sábado, abril 04, 2020

La “reciprocidad de la misericordia”, perdonar para ser perdonados


   Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

        Hoy hablaremos de la quinta bienaventuranza, que dice: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos hallarán misericordia» (Mt 5, 7). En esta bienaventuranza hay una particularidad: es la única en la que coinciden la causa y el fruto de la felicidad, la misericordia. Los que ejercen la misericordia encontrarán misericordia, serán «misericordiados».Este tema de la reciprocidad del perdón no sólo está presente en esta bienaventuranza, sino que es recurrente en el Evangelio. ¿Y cómo podría ser de otra manera? ¡La misericordia es el corazón mismo de Dios! Jesús dice: «No juzguéis y no seréis juzgados; no condéneis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados» (Lc 6, 37). Siempre la misma reciprocidad. Y la Carta de Santiago afirma que «la misericordia se siente superior al juicio » (2:13).
        Pero sobre todo es en el Padrenuestro donde pedimos: «Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden» (Mt 6,12); y esta petición es la única que se recoge al final: «Porque si vosotros perdonáis a los demás sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas» (Mt 6,14-15; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2838).
        Hay dos cosas que no se pueden separar: el perdón dado y el perdón recibido. Pero para muchas personas es difícil, no pueden perdonar. Muchas veces el mal recibido es tan grande que ser capaz de perdonar parece como escalar una montaña muy alta: un esfuerzo enorme; y uno piensa: no se puede, esto no se puede. Este hecho de la reciprocidad de la misericordia indica que necesitamos invertir la perspectiva. Solos no podemos, hace falta la gracia de Dios, tenemos que pedirla. Porque si la quinta bienaventuranza promete que se encontrará la misericordia y en el Padrenuestro pedimos el perdón de las deudas, significa que somos esencialmente deudores y necesitamos encontrar misericordia.
        Todos somos deudores. Todos. Con Dios, que es tan generoso, y con nuestros hermanos. Toda persona sabe que no es el padre o la madre que debería ser, el esposo o la esposa, el hermano o la hermana que debería ser. Todos estamos “en déficit” en la vida. Y necesitamos misericordia. Sabemos que también nosotros hemos obrado mal, siempre le falta algo al bien que deberíamos haber hecho.
        ¡Pero precisamente esta pobreza nuestra se convierte en la fuerza para perdonar! Somos deudores , y si, como hemos escuchado al principio, nos medimos con la medida con la que medimos a los demás (cf. Lc 6,38), entonces nos conviene ensanchar la medida y perdonar las deudas, perdonar. Cada uno debe recordar que necesita perdonar, que necesita perdón y que necesita paciencia; este es el secreto de la misericordia: perdonando se es perdonado. Por eso Dios nos precede y nos perdona primero (cf. Rom 5:8). Recibiendo su perdón, nosotros a nuestra vez nos volvemos capaces de perdonar. Así, nuestra miseria y nuestra falta de justicia se convierten en oportunidades para abrirnos al Reino de los cielos, a una medida más grande, la medida de Dios, que es misericordia.

        ¿De dónde viene nuestra misericordia? Jesús nos dijo: «Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,36). Cuanto más se acepta el amor del Padre, más se ama (cf. CIC, 2842). La misericordia no es una dimensión entre otras, sino el centro de la vida cristiana: no hay cristianismo sin misericordia (1) Si todo nuestro cristianismo no nos lleva a la misericordia, nos hemos equivocado de camino, porque la misericordia es la única meta verdadera de todo camino espiritual. Es uno de los frutos más bellos de la caridad (CIC, 1829).

        Recuerdo que este tema fue el elegido desde el primer ángelus que tuve que decir como Papa: la misericordia. Y se me quedó grabado, como un mensaje que como Papa debía dar siempre, un mensaje que debe ser cotidiano: la misericordia. Recuerdo que ese día también tuve la actitud algo «desvergonzada» de hacer publicidad a un libro sobre la misericordia, recién publicado por el cardenal Kasper. Y ese día sentí con tanta fuerza que ese es el mensaje que debo dar, como obispo de Roma: misericordia, misericordia, por favor, perdón.

        La misericordia de Dios es nuestra liberación y nuestra felicidad. Vivimos de misericordia y no podemos permitirnos estar sin misericordia: es como el aire que respiramos. Somos demasiado pobres para poner las condiciones, necesitamos perdonar, porque necesitamos ser perdonados. ¡Gracias!
Ciudad del Vaticano, marzo 18, 2020. Ciclo de las bienaventuranzas.



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viernes, abril 03, 2020

PLURALISMO, MATEMATICAS y ABORTO

           En muchos debates son admitidas personas de opiniones distintas, contrapuestas, apasionadas. Los temas de discusión varían enormemente: la vida y la muerte, el aborto y la eutanasia, la fe y el ateísmo, el cambio climático y la globalización, los toros y las medicinas alternativas.

        Podemos preguntarnos si ayudan las modalidades que se siguen en la discusión, si el pluralismo convertido en regla a la hora de escoger a los invitados sirve para acercarse a la verdad o crea confusiones en los muy variados televidentes, radioescuchas o internautas. Otras veces, hay que decir la verdad, los debates están muy manipulados y el pluralismo es solo aparente, pues los organizadores han favorecido enormemente una opinión y han dejado muy mal representada a la opinión opuesta.

        Para juzgar el valor que tiene el pluralismo, cuando es auténtico pluralismo, imaginemos por un momento un debate sobre matemáticas en el que se usase el método que se sigue en algunos debates sobre el aborto: permitir que hablen los que están a favor y los que están en contra con un amplio espacio de libertad.

        «Moderador: Un saludo a todos. Tenemos en el estudio a AA, que defiende la validez de la suma clásica según el sistema decimal. Está presente BB, que niega tal validez y propone una matemática anárquica y creativa. Y hemos invitado a CC, que considera que hay que ir más allá de la matemática para construir un mundo sin números.

        AA: Un saludo a los espectadores. Gracias al sistema numérico decimal, o a otros sistemas compatibles, como el sistema binario, las ciencias han logrado un desarrollo imparable en los últimos 500 años de historia humana.

        BB: Un saludo a los televidentes. Considero que la perspectiva de AA, además de dogmática e intolerante, atenta contra la fantasía y la creatividad, crea enormes traumas en millones de niños que son acusados de graves errores en sus tareas, y permite que los bancos persigan a través de tribunales arbitrarios a quienes no pagan sus deudas.

        CC: Un saludo a todos. El mundo ha sido esclavo de los números durante años y años. No sólo hay que suprimir la matemática tradicional, sino también otras matemáticas alternativas, como la libertaria. Necesitamos vivir sin matemáticas, sin números, sin contabilidades. Podremos recuperar así un estado primitivo, original, como el de las tribus que muchos consideran retrasadas pero en las que se viven profundos y magníficos valores que el mundo mal llamado occidental ha olvidado durante siglos.

        Moderador: Millones de personas hemos aprendido que 2+2 son 4, y la cosa funciona. ¿Podrían, de modo ágil, expresar su opinión sobre las operaciones más básicas que muchos conocemos y que tanto nos han ayudado?

        AA: Es claro que 2+2 son, eran y serán siempre 4, a pesar de las oposiciones de libertarios o de anarquistas que buscan negar lo evidente. No podemos ir contra una verdad tan básica y tan sencilla, porque entonces negaríamos nuestra condición racional, la cual nos permite descubrir y aceptar lo evidente como algo connatural e indiscutible. Una vez asumida esta verdad, se convierte en fuente de paz y facilita los intercambios justos entre los seres humanos.

        BB: Con posiciones como las de AA volvemos a visiones dogmáticas e intolerantes que han llenado de sangre la historia humana. Necesitamos superar esas ideas inquisitoriales de quien dice “yo tengo la razón” y los demás están equivocados. ¿Por qué no dar un premio a los niños que digan que 2+2 son 5? ¿Por qué imponer la tabla del 7 como fija e inalterable? ¿Por qué no convertir al número 0 en un dígito mucho más rico y simpático de lo que ahora significa?

        CC: No hace falta proponer una matemática alternativa, por más novedosa que pueda ser, porque lo que necesita el mundo es renunciar a la matemática y al mal llamado progreso. Hemos de volver a sistemas de organización en los que el número no tenga presencia alguna. De lo contrario, seremos individuos empobrecidos, esclavos de presuntos saberes que reducen las casi infinitas posibilidades de realización de la naturaleza humana cuando consigue liberarse de pasados absurdos y de matemáticas esclavizantes.

        AA: No podemos acusar a la matemática de intolerante, porque la verdad no crea ni daña a nadie. Aprender a interpretar y conocer los números sirve para miles de cosas, y permite alcanzar conquistas científicas que mejoran la calidad de vida de los seres humanos.

        BB: Pero también, tienes que reconocerlo, los números encadenan a millones de personas con deudas externas asfixiantes. ¿Por qué no convertir mil millones de dólares de deuda, gracias a una nueva matemática, en un pago a realizar de 500 dólares en 5 meses?

        CC: Aplicar los números a la economía, al trabajo de los pastores (“tengo 100 ovejas y 20 vacas”), a la familia (“tenemos 4 hijos”), a todo... es la fuente de los males más profundos. Si vamos más allá de las matemáticas construiremos un mundo sin fronteras, sin geometría, sin relojes, sin carreteras, libre hasta límites de fantasía insospechada.

        Moderador: El tiempo es inflexible y tenemos que dejar espacio a la publicidad. Ha sido un debate apasionado y lleno de dinamismo, donde hemos podido enriquecernos ante perspectivas muy opuestas, todas ellas llenas del deseo de avanzar a nuevas conquistas culturales, etc., etc.»

        Se trata, ciertamente, de una exageración, aunque no es totalmente inverosímil escuchar a veces razonamientos parecidos sobre temas de importancia vital.

        Pero cuando escogemos como argumento de debate si una mujer puede decidir sobre la vida o la muerte del hijo que ya vive en sus entrañas (y que muchos no permiten llamarle así, “hijo”), ¿no ponemos en tela de juicio una de los principios más profundos que permite la convivencia humana, el del respeto a la vida? ¿No aceptamos que lo más hermoso y lo más noble, el amor y el cuidado que merece el más pequeño entre los humanos, sea tratado ante unos micrófonos como si fuese un tema discutible en el que cualquier opinión tiene derecho a expresarse? ¿No sería mejor, como alternativa, no poner nunca en debate que un hijo vale simplemente como hijo, y que vale la pena todo esfuerzo individual, familiar, social, para ayudarle antes y después de su nacimiento?

        El aborto no es un tema sujeto al pluralismo. Habrá quien lo defienda, como hay quien defiende el terrorismo, pero no merece un espacio en el mundo de las comunicaciones humanas.

        Nunca la vida de un ser humano puede ser objeto de debate público. Lo que sí podemos y debemos debatir, para llegar a resultados concretos, es cómo mejorar las condiciones de vida de millones de mujeres que no tienen ni asistencia sanitaria ni medios de subsistencia para ofrecer a sus hijos, antes y después de nacer, aquellos alimentos, medicinas y ayudas que les permitan una existencia saludable y bien asistida. A ellas y a sus hijos, que ya existen y que merecen todo el apoyo de cualquier sociedad que tenga un mínimo de justicia y de dignidad.

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jueves, abril 02, 2020

Ángelus: Cuaresma, tiempo para pedir al Señor misericordia

    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

       En el centro de la liturgia de este cuarto domingo de Cuaresma está el tema de la luz. El Evangelio (cf. Jn 9,1-41) relata el episodio del ciego de nacimiento, al que Jesús da la vista.

       Este signo milagroso es la confirmación de la afirmación de Jesús que dice de sí mismo: “Yo soy la luz del mundo” (v. 5), la luz que ilumina nuestra oscuridad. Él opera la iluminación en dos niveles: uno física y otro espiritual: el ciego primero recibe la vista de los ojos y luego es llevado a la fe en el “Hijo del Hombre” (v. 35), es decir, en Jesús.

       Hoy sería bueno que todos tomen el Evangelio de San Juan, capítulo nueve, y que lean este pasaje: es tan hermoso, y nos hará bien leerlo más de una vez. Los prodigios que Jesús realiza no son gestos espectaculares, sino que están destinados a conducir a la fe a través de un camino de transformación interior.

       Los fariseos y los doctores de la ley se obstinan en no admitir el milagro, y dirigen al hombre sanado preguntas insidiosas. Pero Él los desconcierta con la fuerza de la realidad: “Una cosa sí sé: estaba ciego y ahora veo” (v. 25). Entre la desconfianza y la hostilidad de los que le rodean y le interrogan con incredulidad, hace un itinerario que lo lleva gradualmente a descubrir la identidad de aquel que le abrió los ojos y a confesar su fe en Él. Al principio lo considera un profeta (cf. v. 17); luego lo reconoce como alguien que viene de Dios (cf. v. 33); finalmente lo acoge como el Mesías y se postra ante Él (cf. vv. 36-38). Comprendió que al darle la vista, Jesús “manifestó las obras de Dios” (cf. v. 3).

       ¡Que nosotros también podamos tener esta experiencia! Con la luz de la fe, el ciego descubre su nueva identidad. Ahora es una “nueva criatura”, capaz de ver su vida y el mundo que le rodea, bajo una nueva luz… porque ha entrado en comunión con Cristo, ha entrado en otra dimensión. Ya no es un mendigo marginado por la comunidad; ya no es esclavo de la ceguera y del prejuicio. Su camino de iluminación es una metáfora del camino de la liberación del pecado al que estamos llamados. El pecado es como un velo oscuro que cubre nuestro rostro y nos impide vernos claramente a nosotros mismos y al mundo; el perdón del Señor nos quita este manto de sombra y oscuridad y nos da nueva luz.

       La Cuaresma que estamos viviendo que sea un tiempo oportuno y precioso para acercarnos al Señor, pidiendo su misericordia, en las diferentes formas que la Madre Iglesia nos propone. El ciego curado, que ahora ve con los ojos del cuerpo y con los del alma, es imagen de cada bautizado, que inmerso en la gracia ha sido arrancado de las tinieblas y colocado en luz de la fe. Pero no basta con recibir la luz, hay que convertirse en luz. Cada uno de nosotros está llamado a acoger la luz divina para manifestarla con toda nuestra vida.

       Los primeros cristianos, teólogos de los primeros siglos, decían que la comunidad de los cristianos, es decir, la Iglesia, es el “misterio de la luna”, porque daba luz pero no era luz propia, era la luz que recibía de Cristo. Nosotros también debemos ser “misterio de la luna”: dar la luz recibida del sol, que es Cristo, el Señor. San Pablo nos lo recuerda hoy:

       “Compórtense, pues, como hijos de la luz; el fruto de la luz consiste en todo bien, justicia y… verdad” (Ef 5:8-9). La semilla de la nueva vida puesta en nosotros en el Bautismo es como la chispa de un fuego, que nos purifica en primer lugar, quemando el mal en nuestros corazones, y nos permite brillar e iluminar con la luz de Jesús.

       Que María Santísima nos ayude a imitar al ciego del Evangelio, para que seamos inundados con la luz de Cristo y emprender con él el camino de la salvación.
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Ciudad del Vaticano, marzo 22, 2020.   Palabras del Papa antes del Ángelus


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lunes, marzo 30, 2020

CUARESMA. DOMINGO V

Seguimos los pasos de Cristo, vida del mundo

Venimos diciendo desde el principio que la cuaresma es camino hacia la pas-cua y que, en este caminar, contamos con la presencia y el ejemplo de Jesús. Como dice el prefacio V de cuaresma, "en nuestro itinerario hacia la luz pas-cual, seguimos los pasos de Cristo, maestro y modelo de la humanidad re-conciliada en el amor". Desde aquel momento del encuentro especial de Jesús con el Padre en el monte de la transfiguración en el que nos lo presenta como el “Hijo predilecto en el que se complace” hasta hoy Jesús se ha hecho pre-sencia para todos los creyentes. Ha sido ejemplo y “palabra” a la que tene-mos que escuchar, pero ha sido también “agua” que sacia la sed como en el caso de la samaritana, ha sido “luz” como lo fue con el ciego que recuperó la vista lavándose los ojos en la piscina de Siloé para convertirse este domingo en “vida”, resucitando a su gran amigo Lázaro. Hoy las tres lecturas bíblicas apuntan al mismo y gozoso mensaje: la vida. Tanto Ezequiel para su pueblo, como Pablo para sus lectores como, sobre todo, el evangelio con el relato de Lázaro, nos aseguran que nuestro destino es la vida. Con razón podemos cantar con el salmo que "del Señor viene la misericordia y la redención co-piosa"; por eso, "mi alma espera en el Señor, más que el centinela la aurora".

Yo soy la resurrección y la vida 

La resurrección de Lázaro fue el último de los grandes "signos" de Jesús, que aceleró su muerte, por la reacción de sus adversarios. El evangelista Juan, como leíamos en los domingos anteriores, elabora una progresiva "cateque-sis" cristológica, esta vez bajo la clave de la vida. El milagro en sí ocupa po-cos versículos. Pero Juan lo hace preceder de un diálogo muy vivo entre Je-sús y las hermanas de Lázaro. Todo desemboca en el "yo soy" de Cristo, que, como hemos dicho, se nos había presentado ya como "fuente de agua viva" y como "luz del mundo", para revelarse hoy como "la resurrección y la vida" de la humanidad.

Ya en el prólogo de su evangelio, Juan nos decía que “en él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres”. Pero hoy, en su diálogo con las hermanas de Lázaro, afirma con mayor insistencia: “yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”. En ese diálogo muestra su do-lor por la muerte de su amigo, pero les anima a que tengan fe, pues resucita-rá, a la vez que extiende esa compasión a todos los crean en él: “… aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. Es una buena noticia para los momentos que estamos viviendo ahora toda la humanidad con motivo  del “coronavirus”.

Dios quiere abrir sepulcros 

Es en este tiempo y en la sociedad en la que estamos donde los cristianos hemos de dar razón de nuestra esperanza, a nosotros mismos y a los hom-bres y mujeres con los que compartimos lo que está ocurriendo. Una espe-ranza que no es una utopía más, ni una reacción desesperada frente a las cri-sis e incertidumbres del momento, sino que se enraíza en Jesucristo, crucifi-cado por los hombres pero resucitado por Dios.

Nuestra esperanza tiene un nombre: Jesucristo. Se funda en un hecho: su re-surrección. Todo lo que se encierra en la esperanza del cristiano, capaz de esperar contra toda esperanza, nace del crucificado que ha sido resucitado por Dios. Solo desde Cristo resucitado se nos revela el futuro último que podemos esperar para la humanidad, el camino que puede llevar al hombre a su verdadera plenitud y la garantía última ante el fracaso, la injusticia y la muerte.

La resurrección de Cristo abre para toda la humanidad un futuro de vida plena. Él se nos ha anticipado a todos para recibir del Padre una vida defini-tiva que nos está también reservada a nosotros. Su resurrección es funda-mento y garantía de la nuestra. «Dios que resucitó al Señor, también nos re-sucitará a nosotros por su fuerza» (ICor 6,14). La muerte no tiene la última palabra. El hambre, las guerras, los genocidios, las limpiezas étnicas no cons-tituyen el horizonte último de la historia. El sida, el coronavirus, la metralle-ta, el cáncer no terminan con el hombre. El ser humano puede esperar algo más que lo que brota de las posibilidades mismas del hombre y del mundo.
El Dios de la esperanza.

Este es el verdadero nombre de Dios. Su realidad última tal como se nos re-vela en la resurrección de Jesús. En Cristo se nos ha descubierto que «Dios es amor», pero amor resucitador. Por eso, Dios es para nosotros «el Dios de la esperanza» (Rom 15,13). No solo el creador que, en los orígenes, pone en marcha la vida, sino el resucitador que, al final, realiza «la nueva creación». Dios está al comienzo y al final. Por eso nosotros «no ponemos nuestra con-fianza en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos». Desde esta perspectiva, podemos decir que lo propio de Dios es, sobre todo, el fu-turo ultimo. Dios está presente en nuestra vida prometiendo, garantizando y abriendo futuro. Más que dentro de nosotros o encima, a Dios lo tenemos delante de nosotros. El Dios de Jesucristo es «el Dios de la resurrección», el que, desde Cristo resucitado, nos abre camino hacia nuestro «futuro últi-mo». En ese Dios creemos los cristianos. «El Dios que da vida a los muertos y llama a lo que no es para que sea» (Rom 4,17). Dios no descansará hasta que la vida que nació de su amor infinito de Padre venza definitivamente a la muerte, y aparezca la nueva creación en todo su esplendor. No se revelará plenamente como Dios Salvador hasta que el hombre alcance su humaniza-ción plena, la vida eterna junto a Él.

La Eucaristía, garantía y semilla de vida

La Eucaristía es semilla, anticipo y garantía de esa vida eterna.
El Señor Resucitado, que ya está en esa vida definitiva, se apodera del pan y del vino que traemos en el ofertorio al altar, y entonces, identificado radi-calmente con esos dos elementos, se nos da a nosotros, comunicándonos así su vida para siempre. Por eso nos dijo san Juan, en el discurso de Jesús so-bre el “Pan de vida": “el que come mi Carne y bebe mi Sangre tiene vida en mí y yo en él y yo le resucitaré el último día... Como yo vivo por el Padre, así el que me coma vivirá por mí”.

La conversación de Jesús con sus amigas Marta y María y la resurrección de su hermano Lázaro deben ser para nosotros la mejor invitación a la esperan-za y a la confianza en Dios.

P. Juan Ángel Nieto Viguera, OAR.

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Acerca de este blog

La Comunidad de Madres Mónicas es una Asociación Católica que llegó al Perú en 1997 gracias a que el P. Félix Alonso le propusiera al P. Ismael Ojeda que se formara la comunidad en nuestra Patria. Las madres asociadas oran para mantener viva la fe de los hijos propios y ajenos.

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