viernes, febrero 24, 2017

EL COMBATE CISTIANO II

De cómo los espíritus malos habitan en el cielo

Decíamos que el apóstol San Pablo afirma que estamos en combate contra los gobernadores de las tinieblas y los espíritus malos que habitan en el cielo. Y ya hemos probado que se llama cielo incluso al aire próximo a la tierra. Ahora, es preciso creer que nosotros luchamos contra el diablo y sus ángeles que se gozan en nuestra perturbación. En efecto, el mismo Apóstol, en otro lugar, llama al diablo príncipe del poder del aire (Ef 2,2). Aunque este pasaje, en que dice: los espíritus malos del cielo, pueda entenderse de otro modo, para que no ponga en el cielo a los mismos ángeles prevaricadores, sino más bien a nosotros de quienes en otro lugar dice: nuestra conversación está en el cielo (Flp 3,20). Y para que aferrados a las cosas celestiales, es decir, caminando en los preceptos espirituales de Dios, luchemos contra los espíritus malos que tratan de arrojarnos de allí. Mucho nos hemos de preguntar cómo podemos luchar y vencer a los enemigos que no vemos, para que no piensen los necios que peleamos con el aire.

Para vencer al diablo y al mundo hay que someter el cuerpo.

 El mismo Apóstol nos enseña cuando dice: No peleo como quien azota el aire, sino que castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea que, mientras predico a otros, yo sea encontrado réprobo (1Co 9,26-27). Y también dice: Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo (1Co 11,1). Por lo que hemos de entender que el Apóstol triunfó, en sí mismo, de los poderes de este mundo, como lo había dicho el Señor (2Co 2,14; Col 2,15), cuyo imitador se declara. Imitémosle, pues, nosotros, como él nos exhorta, y castiguemos nuestro cuerpo y reduzcámoslo a servidumbre si queremos vencer al mundo. Pues el mundo puede dominarnos con sus placeres ilícitos, con sus pompas y curiosidad malsana. Puesto que los placeres perniciosos de este mundo esclavizan a los amantes de las cosas temporales, y les obligan a servir al diablo y a sus ángeles. Pero si hemos renunciado a todas esas cosas, reduzcamos a servidumbre a nuestro propio cuerpo.
Agon. V-VI

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jueves, febrero 23, 2017

Los Cinco Minutos del Espíritu Santo

La esperanza tiene que ver con el amor de deseo, con ese interés profundo que alimenta la actividad cotidiana del hombre en camino.

El que cree que de esta historia nada puede esperarse, sólo puede desear que todo termine, y por eso mismo, no tiene ganas de nada.

Es cierto que cuando descubrimos que las cosas no son eternas, se despierta en nosotros el deseo de una vida que está más allá, la esperanza en el Reino celestial.

Pero la esperanza es mucho más que el sabor amargo que sentimos cuando captamos la insuficiencia y la contingencia de las cosas terrenas. Con la esperanza, ese gusto inquietante se convierte en deseo eficiente, en ilusión, en camino. Esperamos que todo pueda llegar a ser mejor también en esta tierra.

El paso del tiempo es vida que crece, porque está el Espíritu, asegurando con su presencia una permanente e inagotable vitalidad.

Los cristianos nunca podremos entender el paso de los años como un proceso degradante que cada vez se aleja más de los tiempos dorados. No podemos pensar que antes todo era bueno, y que fue perdiendo cada vez más su poder originario por un inevitable desgaste. Si fuera así, no habría esperanza.

La presencia del Espíritu es una primicia del triunfo definitivo, nos hace sentir que con pequeñas cosas vamos preparando algo mejor. Por eso, el Espíritu impide las visiones pesimistas. Él siempre nos lanza hacia adelante.

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Un pensamiento diario de San Agustín de Hipona

"La luz más íntima"
Entré en lo más íntimo de mi corazón contigo como guía, Señor, y fui capaz porque tú me has ayudado. Entré, vi con los ojos de mi alma la luz inmutable, muy diferente a la luz terrena. Y superaba mi mente pero no como el aceite sobre el agua o el cielo sobre la Tierra. Era superior porque me creó, y yo era inferior porque había sido hecho por ella. Los que saben la verdad conocen esta luz, y los que la conocen, también conocen la eternidad: es la caridad la que la conoce.  
(Confesiones 7,10)

Oración - Señor, eres la luz del corazón y el alimento del alma.
(Confesiones 1,13)
P. José Luis Alonso Manzanedo

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miércoles, febrero 22, 2017

EL COMBATE CRISTIANO (I)

La gracia de Cristo vence al diablo
La corona de la victoria no se promete sino a los que luchan. En la divinas Escrituras vemos que, con frecuencia, se nos promete la corona si vencemos. Pero para no ampliar demasiado las citas, bastará recordar lo que claramente se lee en el apóstol San Pablo: terminé la obra, consumé la carrera, conservé la fe, ya me pertenece la corona de justicia (2Tm 4,7-8). Debemos, pues, conocer quién es el enemigo, al que si vencemos seremos coronados. Ciertamente es aquel a quien Cristo venció primero, para que también nosotros, permaneciendo en Él, le venzamos. Cristo es realmente la Virtud y la Sabiduría de Dios, el Verbo por quien fueron creadas todas las cosas, el Hijo Unigénito de Dios, que permanece inmutable siempre sobre toda criatura. Y si bajo Él está la criatura, incluso la que no pecó (Jn 1,1-3), ¿cuánto más lo estará toda criatura pecadora? Si bajo Él están los santos ángeles, mucho más los estarán los ángeles prevaricadores cuyo príncipe es el diablo. Pero como el diablo defraudó nuestra naturaleza, el Hijo único de Dios se dignó tomar esa misma naturaleza, para que, por ella misma, el diablo fuera vencido. Así, Él, que tuvo siempre sometido al diablo, le sometió también a nosotros. A él se refiere cuando dice: el príncipe de este mundo ha sido arrojado fuera (Jn 12,31). No porque fuera expulsado del mundo, como dicen algunos herejes, sino que fue arrojado del alma de los que viven unidos al Verbo de Dios y no aman al mundo del que él es el príncipe porque domina a los que aman los bienes temporales que se poseen en este mundo visible. No quiero decir que él sea el dueño de este mundo, sino que es el príncipe de las concupiscencias con las que se codicia todo lo pasajero. Así, somete a los que aman los bienes caducos y mudables y se olvidan del Dios eterno. Pues: raíz de todos los males es la codicia, a la que algunos amaron y se desviaron de la fe, y, así, se acarrearon muchos sufrimientos (1Tm 6,10). Por esta concupiscencia reina el diablo en el hombre y posee su corazón. Esos son los que aman este mundo. Pero se renuncia al diablo, que es el príncipe de este mundo, cuando se renuncia a las corruptelas, a las pompas y a los ángeles malos. Por eso, el Señor, al llevar en triunfo la naturaleza humana, dice: Sabed que yo he vencido al mundo (Jn 16,33).

 Pero muchos dicen: ¿Cómo podemos vencer al diablo si no le vemos? Tenemos ya un Maestro que se ha dignado mostrarnos cómo se vencen los enemigos invisibles. Pues de Él dice el Apóstol: se desnudó de la carne y sirvió de modelo a principados y potestades, al triunfar confiadamente de ellos en sí mismo (Col 2,15). Vencemos las potestades hostiles invisibles cuando vencemos las apetencias invisibles. Y por eso, cuando vencemos en nosotros la codicia de los bienes temporales, necesariamente vencemos en nosotros al que reina en el hombre por esa codicia. Pues, cuando se le dijo al diablo: comerás tierra, se le dijo al pecador: eres tierra y tierra te volverás (Gn 3,14.19). Así, el pecador fue dado como alimento al diablo. No seamos tierra si no queremos ser devorados por la serpiente. Pues, así como lo que comemos se convierte en nuestro cuerpo, y el mismo alimento se hace aquello mismo que somos por el cuerpo, así también, por las malas costumbres, por la malicia, la soberbia y la impiedad, se hace uno, como el diablo, esto es, igual a él, y se somete a él, como nuestro cuerpo nos está sometido. Y esto es lo que significa ser devorados por la serpiente. Así pues, todo el que tema aquel fuego que está preparado para el diablo y sus ángeles (Mt 25,41), trabaje para triunfar de aquél en sí mismo. Pues a los que nos combaten desde fuera, los vencemos desde dentro cuando vencemos las concupiscencias por las que ellos nos dominan. Porque únicamente a los que encuentran iguales que ellos, los llevan consigo al suplicio.
Agon. I-II

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martes, febrero 21, 2017

Cultura del descarte, embriones y aborto

     El Papa Francisco ha denunciado varias veces la cultura del descarte. ¿Se aplica esta denuncia a temas como el aborto, la fecundación artificial, el diagnóstico prenatal?
      
 Para responder, necesitamos recordar qué se entiende por cultura del descarte. En la exhortación “Evangelii gaudium” (n. 53) el Papa Francisco indicó que este tipo de cultura ve al ser humano como un bien de consumo, como algo que puede ser usado y que, cuando no sirve, se tira.

        En muchos lugares del planeta la cultura del descarte se aplica a los embriones, sobre todo en dos ámbitos muy concretos: la reproducción artificial y el aborto.

        La reproducción artificial en sus diferentes formas (especialmente en la fecundación en vitro) busca obtener un hijo, y un hijo que responda a las expectativas de sus padres.

        Para conseguir ese hijo, con frecuencia las clínicas de reproducción asistida producen varios embriones. Unos son congelados como material disponible para eventuales usos en el futuro. Otros son analizados, si así se decide, con un diagnóstico preimplantacional para controlar su “calidad” y sus características.

        Luego, si los padres (o solo la mujer) están de acuerdo, se determina cuáles y cuántos de esos embriones son trasladados al seno materno para lograr el embarazo tan deseado, y qué se hace con los “sobrantes”.

        Cuando se trasladan varios embriones, es posible que se produzca un embarazo plurigemelar. ¿Cómo se afronta la situación? No pocas veces se decide la “reducción embrionaria”, que es simplemente un aborto: se eliminan los embriones “en exceso” para dejar solo a uno, o quizá a dos, según los deseos de la madre.

        El fenómeno de la “reducción embrionaria” manifiesta una de las facetas típicas de la cultura del descarte: solo viven los embriones deseados, los demás sobran y son eliminados.

        Esa misma faceta es la que explica la amplia difusión del aborto en tantos contextos y países.

        Sí: el aborto existe cuando un hijo es visto como “algo”, como un “producto” no deseado. No es deseado por llegar en un momento “inoportuno”, por la situación personal de la mujer, por los planes del marido o del padre, o por otros motivos.

        Entre esos motivos también se da el eugenésico, desde el uso, muy extendido, del diagnóstico prenatal, que permite controlar si existan en el embrión defectos o características no deseadas. Cuando tales defectos son descubiertos, muchos optan por destruir a esos embriones o también a fetos más desarrollados.

        Una vez que el embrión ha quedado clasificado como cosa que vale según los deseos de otros, la cultura del descarte aceptará sin mayores problemas que sea destruido. Lo cual es una mentalidad injusta, porque rechaza el valor intrínseco de algunos seres humanos (los hijos antes de nacer), a los que se ve como productos que no “sirven” si no corresponden con los deseos de quienes deberían protegerlos y amarlos.

     

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Acerca de este blog

La Comunidad de Madres Mónicas es una Asociación Católica que llegó al Perú en 1997 gracias a que el P. Félix Alonso le propusiera al P. Ismael Ojeda que se formara la comunidad en nuestra Patria. Las madres asociadas oran para mantener viva la fe de los hijos propios y ajenos.

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