lunes, octubre 15, 2018

Cristo está necesitado cuando lo está un pobre

Pero los hombres quieren estar viendo sus riquezas. Suponte que las acumulan en la tierra, ¿no temen acaso que se las vean? Hicieron hoyos, las cubrieron, las taparon. ¿Ven acaso lo que tienen? Ni siquiera el mismo rico las ve. Desea que las riquezas estén ocultas para no sufrir a causa de ellas. Quiere ser rico en la opinión de los demás, no en la realidad. ¡Como si bastase saber lo que tiene, una vez que lo guardó en la tierra! ¡Cuánto más y mejor sería para ti el saber que lo tienes si lo tuvieses en el cielo! Aquí cuando lo entierras en la tierra, temes que llegue a saberlo tu criado, lo robe y huya; aquí temes que él te lo arrebate. Allí no has de temer nada, porque te lo guarda bien tu Señor. «Tengo, dices, un criado fiel; aunque lo sepa, no lo descubre ni lo toma». Compáralo con tu Señor. Si es cierto que has hallado un criado fiel, ¿cuándo te engañó tu Señor?

Aun en el caso de que tu siervo no sea tal que pueda cogértelo, puede, sin embargo, perderlo. Tu Señor, en cambio, no puede ni quitártelo, ni perderlo ni permite que perezca. Lo guarda para ti; permanece allí para ti; te hace libre y te mantiene duradero. Ni te pierde a ti ni lo que le encomendaste. «Ven, recobra lo que me entregaste». No te dice esto Dios. «Yo, te dice; yo, que te prohibí prestar con usura, te he pagado intereses a ti. Querías aumentar tus riquezas con la usura y para ello prestabas a un hombre para que te devolviera más; un hombre que cuando lo recibía se alegraba, pero cuando tenía que devolverlo lloraba. Esto pretendías, y yo te lo prohibí. Son mis palabras: Aquel que no dará dinero a usura. Te prohibí la usura. Ahora te ordeno que obres así; préstame con interés».

Esto te dice tu Señor: «¿Quieres dar poco y recibir mucho? No busques al hombre que llora cuando le exiges el interés. Búscame a mí, que gozo cuando tengo que devolver. Heme aquí: Dame y recibe. En el momento debido te devolveré. ¿Qué devolveré? Me diste poco, recibirás mucho; me diste bienes terrenos, te los devolveré celestiales; me los diste temporales, recibirás los eternos; me diste de lo mío, recíbeme a mí mismo. ¿Qué me diste, sino lo que recibiste de mí? ¿No voy a devolver lo que me prestaste, yo, que te di con qué prestarme? Yo te di a ti mismo, que me prestas; te di a Cristo, a quien pudieras prestar, y él te dijo: Cuando lo hicisteis con uno de estos mis pequeños, conmigo lo hicisteis». Mira a quien prestas. Él alimenta y pasa hambre por ti; da y está necesitado. Cuando da, quieres recibir; cuando está necesitado, no quieres dar. Cristo está necesitado cuando lo está un pobre. Quien está dispuesto a dar a todos los suyos la vida eterna, se ha dignado recibir de manera temporal en cualquier pobre.

San Agustín, Sermón 38,8

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domingo, octubre 14, 2018

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

El episodio está narrado con  intensidad especial. Jesús se pone en camino hacia Jerusalén, pero antes de que se aleje de aquel lugar, llega "corriendo" un desconocido que "cae de rodillas" ante él para retenerlo. Necesita urgentemente a Jesús.

No es un enfermo que pide curación. No es un leproso que, desde el suelo, implora compasión. Su petición es de otro orden. Lo que él busca en aquel maestro bueno es luz para orientar su vida: “¿Qué haré para heredar la vida eterna?”. No es una cuestión teórica, sino existencial. No habla en general; quiere saber qué ha de hacer él personalmente.
Jesús le propone que cumpla los mandamientos. La respuesta del hombre es admirable. Todo eso lo ha cumplido desde pequeño, pero siente dentro de sí una aspiración más honda. Está buscando algo más. “Jesús se le queda mirando con cariño”. Su mirada está ya expresando la relación personal e intensa que quiere establecer con él.

Jesús entiende muy bien su insatisfacción, y le dice: “Una cosa te falta”. Jesús le invita a orientar su vida desde una lógica nueva. Lo primero es no vivir apegado a sus posesiones (“vende lo que tienes”). Lo segundo, ayudar a los pobres (“dales tu dinero”). Por último, “ven y sígueme”. El hombre se levanta y se aleja de Jesús. Olvida su mirada cariñosa y se va triste. 

El tema del dinero aparece muchas veces en el evangelio. Tanto la vida de Jesús como su doctrina nos enseñan muchas cosas y nos ayudan a situarnos en el justo lugar en relación con el dinero o los bienes de este mundo. Jesús, a la hora de presentar su mensaje, no tiene pelos en la lengua. Dice las cosas claras aunque duelan o cueste aceptarlas. Esto ocurre en muchas ocasiones. Hoy, por ejemplo, con el tema de las riquezas.

La primera lectura del libro de la Sabiduría nos da una pista para entender mejor a Jesús. Esta Sabiduría, con mayúsculas, viene a ser el conocimiento de Dios, la relación con Él o Dios mismo en nosotros. Según el texto, es sabio el hombre para quien Dios es lo primero y el bien más importante, lo único que merece la pena, lo único que permanece, la única riqueza aquí y más allá de la muerte. Preferí esta Sabiduría a la salud y la belleza…, la preferí a los cetros y a los tronos, y en su comparación tuve en nada la riqueza.

Esta sabiduría es la que no alcanzó a apreciar el joven que se presentó a Jesús a preguntarle cuál era el camino mejor para salvarse. Era piadoso, cumplidor e inquieto en relación con su salvación, pero buscaba algo más.

Los bienes materiales no son malos por sí mismos; al contrario, son necesarios para vivir dignamente. Jesús no desautoriza el dinero ni afirma que las riquezas sean siempre injustas. Pero sí dice una y otra vez que son peligrosas y que pueden llegar a ser un obstáculo para poder entrar en el Reino, para poder salvarse.

El apego a los bienes endurece el corazón y enfría la relación fraterna, impide compartir con el necesitado, entorpece la solución del hambre y la pobreza en el mundo, hace al hombre esclavo de lo que tiene y, finalmente, a nivel cristiano, hace imposible el seguimiento de Cristo. Esto puede ocurrir en el que tiene mucho y también en el que, teniendo poco, hace del dinero su única aspiración, su única esperanza, y sufre por no tenerlo y lucha y trabaja sólo para tener más.

El que está apegado al dinero como si fuera el único bien, no siente la necesidad de abrirse a Dios. Un atleta que quiera correr con veinte kilos de equipaje a la espalda difícilmente podrá ganar ninguna medalla. En otro lugar nos dirá Jesús que nadie puede servir al mismo tiempo a dos amos o dos “señores”, a Dios y al dinero. Quien quiere tener de todo y disfrutar de todo, corre el riesgo de perder lo mejor. 

Es más feliz quien comparte que quien acumula. Es más feliz el que se abre a Dios y al hermano que el que se cierra en sus propios intereses. En definitiva, en palabras de Jesús, el que se busca a sí mismo, se pierde. El que se da a los demás por causa del evangelio, conserva su vida.

Esta es la verdadera sabiduría del creyente en Jesús. Y este debe ser, por tanto, su estilo de vida. Es el camino que recorrió el mismo Jesús, quien, como dice la Escritura, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos a todos, con la única riqueza que merece la pena, que es Dios mismo.
P. Teodoro Baztán Basterra, OAR.

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sábado, octubre 13, 2018

PALABRAS QUE HIEREN

       Como en otras jornadas anteriores, Mateo el publicano estaba sentado en su banco, cobrando impuestos. Pero aquel día todo cambió. La voz de Jesucristo, que pasaba a su lado, sonó escueta e imperiosa: "Vio Jesús a un hombre sentado en el telonio, llamado Mateo, y le dijo: Sígueme". Jesucristo se adentró en su vida para siempre, pidiéndole la entrega de todo cuanto era y cuanto tenía.
Quizá no había pensado nunca en otro porvenir que el que le deparaba su trabajo. Pero, ante la llamada del Señor, responde inmediatamente y acoge en su alma la vocación divina: "Se levantó y le siguió".

        Es una escena que, desde entonces hasta hoy, se ha repetido, de manera semejante, en la vida de muchas personas. El Señor ha salido al encuentro de ellas con ocasión de las cosas más cotidianas y les ha llamado. Esa llamada, la vocación, es la gran pregunta del hombre, un interrogante que compromete toda su existencia: qué quiere Dios que sea yo. Dios da la vocación y, con ella, las luces necesarias para verla. Por nuestra parte, debemos allanarle el camino, salir a su encuentro con la oración y la rectitud de vida.

        —Pero lo difícil es saber cómo, en concreto, podemos percibir cuál es la llamada de Dios para nosotros.

        Podremos percibir esa llamada de Dios de un modo apabullante y maravilloso, con una gran conmoción, como quizá nos gustaría. O bien, y quizá esto es lo más corriente, con ese aire cotidiano, bajo el rostro de las cosas sencillas, de un amigo, de una noticia, de una conversación, de un libro.

        Para cultivar una buena disposición hacia la llamada de Dios, es fundamental el espíritu de oración. La piedad popular ha representado a la Virgen haciendo oración, cuando recibe la embajada del ángel. Es indudable que Nuestra Señora guardaría un recogimiento habitual y que tenía un espíritu de oración que la dispuso para recibir el mensaje divino y aceptarlo. Para percibir las llamadas de Dios es preciso tener esa orientación habitual hacia lo divino, saber escuchar la voz del Señor en medio de los afanes de la vida diaria y, después, contestar, como ella, con un "Hágase en mí según tu palabra".

        —¿Y qué tipo de cosas sencillas y cotidianas debemos observar en nuestra oración?

        Examina tu corazón, en el que bulle quizá, desde hace tiempo, la ilusión de algo grande. Piensa si no será Dios el que te está hablando bajito, con las palabras de un libro, de un amigo, tras la aparente monotonía de la vida. Considera quién golpea suavemente tu alma. Quizá lleve tiempo hablándote, y no lo hayas descubierto todavía, como les sucedió a aquellos dos discípulos que caminaban con Él hacia Emaús. Jesús caminaba a su lado, alejándose de Jerusalén, como un peregrino más. Les hablaba con el acento de su tierra. Solo cuando rezaron con Él se dieron cuenta de que habían estado largo tiempo junto al Señor sin saberlo. Y exclamaron: "¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino?".

        Piensa qué palabras te han impactado últimamente, casi sin saber por qué. No repares demasiado en quién te las ha dicho. Mira si hay recuerdos, inquietudes, deseos, afanes que te encienden el alma y te llenan de alegría. Y pregúntate si no será Jesucristo el que hace que arda tu corazón en el camino. Mientras tanto, vive alerta. Interroga los rostros y los sucesos. Ahí, entre la monotonía de los días iguales, te puede estar llamando Dios.

        Quizá ahora te haces preguntas que nunca te habías hecho: ¿Qué sentido tiene esto que hago? ¿Vale la pena vivir así? ¿Vale la pena mi vida? ¿Por qué Dios permite esta circunstancia y aquella, y aquella otra? Y hay anécdotas, situaciones, sugerencias, vivencias, comentarios que antes pasaban inadvertidos y que ahora, en cambio, te llegan, te calan, te hieren. Adviertes, bajo esas circunstancias, un lenguaje un poco enigmático con el que quizá Dios quiere decirte algo por medio de unos signos inesperados y a la vez cotidianos.

        —¿A qué te refieres con lo de los signos y el lenguaje enigmático?

        Podemos recordar, por ejemplo, la historia de la vocación de San Francisco de Borja. Desde los dieciocho años estaba en la corte de Carlos V, y a los veintinueve fue nombrado virrey de Cataluña. Ese mismo año, recibió la misión de conducir los restos mortales de la emperatriz Isabel hasta la sepultura real de Granada. Él había visto muchas veces a la deslumbrante emperatriz rodeada de aduladores y de todas las riquezas de la corte. Al abrir el féretro para reconocer el cuerpo, el rostro de la que fue bellísima emperatriz estaba ya en proceso de descomposición. Cuando vio el terrible efecto de la muerte, aquello le impresionó vivamente. Comprendió la caducidad de la vida terrena y tomó entonces su famosa resolución: "¡Nunca más servir a señor que se me pueda morir!".

        Todo aquello fue un gran aldabonazo en su alma. Cuando falleció su esposa, y sus hijos estuvieron ya emancipados, renunció a sus títulos y posesiones en favor de sus hijos, tomó el hábito y recibió la ordenación sacerdotal en 1551. La noticia de que el Duque de Gandía se había hecho jesuita tuvo un gran impacto en aquella época. Fue destinado a la casa de los jesuitas de Oñate y empezó a trabajar como ayudante del cocinero. Sus tareas eran acarrear agua y leña, encender la estufa, limpiar la cocina y atender la mesa, y lo hacía con gran humildad, sin dar muestras de la menor impaciencia.

        A los pocos años fue nombrado Superior de la Compañía de Jesús en España, y después fue elegido Padre General. Durante los seis años que desempeñó ese cargo, hasta su muerte en 1572, sus logros al frente de los jesuitas le valieron por parte de los historiadores la consideración de ser el más grande general tras el fundador San Ignacio de Loyola. Fundó lo que sería luego la Universidad Gregoriana, envió misioneros a los más lejanos puntos del planeta, asesoró a reyes y papas, e impulsó con gran acierto los numerosos asuntos de la Compañía en rápida expansión. A pesar del gran poder que tuvo en sus manos, siguió un estilo de vida sencillo y fue ampliamente reconocido como santo aun antes de morir. Todo empezó por aquel episodio ante el féretro de la hermosa emperatriz. No fue el único que estaba allí presente en aquel momento, pero Dios se sirvió de ese signo para remover su alma.

        La llamada divina puede presentarse de maneras muy diversas. Por ejemplo, unos siglos antes, en Florencia, un joven de familia noble y poderosa llamado Juan Gualberto ve cómo su único hermano muere asesinado. Un tiempo después, el día de Viernes Santo del año 1003, cuando tiene solo dieciocho años, cabalga rodeado de varios hombres armados, camino de Siena. En una revuelta del camino, se encuentra con un hombre al que reconoce de inmediato como el asesino de su hermano. No tiene escapatoria, ni posibilidad de hacer frente a aquella tropa. No le queda más remedio que someterse a la ley inexorable de la venganza, que exige su sangre. Todo ocurre muy deprisa. En un súbito arranque, inspirado por el sentimiento religioso, aquel desdichado baja del caballo, se arrodilla con los brazos en cruz, le dice: "Juan, hoy es Viernes Santo. Por Cristo que murió por nosotros en la cruz, perdóname la vida". Juan se disponía a asestarle el golpe mortal, cuando aquel hombre, viéndose ya perdido, musitó: "Jesús, Hijo de Dios, perdóname Tú al menos". Al oír esto, Juan arrojó la espada, bajó de su caballo, levantó al asesino, le abrazó y le dijo: "Por amor a Cristo, por la sangre que hoy derramó Jesús en la cruz, te perdono".

        La lucha entre la sed de venganza y la conciencia de su deber de cristiano, aunque duró breves instantes, debió de ser muy fuerte en el alma de aquel joven caballero. Estaba por allí cerca, a orillas del Arno, la abadía de San Miniato. Entró en la iglesia y se arrodilló ante la imagen de Cristo crucificado. La mirada de aquel Cristo quedó clavada en su alma. Así pasó varias horas. Desde aquel día, Juan Gualberto no fue el mismo de antes. Sus aspiraciones mundanas le parecían vanas. No pasó mucho tiempo antes de que llamara a la puerta de ese monasterio y pidiera al abad vestir el hábito benedictino. Fue un gran monje, y poco después fundó en los bosques de Vallumbrosa una nueva orden religiosa, con muchos monasterios en Italia, y hoy es San Juan Gualberto. Dios salió a su encuentro de aquel modo tan singular y él supo reconocerlo.

        Podrían citarse muchos otros ejemplos. Si nos fijamos en alguno más de nuestra época, podríamos referirnos a Ruth, una chica que a los veinte años ingresó en el Instituto de Hermanas de la Cruz, y cuyo testimonio conmovió a Juan Pablo II y al millón de jóvenes que le acompañaban en Cuatro Vientos el año 2003. "Antes de ingresar en el Instituto -explicaba la joven religiosa-, llevaba una vida normal. Me gustaba la música, las cosas bellas, el arte, la amistad, la aventura. Había soñado muchas veces con mi futuro, pero un día vi por la calle a dos hermanas que me llamaron la atención por su recogimiento, su paso ligero y la paz de su semblante. Eran jóvenes como yo. Me sentí vacía y en mi interior oí una voz que me decía: "¿Qué haces con tu vida?". Quise justificarme: "Estudio, saco buenas notas, tengo muchos amigos". Me quedé mirándolas hasta que desaparecieron de mi vista mientras yo me preguntaba: "¿Quiénes son? ¿Adónde van?".

        "Como Nicodemo, invité a Jesús en la noche de mi inquieto corazón, y en la oración entré en diálogo con Él. Con Él, sentí la llamada de tantos hermanos que me pedían mi tiempo, mi juventud, el amor que había recibido del Señor. Y busqué. Y me encontré con la mujer que estaba más cerca del misterio de la cruz de Jesús junto a María, Sor Ángela de la Cruz. Ella se había configurado tanto con la cruz de Jesús que se hizo amor para los pobres que sufren. Me cautivó y quise ser de las suyas. Y aquí estoy, Santidad, consciente de lo que he dejado.

        "He dejado todo lo que los jóvenes que están con nosotros esta tarde poseen: la libertad, el dinero, un futuro tal vez brillante, el amor humano, quizá unos hijos. Todo lo he dejado por Jesucristo, que cautivó mi corazón para hacer presente el amor de Dios a los más débiles en mi pobre naturaleza de barro.

        "Tengo que confesarle, Santidad, que soy muy feliz y que no me cambio por nada ni por nadie. Vivo en la confianza de que quien me llamó a ser testigo me acompaña con su gracia. Gracias, Santo Padre, por su vida entregada sin reservas como testigo fiel del Evangelio, por fortalecer nuestra fe, avivar nuestra esperanza y abrir nuestro corazón al amor ardiente del que sabe perder su vida para que los demás la ganen. Gracias por su vida, que a muchos de nosotros nos ha marcado. Gracias por venir a decirnos a los jóvenes que el mundo necesita testigos vivos del Evangelio, que cada uno de nosotros podemos ser uno de esos valientes que se arriesguen a construir la nueva civilización del amor, porque lo que nosotros no hagamos, se quedará sin hacer."

        —Has puesto tres ejemplos y todos son de frailes y monjas. ¿Acaso es la vocación más habitual?

        La mayor parte de los cristianos están llamados por Dios a vivir en las condiciones normales de la vida. Así lo ha proclamado el Concilio Vaticano II, al recordar a todos la llamada universal a la santidad. Y aunque a lo largo de este libro salgan bastantes anécdotas o relatos de la vida consagrada o sacerdotal, ya verás que hay muchos otros ejemplos en que no es así. Y, en todo caso, está claro que Dios llama a toda persona a ser santa y que lo más corriente es que deba serlo en medio de su trabajo y sus ocupaciones habituales.
     

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viernes, octubre 12, 2018

¿Existe el “aborto seguro”?

       Dicen por ahí que todo aborto debe ser “seguro”. La fórmula “aborto seguro” se opone a “aborto inseguro” (o aborto peligroso). Para evitar la “inseguridad” en el aborto habría que permitir (algunos querrían también promover, o incluso imponer) el aborto en condiciones de “higiene” y de “seguridad”.

        Al hacer estas propuestas se cae en dos errores graves. El primero es creer que el único camino para evitar “abortos inseguros” consiste en legalizar y promover “abortos seguros”. En realidad, lo mejor que podemos hacer para evitar abortos inseguros es apoyar a las mujeres para que no maten a sus hijos. Especialmente a través de una cultura defensora de la vida de todos, que erradique las muchas presiones que reciben miles de madres para que aborten.

        El segundo error consiste en manipular el significado de la palabra “seguro”, a la que se oponen las palabras “inseguro” “arriesgado” o “peligroso”. Un acto es seguro cuando no provoca ningún daño, cuando no conlleva la muerte de nadie. Un acto inseguro es lo contrario: algo que daña.

        El aborto daña siempre, porque mata una vida. Por lo mismo, el aborto es lo más inseguro que puede existir. Aunque se realice en hospitales de “alta tecnología”...

        A pesar de que las cosas están tan claras, nos repiten una y otra vez que por culpa de abortos “inseguros” mueren miles de mujeres cada año. En realidad, no sólo mueren miles de mujeres, sino que también mueren millones de embriones y fetos, es decir, millones de hijos.

        Por eso, si se legalizase el aborto, si se convirtiese en algo “seguro”, seguirían muriendo esos millones de hijos, muchos de los cuales son de sexo femenino, son mujeres, tan mujeres como sus madres.

        Además, el mal llamado “aborto seguro” no deja de producir daños en las mujeres. A nivel físico, pues la mayoría de las veces es más peligroso para la mujer abortar que seguir naturalmente el embarazo. Y a nivel psíquico, con secuelas profundas que marcan la existencia de las millones de mujeres que fueron engañadas al acudir a “abortos seguros” que las han destrozado en su corazón de madres.

        No existe, por lo tanto, ningún “aborto seguro”. Lo único que debe existir es una sociedad más justa y más humana, en la que ninguna mujer se sienta tentada o, peor, obligada, a abortar. Una sociedad capaz de proteger la vida de todos los hijos y el corazón de todas las mujeres que han empezado a ser madres.
     

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Acerca de este blog

La Comunidad de Madres Mónicas es una Asociación Católica que llegó al Perú en 1997 gracias a que el P. Félix Alonso le propusiera al P. Ismael Ojeda que se formara la comunidad en nuestra Patria. Las madres asociadas oran para mantener viva la fe de los hijos propios y ajenos.

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