo su asesino;
oye su acento divino
¡perdón!... ¡perdón!... murmurando.
Ve sus sienes desgarradas
por las espinas crueles;
ve marcados los cordeles
en sus manos venerandas:
y si oye de su ansia en pos,
del pueblo el acento fijo,
ve... ¡que le matan al Hijo
por el crimen de ser Dios!...

Pura... mística azucena
del desierto de la vida;
lámpara siempre encendida
para templar nuestra pena:
¡celeste y eterno lirio
por los ángeles cuidado;
puro clavel perfumado
con la esencia del martirio!...
Yo vengo, Madre, a besar
las estrellas de tu manto:
vengo a regar con mi llanto
los mármoles del altar:
yo padezco a tu dolor;
lloro al mirar tu agonía;
yo tengo por ti, María,
rico manantial de amor.

Dn, Bernardo López García
España- 1838-1870


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viernes, abril 19, 2019

LAS SIETE PALABRAS – OBRAS- DEL P. PEÑA

Así podemos titular los 7 retratos (en realidad 9) que nuestro genial artista, el P. Esteban Peña, oar, hizo  en 1991, para cada una de las Palabras de Cristo en la Cruz. De indiscutibles dotes para el arte. Es reconocida su inspirada vena poética y su hechura pictórica y colajística. Todo ello como obra mayor. Sin dejar de lado su copiosa producción, documental y expresionista, de dibujos. 

Estos retratos se publicaron por primera vez en nuestra edición, “Las Palabras de Cristo”, (Lima, 1992), editados en blanco y negro, como el original. Nos pareció que los gruesos trazos negros oscurecían en algo la espléndida y expresiva fuerza de los rostros. Por ello, en ediciones sucesivas, esos retratos aparecieron ya estampados en rojo y blanco.



Las Últimas Palabras (Carátula).

Corona de espinas y cabellera aparecen entremezcladas. Pero sin rictus de dolor. Es cabeza muy bella. Mirada de frente. Sin asomo de arrogancia. Rostro imponente, soberano. Con mirada de lago profundamente sereno. Ojos, sí, tan serenos que parecen preguntar a quien pretende esconderse. Y a la vez, también con mansedumbre total, responden ya de antemano, a quien no quiere preguntar. La boca cerrada con natural sencillez.  ¿Más argumento que la Luz?  La barba encuadra estéticamente todos los rasgos del rostro. El artista, decimos, ha querido armonizar con el equilibrio soberano de esos rasgos, hasta la corona de espinas. Diríamos que a este rostro se sube toda la majestuosa sencillez de la Verdad.


Unos años más tarde, y después de andar publicada la cuarta ed. de Las Últimas Palabras (Lima, 2000), el P. Peña, auténtico artista, y buscador siempre inquieto de nuevas expresiones, realizó otra genial composición.
Sobre el apacible y bellísimo rostro de Cristo, casi frontal, aparecido en la carátula de nuestra publicación, el genial artista quiso montar o emparejar un nuevo rostro, de perfil y de características muy similares, ya con ciertos añadidos de pintura. Con lo que el nuevo rostro volvió a quedar, otra vez, no solo reconocido en su identidad original, sino admirablemente realzado para visto, ya  de frente o de perfil.

1ª. Perdónalos porque no saben lo que hacen (Ls 23 34).
Un rostro distinto. Quede advertido que en estos dibujos,  más que querer representar todo el busto o toda la cabeza, su teoría es solo   –¿solo?–  mostrar el rostro. Aquí, los cabellos, humedecidos y en desorden por el sudor y la sangre, entran, más bien, para enmarcar el rostro. Natural serenidad. Ojos alzados ya hacia el cielo confiadamente hasta su Padre. Entreabierta la boca por la ferviente y piadosa súplica del  “Perdónalos porque no saben lo que hacen”. Muy probablemente, repetida varias veces. Eso sugiere el imperfecto “decía”. Rostro prácticamente más habitual en tantos momentos de oración de Jesús al Padre, que rostro típicamente de Pasión. 




2ª.  Hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc 23 43).

Insistamos en la belleza de ambos rostros. Para el Buen ladrón, aun en la cruz misma, ya ha pasado o está superado el suplicio y el tormento. Rostro calmo y confiado. ¿Trasfigurado? Rostros en diálogo de celestial confidencia. Jesús prometiendo, con sabiduría y autoridad divinas,  exusía, es la palabra (Jn 10 18; passim), en paternal misericordia. A Dimas, le bastó un pleno y sincero “memento mei” 


(Lc  23 42).  ¡Qué bien entendió este brevísimo, pero esencial himno de Isaías: “Vuelve a mí, que soy tu redentor!” (Is 44  22). “Goel”   –re-d-emptor–   era el que pagaba la compra del esclavo. Aquí con sangre. Lo vemos ya en piadosa y plena actitud receptiva. Y agradecida. Realización condensada, pero de alcance cósmico del himno isaiano. Es que, aun la fe pequeña de un recién convertido, es Luz que penetra hasta el Misterio. Y hasta embellece el rostro: “Contempladlo y quedaréis radiantes” (Sal 34  6).  No cabe el equívoco: ¡HOY!   “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.







3ª.  Ahí tienes a tu Madre (Jn 19 27).

María y Juan están presentes en los últimos momentos de Jesús. No podía ser menos. Dos caras muy bellas, como si el artista hubiese querido demostrar los cánones estéticos. Y caras serias, como corresponden a los momentos de la Sda. Pasión. Pero sin los rasgos trágicos de lo que en el Calvario contemplan los ojos de la cara. En la cima del monte, hay mucho más que los  acontecimientos meramente históricos. Bocas cerradas en actitud devota. Y ojos fijos, absortos en la persona de Jesús, que acaba de pronunciar la tercera Palabra. Este es el plano físico. El hecho teológico va por dentro: Juan es declarado Hijo de María, y  en él,  todos los hombres son ya hijos de María; y María, la Madre de Jesús, es declarada Madre de Juan,  y en  él, María es ya Madre de todos los hombres. Todo en la suma paz que reflejan sus rostros. Como entreviendo la realidad del misterioso legado que tan solemnemente pronuncia Jesús. Detrás, e inserta  en la adivinada silueta de la cruz, la cabeza del Crucificado. Su Palabra fue oída por María y Juan. Y por todos los circustantes. El artista ha querido forzar la perspectiva: que la Palabra quede como mensaje al oído del corazón.  Que cuando se siembra en los surcos del corazón, el alma dará los frutos. 





4ª. Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado? (Mc 15 34).

Vuelve aquí la pavorosa crueldad del Calvario. Rostro dramáticamente distinto de los anteriores. “No parecía hombre”. “Ante quien se vuelve el rostro”. Casi, lo único reconocible son los ojos, expresión visible del alma. La cruz, enorme, recia, firme. El busto, terso, real y humano, pero humanamente impotente. La boca desgarrada como torrente, describiendo   –“voce magna”,  con “gran voz” (15  34)–   el misterioso “porqué”: misterio inalcanzable para el miope entendimiento humano. Y escondido solo en el  amoroso Plan del Padre y del Espíritu, y en la escandalosa obediencia del Hijo de Dios. Nos parecen como desproporcionadas las siglas del INRI: los humanos  no saben, a veces, lo que dicen, pero pueden estar profetizando: Caifás acertó con el expediente del  “unus  moriatur pro populo” (Jn 11 50); Pilato escribió en el  títulus  lo que decía la gente (Jn 119 19). Pero es que el Misterio de Dios  corre-ocurre  a través de la ignorancia y aun de la perversidad de los hombres.




5ª. Tengo sed (Jn 19 28).

Extenuación y fatiga visibles en el rostro. En el eje de la crucifixión: Sudoración, sangre, fiebre. Elementos ambientales: calor, polvo. Hematidrosis. Desvalimiento extremo. “Desde la cabeza a los pies no tiene parte sana”. Esfuerzos enormes hasta “casi” no poder con el patíbulo: unos 60 kg. En estos trances, tormento añadido, el cuerpo padece el ardor de la sed. Jesús pidió de beber a la samaritana ante el brocal del pozo de Sicar. Es el episodio del  Si scires donum Dei! (Jn 4 10).  Y el desenlace es que Jesús sacia de Agua Viva a quien venía a sacar solo agua. Ahora, sangrante, con ojos entreabiertos, paladar y  labios resecos, rostro de contenida tristeza, exclama: “Me muero de sed”  (Jn 19  28). La correspondencia  “sed-agua”, la ha querido plasmar el artista en el momento supremo de la cruz: como para indicar que la otra definición del hombre, fisiología y sicología (no como oficio, sino como naturaleza),  es capaz  (S. Agustín),  de llegar a  saber  y de alcanzar  el Don de Dios. Para toda sed, el Señor, aun agonizante,  dispone siempre del Agua Viva. Mejor, como el original, Viviente. Y mejor, Vivificante, Vivificadora. 

6ª.  Consummatum  est  ( Jn 19 30).

Aunque suavizado, otra vez el rostro de Pasión. Siempre visibles, de mofa y tortura, las espinas. Los ojos ciegos y el rostro no demacrado. Labios cerrados, pues ya  “todo está cumplido”. Por tanto, rostro ya casi muerto, pero con los rasgos de firme  serenidad. Semblante de suma paz. De quien sabe que ha cumplido, en obediencia y divinamente, el propositum del Padre,  el  “mysterium voluntatis suae” (Ef 1  9)). Que ha consumado o llevado a perfección la Historia Salutis (GS 2), de la humanidad. Y de quien sabe que Dios es Fiel. Solo queda, con entera confianza y con igual naturaleza, la confesión y entrega de su espíritu  –de su Vida–  en las manos del Padre. 




7ª. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu  (Lc 23  46).

Aquí vemos el dibujo con la cabeza completa. Las punzantes espinas traspasan sus cabellos y su piel. Cierto que aún permanece con los brazos clavados en la cruz. Pero, nuevamente, el rostro plácido y amable. Sabedor, aun en medio de los tormentos, de su misión  cumplida. Por eso, se aplica las palabras del salmo mesiánico,   las ilumina y las confirma. Valga decir,  las canoniza, haciéndolas preceder de la palabra Padre: “En tus manos encomiendo mi Espíritu, Tú, Yavé, me rescatas”  (Sal 31  6). Con los ojos abiertos y el mirar de absoluta confianza, ha ofrecido el Opus Salutis, su Obra de la Redención. Él rescató a la humanidad como goel por su Pasión. Ahora, Yavé mismo, el Padre, es el goel de Jesús:  “Tú, Yavé, me rescatas” (o, Tú, el Dios leal, me librarás) (Sal 31  6).  “Tus manos” y “mi espíritu” es tropo literario, o dos formas de decir esto: Ahora, Padre, de nuevo pongo junto a ti mi vida. O lo que es lo mismo: vuelvo a tu seno, Padre, de donde salí.

P. Donato Jiménez Sánz

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Acerca de este blog

La Comunidad de Madres Mónicas es una Asociación Católica que llegó al Perú en 1997 gracias a que el P. Félix Alonso le propusiera al P. Ismael Ojeda que se formara la comunidad en nuestra Patria. Las madres asociadas oran para mantener viva la fe de los hijos propios y ajenos.

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