martes, febrero 20, 2018

En Cristo fuimos tentados, en Él vencimos al diablo

 Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica. ¿Quién es el que habla? Parece que sea uno solo. Pero veamos si es uno solo: Te invoco desde los confines de la tierra con el corazón abatido.  Por lo tanto, se invoca desde los confines de la tierra, no es uno solo; y, sin embargo, es uno solo, porque Cristo es uno solo, y todos nosotros somos sus miembros.  ¿Y quién es ese único hombre que clama desde los confines de la tierra?  Los que invocan desde los confines de la tierra son los llamados a aquella herencia, a propósito de la cual se dijo al mismo Hijo: Pídemelo: te daré en herencia las naciones, en posesión, los confines de la tierra.  De manera que quien clama desde los confines de la tierra es el cuerpo de Cristo, la heredad de Cristo, la única Iglesia de Cristo, esta unidad que formamos todos nosotros.

Y ¿qué es lo que pide?  Lo que he dicho antes: Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica; te invoco desde los confines de la tierra.  O sea: Esto que pido, lo pido desde los confines de la tierra, es decir, desde todas partes.

Pero, ¿por qué ha invocado así? Porque tenía el corazón abatido.  Con ello da a entender que el Señor se halla presente en todos los pueblos y en los hombres del orbe entero no con gran gloria, sino con graves tentaciones.

Pues nuestra vida en medio de esta peregrinación no puede estar sin tentaciones, ya que nuestro progreso se realiza precisamente a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni vencer si no ha combatido, ni combatir si carece de enemigo y de tentaciones.

Éste que invoca desde los confines de la tierra está angustiado, pero no se encuentra abandonado. Porque a nosotros mismos, esto es, su cuerpo, quiso prefigurarnos también en aquel cuerpo suyo en el que ya murió, resucitó y ascendió al cielo, a fin de que sus miembros no desesperen de llegar adonde su cabeza los precedió.

De forma que nos incluyó en sí mismo cuando quiso verse tentado por Satanás. Nos acaban de leer que Jesucristo, nuestro Señor, se dejó tentar por el diablo.  ¡Nada menos que Cristo tentado por el diablo!  Pero en Cristo estabas siendo tentado tú, porque Cristo tenía de ti la carne, y de Él procedía para ti la salvación; de ti procedía la muerte para Él, y de Él para ti la vida; de ti para Él los ultrajes, y de Él para ti los honores; en definitiva, de ti para Él la tentación, y de Él para ti la victoria.

Si hemos sido tentados en Él, también en Él vencemos al diablo.  ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció?  Reconócete a ti mismo tentado en Él, y reconócete vencedor en Él.  Podía haber evitado al diablo; pero, si no hubiese sido tentado, no te habría aleccionado para la victoria cuando tú fueras tentado.

San Agustín, Comentario al salmo 60, 2-3




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lunes, febrero 19, 2018

Lectio Divina I Domingo de Cuaresma -B-


Estamos ya en Cuaresma y es posible situarse personal y hasta colectivamente en términos repetidos que igualen y que hasta no nos dicen nada nuevo. Sin embargo, hoy nos podríamos situarnos en una sorpresa: el misterio de Cuaresma nos podría (debe) introducirnos de manera llamativa en el misterio de Cristo. Estamos ya en Cuaresma y recordando las sugestivas palabras de Jesús: cuidad de no practicar vuestra justicia delante de la gente para no ser vistos…

El presente lo debemos situar a la altura de lo anterior y es que las palabras del Señor encajan siempre por igual como Palabra de Dios que es, como Maestro e Hijo de Dios y como Salvador de toda la Humanidad. ¡Qué hermoso y necesario es creer que el camino de la Cuaresma es para avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud! A veces, la palabra Cuaresma la hemos desvalorizado en su definicón y, también, en su significado verdadero, algo así como situarlo en un tiempo que es un tanto triste.  Y, sin embargo, el tiempo de Cuaresma nos introduce de manera llamativa en el misterio de Cristo. Esto exige silencio, desprendimiento, invitación al desierto de la convivencia para aprender de Jesús cómo hemos de combatir y ayudar misteriosamente a los demás.

            Los cristianos deberíamos creer que la Cauresma es un tiempo para redirigir cuerpo y espíritu hacia la dirección de Jesús. Se trata de anticipar el reino de Dios y ver que Dios lleva adelante su plan de alianza con la humanidad hasta su expresión máxima que para los cristianos se realiza en Jesús que personifica la nueva y eterna alianza. No se puede vivir solo a impulsos propios o procedentes de una voluntad emparejada a las mil veleidades que nos ofrece el ruido continuo de cada día y la casi imposibilidad de soñar que “el Señor es bueno y recto, y que hace caminar a los humildes”. Si nosotros acojemos con fe, o sea, con humildad y obedidencia, la invitación a la conversión, al cambio de nuestra vida, entramos en el ámbito del reino de Dios y, entonces, el evangelio es para nosotros la “buena noticia”.

            Estamos en Cuaresma y es una llamada para renovar nuestro encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a dejarnos encontrar con Él. Claramente nos define Él en el monte de las tentaciones cómo ha de ser la vida de sus seguidores, la mirada hacia la realidad de la gracia y, especialmente, el sentido fundamental de la obediencia a Dios. Los cristianos tenemos siempre delante el camino de Cristo: ahí está el proceso personal de revitalización desde el encuentro con Jesús y cómo el camino a seguir necesita siempre una certeza de que nuestra vida es un reflejo de la vida del Maestro. Nunca mejor para nosotros que el ser fieles al salmo responsorial: Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza. En este ámbito, la Cauresma refleja un aire de amor, de profundidad de la gracia y de una esperanza que nos abre los ojos con mirada a la Resurrección.

RESPUESTA desde NUESTRA REALIDAD

            Los cristianos debemos plantearnos qué significa la Cuaresma de Jesucristo, cómo la vive Él y lo que nos enseña: Está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed la buena noticia. El reino de Dios es Dios mismo que se hace presente y comienza a reinar porque los seres humanos, nosotros, ejerciendo la libertad que el mismo Señor nos ha dado, le hemos abierto un espacio para que pueda ejercer su dominio. El reino de Dios no es un espacio geográfico sino más bien el ejercicio de su realeza, el reinado de Dios y que manifiesta el amor infinito que Él nos tiene.
 ORACION

            Dios todopoderoso, por medio de las prácticas anuales del sacramento cuaresmal, concédenos progresar en el conocimiento del misterio de Cristo, y conseguir sus frutos con una conducta digna. Por J., N. S. Amén.
PENSAMIENTO AGUSTINIANO
            Mirad ahora al rey de los mártires presentándonos ejemplos de cómo  hemos de combatir y ayudando misericordiosamente a los combatientes, ¿Por qué permitió ser tentado, sino para enseñarnos a resistir al tentador? Si el mundo te promete el placer carnal, respóndele: «Más deleitable es Dios». Si te promete honores y dignidades temporales, respóndele: «el reinio de Dios es más excelso que todo». Si te promete curiosidades superfluas y condenables¸ respóndele: «Sólo la verdad de Dios no se equivoca». Puesto que en todos los halagos del mundo aparecen estas tres cosas: o el placer, o la curiosidad, o la soberbia, ¿qué dice el evangelista después que sufrió la triple tentación? «Después que el diablo hubo acabado con toda clase de tentaciones, se alejó de allí…». Toda clase, pero de las que se apoyaban en la lisonja. Quedaba todavía otra tentación, consistente en algo más áspero y duro, en crueldades y atrocidades humanas… En posesión de sus vasos, gritará con las lenguas de todos: ¡Crucifícalo, crucifícalo! ¿Por qué nos extrañamos de que Cristo haya salido vencedor allí? Era Dios todopoderoso  (san Agustín en Sermón 284,5),

Fr. Imanol Larrínaga, OAR

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domingo, febrero 18, 2018

I DOMINGO DE CUARESMA- B- Reflexión

El primer domingo de cuaresma de cada año la liturgia de la Palabra nos habla, entre otras cosas, de las tentaciones de Jesús en el desierto. Este año leemos el Evangelio de Marcos. Marcos, al contrario de Mateo y Lucas, no nos detalla las tentaciones. Sólo nos dice que fue tentado por Satanás. Hasta en esto se quiso parecer Jesús a nosotros. Fue en todo igual, menos en el pecado.  

En cuanto hombre, era débil, como nosotros, pero poseía la fuerza del Espíritu. Y hubo momentos en que la tentación era mucho más fuerte. Por ejemplo, en Getsemaní, en que le pedía al Padre que le quitara la cruz, que le evitara el sufrimiento, el dolor y la muerte, pero, en últimas,  aceptaba la voluntad del Padre, se apoyaba en Él, y así pudo llevar a término la misión que el mismo Padre le había encomendado.

Por eso Jesús es un modelo de vida para nosotros. Un ejemplo a seguir. Somos frágiles, la tentación nos ronda en todo momento para hacernos caer en el pecado; el camino de la vida o de la fe es duro y difícil, y, al contrario de Cristo, caemos en  la tentación y pecamos. No contamos con la fuerza del Espíritu. 

¿Quién no siente la tentación, por ejemplo, de fijarse en los defectos de los demás y criticarlos, de la ambición y la avaricia, de la ira en muchas ocasiones y deseos de venganza, de la lujuria y la impureza, de la pereza y la frialdad en la relación con Dios (dejar la misa, la oración, los sacramentos...), de pasar indiferentes ante los problemas o necesidades del prójimo, de engañar para aprovecharse de los demás, de negar la palabra a otros por la razón que fuera, etc. 

La tentación no es pecado. Yo diría que ni siquiera es mala, porque nos sirve para purificarnos, para fortalecernos y hacernos más humildes, más necesitados de Dios. Nuestra vida, como el desierto, es lugar de prueba y purificación. Y también de oración, de lucha y confianza en el Padre.

La cuaresma es un tiempo importante (tiempo fuerte, se llama en la liturgia), Es un tiempo para pensar y reflexionar en nuestro interior sobre nuestra condición de creyentes y pecadores, sobre la necesidad de reafirmar nuestra fe, de mejorar en algunos aspectos de nuestra vida (cada cual verá), es un tiempo de conversión. La liturgia lo llama tiempo favorable, tiempo de gracia. Es un tiempo serio, pero no triste. Es un tiempo penitencial, pero no de luto, sino de esperanza gozosa en el perdón de un Dios que nos ama sin merecerlo, con amor gratuito. 

Es un tiempo para pensar y convencernos de que Dios es lo único importante, lo único que merece la pena, lo único que permanece, y que lo demás pasa, lo único que puede dar sentido pleno a nuestra vida, lo único que puede hacernos felices. Y si no, preguntad a los que así sienten y viven. Que los hay; muchos más de lo que pensamos.

Pero para poder sentir y vivir todo esto, es necesaria la conversión. Nos estamos jugando ya desde aquí una vida feliz para siempre. Dios ha puesto en nuestras manos las mejores cartas para ganar la partida con total seguridad. 

Por eso hoy nos dice Jesús: Se ha cumplido el plazo, el Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en el Evangelio. Quien trabaja para ajustar su vida a los criterios del Evangelio, a lo que dice Jesús y a su estilo de vida, ya está salvado. Vale la pena intentarlo. 

En cierta ocasión, en un pueblo en fiestas, un político venido de fuera me dijo que él no creía en Dios. Y yo le dije: “¡Cuánto lo siento!”. No dije más. Se quedó perplejo. Pues lo sentí, porque -aunque fuera un gran profesional de la política, y ganara un buen sueldo, y tuviera su prestigio...,- le faltaba lo más importante, lo único necesario.  No sé si mis palabras hicieron mella en él, pero al menos en ese momento, se quedó pensativo, que no es poco. 

Aprovechemos, pues, este tiempo de gracia, este tiempo favorable, para reafirmarnos en nuestra fe, o para volver a Dios y la Iglesia, si es que nos habíamos alejado. Dios espera siempre y perdona de corazón. Porque es Padre y nos ama mucho más de lo que imaginamos.

P. Teodoro Baztán Basterra, OAR.

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sábado, febrero 17, 2018

Liturgia de la Palabra: Homilía “breve” pero “bien preparada”

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

        Seguimos con las catequesis sobre la santa misa. Habíamos llegado a las lecturas.

        El diálogo entre Dios y su pueblo, desarrollado en la Liturgia de la Palabra en la misa, llega al culmen en la proclamación del Evangelio. Lo precede el canto del Aleluya – o, en Cuaresma, otra aclamación – con el cual “la asamblea de los fieles acoge y saluda al Señor quién le hablará en el Evangelio”[1]. Como los misterios de Cristo iluminan toda la revelación bíblica, así, en la Liturgia de la Palabra, el Evangelio es la luz para entender el significado de los textos bíblicos que lo preceden, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Efectivamente “Cristo es el centro y plenitud de toda la Escritura, y también de toda celebración litúrgica”[2]. Jesucristo está siempre en el centro, siempre.

        Por lo tanto, la misma liturgia distingue el Evangelio de las otras lecturas y lo rodea de un honor y una veneración particular[3]. En efecto, sólo el ministro ordenado puede leerlo y cuando termina besa el libro; hay que ponerse en pie para escucharlo y hacemos la señal de la cruz sobre la frente, la boca y el pecho; las velas y el incienso honran a Cristo que, mediante la lectura evangélica, hace resonar su palabra eficaz. A través de estos signos, la asamblea reconoce la presencia de Cristo que le anuncia la “buena noticia” que convierte y transforma. Es un diálogo directo, como atestiguan las aclamaciones con las que se responde a la proclamación, “Gloria a Ti, Señor”, o “Alabado seas, Cristo”. Nos levantamos para escuchar el Evangelio: es Cristo que nos habla, allí. Y por eso prestamos atención, porque es un coloquio directo. Es el Señor el que nos habla.

        Así, en la misa no leemos el Evangelio para saber cómo han ido las cosas, sino que escuchamos el Evangelio para tomar conciencia de que lo que Jesús hizo y dijo una vez; y esa Palabra está viva, la Palabra de Jesús que está en el Evangelio está viva y llega a mi corazón. Por eso escuchar el Evangelio es tan importante, con el corazón abierto, porque es Palabra viva. San Agustín escribe que “la boca de Cristo es el Evangelio”.[4] Él reina en el cielo, pero no deja de hablar en la tierra”. Si es verdad que en la liturgia “Cristo sigue anunciando el Evangelio” [5], se deduce que, al participar en la misa, debemos darle una respuesta. Nosotros escuchamos el Evangelio y tenemos que responder con nuestra vida.

        Para que su mensaje llegue, Cristo también se sirve de la palabra del sacerdote que, después del Evangelio, pronuncia la homilía[6]. Vivamente recomendada por el Concilio Vaticano II como parte de la misma liturgia[7], la homilía no es un discurso de circunstancias, – ni tampoco una catequesis como la que estoy haciendo ahora- ni una conferencia, ni tampoco una lección: la homilía es otra cosa. ¿Qué es la homilía? Es “un retomar ese diálogo que ya está entablado entre el Señor y su pueblo”,[8] para que encuentre su cumplimiento en la vida. ¡La auténtica exégesis del Evangelio es nuestra vida santa! La palabra del Señor termina su carrera haciéndose carne en nosotros, traduciéndose en obras, como sucedió en María y en los santos. Acordaos de lo que dije la última vez, la Palabra del Señor entra por los oídos, llega al corazón y va a las manos, a las buenas obras. Y también la homilía sigue a la Palabra del Señor y hace este recorrido para ayudarnos a que la Palabra del Señor llegue a las manos pasando por el corazón.

        Ya he tratado el tema de la homilía en la Exhortación Evangelii gaudium, donde recordé que el contexto litúrgico “exige que la predicación oriente a la asamblea, y también al predicador, a una comunión con Cristo en la Eucaristía que transforme la vida. “[9]

        El que pronuncia la homilía deben cumplir bien su ministerio – el que predica, el sacerdote, el diácono o el obispo- ofreciendo un verdadero servicio a todos los que participan en la misa, pero también quienes lo escuchan deben hacer su parte. En primer lugar, prestando la debida atención, es decir, asumiendo la justa disposición interior, sin pretensiones subjetivas, sabiendo que cada predicador tiene sus méritos y sus límites. Si a veces hay motivos para aburrirse por la homilía larga, no centrada o incomprensible, otras veces es el prejuicio el que constituye un obstáculo. Y el que pronuncia la homilía debe ser consciente de que no está diciendo algo suyo, está predicando, dando voz a Jesús, está predicando la Palabra de Jesús. Y la homilía tiene que estar bien preparada, tiene que ser breve ¡breve!. Me decía un sacerdote que una vez había ido a otra ciudad donde vivían sus padres y su papá le había dicho: “¿Sabes? Estoy contento porque mis amigos y yo hemos encontrado una iglesia donde si dice misa sin homilía”. Y cuántas veces vemos que durante la homilía algunos se duermen, otros charlan o salen a fumarse un cigarrillo… Por eso, por favor, que la homilía sea breve, pero esté bien preparada. Y ¿cómo se prepara una homilía, queridos sacerdotes, diáconos, obispos? ¿Cómo se prepara? Con la oración, con el estudio de la Palabra de Dios y haciendo una síntesis clara y breve; no tiene que durar más de diez minutos, por favor.

        En conclusión, podemos decir que en la Liturgia de la Palabra, a través del Evangelio y la homilía, Dios dialoga con su pueblo, que lo escucha con atención y veneración y, al mismo tiempo, lo reconoce presente y activo. Si, por lo tanto, escuchamos la “buena noticia”, ella nos convertirá y transformará y así podremos cambiarnos a nosotros mismos y al mundo. ¿Por qué? Porque la Buena Noticia, la Palabra de Dios entra por los oídos, va al corazón y llega a las manos para hacer buenas obras.
   Audiencia General. Ciudad del Vaticano, 7 febrero 2018.  

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