domingo, enero 24, 2021

DOMINGO III TIEMPO ORDINARIO (B)

La felicidad es la vocación fundamental del hombre. Así lo confirman la bondad infinita de Dios nuestro Padre, que nos ha creado para que vivamos alegres y seamos felices, y así nos lo dice ese deseo íntimo que todos tenemos de ser dichosos y de vivir contentos. La alegría, y no la tristeza, debe ser la expresión más normal de nuestro vivir.

Pero el mismo Dios que ha plantado en nuestros corazones este anhelo de felicidad es el que nos ha marcado los caminos para conseguirla. La mayor dicha del ser humano, su mayor logro, está en descubrir los medios que le permitan llegar a esta meta:  ¿Cómo ser felices? ¿Cómo vivir alegres y contentos sin que nada nos haga sufrir? La respuesta a estas preguntas ha marcado a la humanidad entera a lo largo de su historia.

A los cristianos se nos olvida a veces que el evangelio es una respuesta a ese anhelo profundo de felicidad. No acertamos a ver en Cristo a alguien que nos promete felicidad y nos conduce a ella. No terminamos de creernos que las bienaventuranzas, antes que exigencia moral, son un anuncio de felicidad. El mayor error que estamos cometiendo es buscar la felicidad por caminos que no conducen a ella. Es el gran pecado de la humanidad: Querer ser felices viviendo de manera desordenada, alejados de Dios, en comportamientos y actitudes no queridos por el propio Dios como son el culto al dinero y al poder; los placeres del sexo, la violencia, las venganzas, los odios... Ante esta situación, dramáticamente real, se alza la voz de Dios que hoy en el profeta Jonás, en san Pablo o por boca de su Hijo nos está gritando: “Convertíos. ¿A dónde vais por esos caminos de perdición?”.

Señor, instrúyeme en tus sendas

La Liturgia de la Palabra nos propone unos textos que insisten en la bondad de Dios, en su perdón sin límites ni fronteras, en la Buena Noticia de la Salvación que, por medio de Cristo, quiere que alcance a todos los pueblos. Con Jesús el Reino de Dios ya ha llegado a nosotros, pero su culminación tendrá lugar al final de los tiempos. Mientras, el Señor pasa a nuestro lado y nos llama a seguirle, a entrar en comunión con Él.

La primera lectura nos refiere la conversión de los habitantes de Nínive. Dios, a través del profeta Jonás, envía su mensaje a aquella ciudad, que era el símbolo de la opresión, la injusticia y la corrupción para Israel. Los ninivitas escuchan el mensaje del profeta, confían en el perdón de Dios, y dan muestras de arrepentimiento, convirtiéndose de su mal comportamiento. La respuesta de Dios no se hace esperar: Los perdona. El Señor mostraba así que su compasión, su misericordia y perdón no quedaban encerrados en los límites del pueblo de la Alianza. La conversión de los ninivitas aparece como un testimonio de confianza en el perdón de Dios. El encuentro con el Dios de Israel, hizo posible su conversión, y así llegaron a ser testigos, incluso para el pueblo elegido, de la acción salvadora del Señor.

Cuando Pablo escribe las recomendaciones que hemos escuchado en la segunda lectura, estaba pensando en la inminente venida del Señor, en la Parusía. Al igual que muchos cristianos de su tiempo, el Apóstol creía que esta venida gloriosa del Señor Jesús, tendría lugar muy pronto. De ahí la exhortación de Pablo para que los cristianos no absoluticen las cosas que en la vida cotidiana consideran importantes: familia, relaciones, sentimientos, negocios, bienes… El apóstol Pablo invita a relativizar todo esto, no a excluirlo. La fe en Jesús no es algo que “adormece”, sino que nos despierta, nos hace salir de nosotros mismos y nos pone en camino hacia el que sufre, hacia el necesitado, para ser misericordiosos con ellos como lo es el Padre Dios, pues el Señor Jesús está en ellos.

Convertíos y creed el Evangelio.

Según san Marcos, las primeras palabras de Jesús cuando comienza su misión se refieren al Reino de Dios, a la conversión y a la fe: “está cerca el reino de Dios, convertíos y creed el Evangelio”. El nombre griego de “conversión” es “metánoia”, que significa cambio de mentalidad, cambio de vida. Ya no es posible vivir como si nada estuviera sucediendo. Dios nos pide que trabajemos con él para cambiar de mentalidad y transformar el mundo en el que vivimos. Por eso grita Jesús: “Cambiad vuestra manera de pensar y de actuar”. Nos pide que pensemos y que actuemos de otra manera y que colaboremos con él en la creación de un mundo nuevo, de una sociedad distinta.

Para ello, debemos aceptar la “Buena Noticia” que anuncia y tomarla en serio. Despertemos de la indiferencia. Creamos que, desde el evangelio, es posible humanizar el mundo y construir una sociedad más justa y más comprensiva, en la que desaparezcan los odios, las guerras y la enemistad y donde sea posible el amor y vivamos en paz, comenzando por nuestra familias.

“Está llegando el reino de Dios”. Jesús, con un tono desacostumbrado, sorprende a todos anunciando algo que ningún profeta se había atrevido a declarar: “Ya está aquí Dios, con la fuerza creadora de su justicia, tratando de reinar entre nosotros”. Jesús vive a Dios como una Presencia buena y amistosa, que está buscando abrirse camino para humanizar nuestra vida. Por eso lo llama “Padre” y, en su nombre, perdona los pecados, cura las enfermedades, acoge a los débiles y pecadores, muestra su predilección por las mujeres y los niños, respeta a todos. Toda la vida de Jesús es una llamada a la esperanza. No es verdad que la historia tenga que discurrir por los caminos de injusticia que le trazan los poderosos de la tierra. Es posible un mundo más justo y fraterno. Luchemos para modificar la trayectoria de la humanidad.

¿Cómo podemos vivir tranquilos observando que el proyecto creador de Dios esté siendo aniquilado por la tiranía de los violentos? Hagamos lo posible para construir un mundo en paz en el que vivamos más alegres y nos sintamos más felices. Es lo que quería el propio Jesús: “Dichosos, felices, los que luchan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios”. Es lo que encomienda también a los primeros discípulos cuando los llama para que “sean pescadores de hombres”, para que los conviertan a una nueva vida.

 P. Juan Ángel Nieto Viguera, OAR.

 

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jueves, enero 21, 2021

LOS CINCO MINUTOS DEL ESPÍRITU SANTO

En la Biblia se le da al Espíritu Santo el nombre de Paráclito (Juan 14,26). Este nombre ya nos indica algo, porque significa llamado junto a. Es decir, el que yo invoco para que esté conmigo.

Son distintos los sentidos que puedo darle a esta presencia. Por ejemplo, puede significar que lo invoco para que me defienda de los que me acusan o me persiguen, particularmente del poder del mal. Pero también puede entenderse que el Espíritu está a mi lado para darme consuelo en medio de las angustias, temores e insatisfacciones.

En realidad, no podemos limitar el sentido de ese nombre, y más bien tenemos que reunir en esa expresión todo lo que incluimos cuando llamamos a alguien para que esté con nosotros.

El Paráclito es el que se hace presente allí donde nadie puede acompañarnos, en esa dimensión más íntima de nuestro ser donde, sin él, siempre estamos desamparados, angustiados en una soledad profunda que nadie puede llenar. Él es ayuda, fuerza, consuelo, defensa, aliento. Sólo hay que decirle con ganas: "Ven Espíritu Santo, ven Paráclito".

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Los Cinco Minutos de San Agustín de Hipona

Tu deseo continuo es tu voz, es decir, tu oración continua. Callas si dejas de amar.

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domingo, enero 17, 2021

DOMINGO SEGUNDO TIEMPO ORDINARIO

 Celebradas las fiestas navideñas, entramos en el que llamamos “Tiempo ordinario”, que, en su primera fase, llega hasta la Cuaresma. El domingo primero coincide siempre con la solemnidad del Bautismo de Jesús, en el que es presentado al público por su propio Padre: “Este es mi hijo amado, mi preferido”; también es anunciado por Juan cuando dice a la gente: “detrás de mí viene el que puede más que yo, al que no merezco ni desatarle la cuerda de la sandalia y que bautizará no con agua sino con Espíritu Santo”.

Habla Señor que tu siervo escucha

La vida humana cobra sentido desde el encuentro con Dios, que, como todo encuentro personal, tiene como fin el conocimiento mutuo y la comunión de amor y de ideales. San Juan por boca de Jesús nos habla de compartir la vida con Dios: “Al que me ama mi Padre lo amará y vendremos a él y estableceremos nuestra morada en él”; “para que de la misma vida que yo vivo viváis también vosotros”. Y san Pablo en la carta a los Corintios acaba de decirnos que “somos templos del Espíritu Santo”. “Él habita en nosotros porque lo hemos recibido de Dios”.

Ante esta hermosa realidad nos unimos al salmista para decirle a Dios: “Tú no quieres sacrificios expiatorios ni ofrendas. En cambio me abriste el oído y yo  te digo: “Aquí estoy –como está escrito en mi libro- para hacer tu voluntad. Dios mío, lo quiero y llevo tu ley en mis entrañas”.

La primera lectura nos remonta a tiempos antiguos. Era la época de los llamados “jueces del pueblo”. Un niño, venido como bendición divina a un hogar estéril, está en las habitaciones del templo, la casa de Dios. Una noche, durante el sueño oye llamarse por su nombre: “Samuel, Samuel”. Presuroso acude donde su señor, el sumo sacerdote Elí, que dormía cerca. Él no lo ha llamado y le aconseja que recupere el sueño.

La llamada se repite otras dos veces; aconsejado por quien sí conoce a Dios y vive entregado a Él, descubre que es el propio Dios quien lo llama. El niño, que apenas sabía nada de Dios, inicia el encuentro personal con Él: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. A la iniciativa divina que llama al ser humano por su propio nombre, responde con la disponibilidad del verdadero creyente para abandonarse en sus manos: “Habla, Señor…”. Es lo que dirá María siglos más tarde: “aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Y Dios se encarna en el ser humano, como en María.

Maestro, dónde vives

El evangelista Juan narra los humildes comienzos del pequeño grupo de seguidores de Jesús. Su relato empieza de manera misteriosa. Se nos dice que Jesús “pasaba”. No sabemos de dónde viene ni a dónde se dirige. No se detiene junto al Bautista. Va más allá de los ideales de Juan. Por eso, al verlo pasar, indica a sus discípulos que se fijen en él: “Éste es el Cordero de Dios”.

Jesús viene de Dios, no con poder y gloria, sino como un cordero débil e indefenso. Nunca se impondrá por la fuerza, a nadie forzará a creer en él. Un día será sacrificado en una cruz. Los que quieran seguirle lo habrán de acoger libremente.

Los dos discípulos que han escuchado al Bautista siguen a Jesús sin decir palabra. Hay algo en él que los atrae aunque todavía no saben quién es ni hacia dónde los lleva. Las palabras del Bautista y el atractivo de su persona les arrastran a tener ese encuentro con el Maestro. Para conocer a Jesús es necesaria una experiencia personal, un trato cercano.

Por eso, Jesús se vuelve y les hace una pregunta muy importante: “¿Qué buscáis?”. Estas son las primeras palabras de Jesús a quienes lo siguen. No se puede caminar tras sus pasos de cualquier manera. ¿Qué esperamos de él? ¿Por qué le seguimos? ¿Qué buscamos?  

Aquellos hombres no saben a dónde los puede llevar la aventura de seguir a Jesús, pero intuyen que les enseñará algo que aún no conocen: “Maestro, dónde vives?”. No buscan en él grandes doctrinas. Quieren que les diga dónde vive, cómo vive, y para qué. Desean que les enseñe a vivir. Jesús les dice: “Venid y lo veréis”.

En la Iglesia y fuera de ella, son bastantes los que viven perdidos en el laberinto de la vida, sin caminos y sin orientación. Algunos comienzan a sentir con fuerza la necesidad de aprender a vivir de manera diferente, más humana, más sana y más digna. Encontrarse con Jesús puede ser para ellos la gran noticia. Asomarse al evangelio puede resultar definitivo. El trato con Jesús abre un horizonte nuevo a nuestra vida. Enseña a vivir desde un Dios que quiere para nosotros lo mejor. Poco a poco nos va liberando de engaños, miedos y egoísmos que nos están bloqueando.

Quien se pone en camino tras él comienza a recuperar la alegría y la sensibilidad hacia los que sufren. Empieza a vivir con más verdad y generosidad, con más sentido y esperanza. Con mayor seguridad. Cuando uno se encuentra con Jesús tiene la sensación de que por fin empieza a vivir la vida desde su raíz, pues comienza a vivir desde un Dios Bueno, más humano, más amigo y salvador que todas nuestras teorías. Todo resulta diferente. “Cuando llegue ese momento, dice Jesús en san Juan, comprenderéis que yo estoy en mi Padre, vosotros en mí y yo en vosotros”. “El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mi y yo en él”.

Esta es la gran verdad de nuestra fe cristiana, que siempre debemos tener en cuenta, que no podemos olvidar: Jesús no solo ha querido hacerse nuestro hermano, sino que ha decidido compartir su vida con nosotros para en cada momento ser hijos del mismo Padre, ser engendramos por el mismo Dios y Padre. Si en días pasados mirábamos con ternura al Niño Jesús hecho hombre, mirémonos y veamos a los demás con esa misma mirada, con ese mismo cariño. Dios está en nosotros y nosotros en él. Que así sea.

P. Juan Ángel Nieto Viguera, OAR.

 

 

 

 

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domingo, enero 10, 2021

FIESTA DEL BAUTISMO DE JESÚS

Jesús apareció en Galilea cuando el pueblo judío vivía una profunda crisis religiosa. Llevaban mucho tiempo sintiendo la lejanía de Dios. Los cielos estaban “cerrados”. Una especie de muro invisible parecía impedir la comunicación de Dios con su pueblo. Nadie era capaz de escuchar su voz. Ya no había profetas. Lo más duro era la sensación de que Dios los había olvidado: Ya no le preocupaban los problemas de Israel.

El  bautismo de Jesús es un momento clave en la historia de la salvación. Da cumplimiento a una promesa y es el comienzo de una acción definitiva y nueva en el plan salvador. La primera lectura nos presenta a un personaje misterioso, sin nombre alguno: “Mirad a mi siervo a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones”.

El día de la Epifanía contemplamos a la humanidad entera representada en los Magos postrados ante el Niño-Dios, adorándolo, mientras le ofrecen sus dones de oro, incienso y mirra. Hoy son los cielos los que se rasgan y se abren para dar paso al infinito y permitir que el mismo Espíritu de Dios baje sobre Jesús y se deje oír la voz del Padre: “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”. No son los brazos amorosos de María o la mirada cariñosa de José los que sostienen a Jesús; ahora es la majestad del cielo la que llena de resplandor al Hijo querido de Dios y lo muestra a las naciones.

Jesús es un miembro de la familia de su pueblo de Israel y vive en sus carnes ese alejamiento y ese silencio de Dios del que hemos hablado. Siente como suyos los pecados de su gente que le han llevado a vivir en cierto destierro. Pero en un determinado momento, su sensibilidad espiritual le arrastra a dejar su hogar y a buscar caminos de acercamiento a Dios. Siente la necesidad de volver al desierto para un reencuentro con Dios y poder entrar de nuevo “en la tierra prometida”. Obediente al llamamiento del Espíritu, que llega a través de la voz de Juan, abandona su patria para obedecer al profeta que desde el desierto grita: “Arrepentíos, porque está llegando el Reino de los cielos”. Eran muchos, según san Mateo, los que, procedentes de toda Judea y de toda la región del Jordán, “reconocían sus pecados y Juan los bautizaba en el río Jordán”. Y entre ellos el hijo de María y de José, que como dice el evangelio de san Marcos “llegó desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán”.

En esta actitud de humilde pecador arrepentido, Jesús se sumerge en el agua y al instante desciende sobre él el Espíritu del cielo que es el aliento del Dios creador de vida y se derrama sobre él la fuerza que renueva y cura a los vivientes: el amor que lo transforma todo. La humildad “pecadora” queda transformada por la grandeza de la gracia, y la pobreza de lo humano es arrebatada por la fuerza de lo alto. El agua del Jordán es ahora la fuerza del Espíritu, y el bautismo de Juan se convierte en bautismo en el Espíritu Santo del que nacerá la nueva criatura en Dios: “Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Y se oyó una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”.

El mensaje es claro: con Cristo, el cielo ha quedado abierto; de Dios sólo brota amor y paz; podemos vivir con confianza. A pesar de nuestros errores y de nuestra mediocridad, también para nosotros “el cielo ha quedado abierto”. Las palabras que escucha Jesús están dirigidas a cada uno de nosotros: “Tú eres para mí un hijo amado, una hija amada”. En adelante podemos afrontar la vida, no como una “historia sucia” que hemos de purificar constantemente, sino como el regalo de la “dignidad de hijos de Dios”, que hemos de cuidar con gozo y agradecimiento.

Para quien vive de esta fe, la vida está llena de momentos de gracia: el nacimiento de un hijo, el contacto con una persona buena, la experiencia de un amor limpio ponen en nuestra vida una luz y un calor nuevos. De pronto nos parece ver “el cielo abierto”. Algo nuevo comienza en nosotros; nos sentimos vivos; se despierta lo mejor que hay en nuestro corazón. Lo que tal vez habíamos soñado secretamente se nos regala ahora de forma inesperada: un comienzo nuevo, una purificación diferente, un “bautismo de Espíritu y de fuego”. Detrás de esas experiencias está Dios amándonos como a hijos. Y nos ama en su propio hijo a quien, según el profeta Isaías, “lo ha tomado de la mano”, en él ha establecido una nueva alianza con su pueblo y lo ha convertido en “luz de las naciones”, “para que abra los ojos de los ciegos, saque a los cautivos de la prisión y libere a los que habitan en tinieblas”. Se abrieron los cielos y con Jesús nos ha llegado la vida, la libertad, la alegría, la esperanza, el amor: Dios mismo.

Los primeros cristianos vivían convencidos de que para seguir a Jesús es insuficiente un bautismo de agua o un rito parecido. Es necesario vivir empapados de su Espíritu Santo. Por eso en los evangelios se recogen de diversas maneras estas palabras del Bautista: Yo os he bautizado con agua, pero él (Jesús) os bautizará con Espíritu Santo”.

El Apocalipsis, escrito cuando la Iglesia vive la persecución del emperador Domiciano, repite una y otra vez a los cristianos: “El que tenga oídos, que escuche lo que el Espíritu dice a las Iglesias”. En momentos de crisis como el que estamos viviendo, nuestras gentes y nosotros también necesitamos que nos llegue la fuerza y la voz del Espíritu de Dios. Por ello, en vez de quejarnos tanto, debemos de preguntarnos qué caminos nuevos anda buscando Dios para encontrarse con nosotros y ser más fieles a su voz. Necesitamos parecernos más a Jesús para que por medio de nuestras vidas llegue a todos su mensaje y todos también  puedan escuchar: “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”. Jesús es “Dios con nosotros”.

P. Juan Ángel Nieto Viguera, OAR.

 

 

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Acerca de este blog

La Comunidad de Madres Mónicas es una Asociación Católica que llegó al Perú en 1997 gracias a que el P. Félix Alonso le propusiera al P. Ismael Ojeda que se formara la comunidad en nuestra Patria. Las madres asociadas oran para mantener viva la fe de los hijos propios y ajenos.

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