sábado, diciembre 10, 2016

Cuando el hijo nace del amor


        Un hijo puede nacer o porque se quieren sus padres, o sólo porque lo quieren sus padres, o sin
quererlo sus padres. Esta serie de posibilidades (existen más) pueden ayudarnos a comprender un poco cuál sea la mejor manera de que nazcan los hijos, y por qué la fecundación artificial no es éticamente correcta.

        Pensemos en la primera posibilidad: un hijo nace porque se quieren sus padres. Cuando un hombre y una mujer se enamoran de verdad, a fondo, de modo exclusivo, son capaces de dar el paso de un compromiso total: pueden casarse. En el matrimonio, la unión sexual vivida como expresión del amor mutuo, sin adulteraciones, sin trampas, se orienta a la posibilidad de que inicie una nueva vida, de que llegue un hijo. El “quererse” de los padres se orienta espontáneamente, también en los sueños de la pareja, a la llegada de cada hijo.

        Ese hijo que nace “porque se quieren sus padres” es visto como un don, como un “alguien” que se acoge como distinto de sus progenitores y como dependiente de su amor. No habría hijo sin amor. El hijo muestra cómo el amor transciende a los esposos, los introduce en el misterio de una nueva vida.

        Para los cristianos, ese hijo es expresión de la confianza de Dios que ha enriquecido el amor humano con el gran regalo de la fecundidad; de este modo, los padres participan y colaboran con Dios en el misterio del originarse de cada existencia humana. Sabemos que el alma viene de Dios, pero Dios no puede realizar ese gesto creador sin que los padres se abran al misterio de la fecundidad en cada uno de sus gestos de amor conyugal.

        Sin embargo, no siempre el hijo llega. A veces se trata de problemas fácilmente solucionables con varias visitas médicas. Otras veces, se trata de problemas más o menos graves, incluso de una esterilidad incurable. En el caso de que él o ella sean estériles, si el amor es fuerte, la pareja puede seguir viviendo su vida matrimonial en plenitud. Faltará, ciertamente, la alegría de un hijo, pero el amor sabe cómo dar un sentido a esa situación, sabe crecer en todas las circunstancias de la vida.

        Pensemos la segunda posibilidad: un hijo puede nacer sólo porque lo quieren sus padres. En esta situación, el centro de la vida sexual de los esposos es el deseado hijo. A veces esto lleva a una obsesión tal que la pareja ve debilitarse su felicidad matrimonial si el hijo no llega. Surge entonces la fuerte tentación de recurrir a cualquier técnica o método artificial con tal de conseguir el deseado hijo. Igualmente, se corre el riesgo de reducir la donación de amor propia del acto sexual a un uso del mismo con un fin casi exclusivamente reproductivo, lo cual puede herir gravemente el sentido auténtico y pleno de la sexualidad humana hasta reducirla casi a un acto dotado de un valor meramente fisiológico.

        Si se lleva al extremo esta mentalidad, puede caerse en un doble peligro. Por un lado, el valor del hijo corre el riesgo de fundarse sólo en el ser querido por los padres. No es visto como un don, como alguien que nace desde el amor. Es visto, más bien, como el resultado del deseo, del esfuerzo de los padres por conseguirlo. En esta mentalidad se comprende el que la fecundación artificial tenga tanto éxito, pues ofrece, “fabrica”, hijos para aquellos padres que no pueden tenerlos de modo normal: llena el vacío y la frustración de su situación estéril.

        El otro peligro consiste en ver naufragar la unión matrimonial precisamente porque no se ha logrado la meta que obsesiona a los esposos (o a uno de ellos). No han faltado pueblos y culturas que permitían el divorcio precisamente para los casos en los que la esposa era considerada estéril. Sin embargo, no puede ser amor verdadero aquel que subordina toda la vida de la pareja al hecho de tener o no tener un hijo. El amor es aceptación sin condiciones del otro, tal como es, con sus cualidades y sus defectos. Los hijos pueden llegar o pueden no llegar, pero cuando hay amor (cuando los esposos se quieren) la situación de esterilidad no puede llevar al fracaso de la vida matrimonial.

        La tercera posibilidad radica en una mentalidad según la cual el inicio de la vida de un hijo queda excluido en el proyecto y en los sueños de los esposos. Las relaciones sexuales son vividas sólo como expresión del mutuo afecto (a veces, por desgracia, como expresión de una especie de egoísmo de pareja), sin que se desee la llegada del hijo. Este modo de vivir ha llevado al gran desarrollo de la mentalidad anticonceptiva. Además, se da un riesgo mayor: si el método para evitar hijos no funcionó y el hijo inicia su existencia en el útero de la madre, algunos ceden a la tentación de deshacerse de él: deciden cometer un aborto, de eliminar la vida del propio hijo.

        En este cuadro, podemos comprender el error de la fecundación artificial. En la misma se busca lograr una concepción humana fuera de la relación sexual que expresa el amor de los esposos; para ser más precisos, sustituye tal relación, “produce” al hijo sin la misma. Si, además, se recurre a la fecundación extracorpórea (en la fecundación in vitro), el hijo (normalmente varios a la vez) será producido fuera del lugar natural y más adecuado para garantizar una existencia digna: fuera del útero de la madre.

        Técnicas como la inseminación artificial, la FIVET (fecundación in vitro con transferencia de embriones), el ICSI (inyección intracitoplasmática de un espermatozoide), etc., obedecen a la lógica del “querer un hijo” que puede llevar al extremo de no verlo como don, sino como producto y, en definitiva, como una posesión, resultado del deseo de los padres y no don misterioso que nace del mutuo amor. Si el “producto” no sale bien, si es defectuoso, la tentación de suprimirlo, de negarle todo respeto, es muy fuerte. No es difícil encontrar laboratorios que “fabrican” rutinariamente varios embriones por ciclo y seleccionan luego a los “mejores” para implantarlos en la madre; podemos intuir cuál será el destino que espera a los “peores”...

        Es posible evitar el recurso a las técnicas de fecundación artificial si recuperamos la idea de que el hijo es un don, no un derecho ni un resultado merecido. Si lo vemos siempre en el horizonte que nace cuando el centro de la vida de los esposos es el amor mutuo abierto a la vida.

        Cuando el hijo es visto así, como un don, cuando nace porque los padres se quieren (y, en su amor, se abren a la posibilidad del hijo), entonces ese hijo es respetado en su riqueza y en su autonomía, en su condición de alguien que vale incluso más allá del hecho del ser querido o del no ser querido.

        Cada hijo pide, humildemente, en silencio, ser acogido dentro del amor que une a sus padres, y ser respetado por lo que es, con sus cualidades y con sus defectos, quizá incluso con alguna grave deformación, pero con su orientación profunda a vivir, con sus posibilidades de amar y ser amado.

        A esta luz hay que valorar el gesto de la adopción de niños abandonados. Unos padres que se aman y que aceptan su situación de fecundidad o de esterilidad (los buenos esposos, con o sin hijos, pueden adoptar niños abandonados) deciden un día acoger a un niño huérfano o solitario. La adopción se convierte en gesto de amor cuando el niño es adoptado no según la perspectiva del simple deseo, sino desde la perspectiva de la acogida.

        Cada niño abandonado suplica, pide, espera, ser amado, como lo pide el niño concebido en el seno de su madre. Pide cariño por ser lo que es: un ser humano necesitado de amor, como todos. Un ser que querría que unos padres velasen por su vida y reconociesen su valor, aunque no sea muy guapo, aunque tenga algún problema físico, aunque haya sido abandonado por quienes pudieron darle cariño y no quisieron, aunque la vida haya permitido la muerte de sus padres en un accidente o por enfermedades contagiosas que pudieron evitarse con un poco más de justicia en este mundo lleno de egoísmos.

        Hemos de recuperar la categoría del amor para pensar las relaciones entre padres e hijos. De este modo, evitaremos ese enorme cúmulo de problemas y de injusticias que se originan desde las técnicas de fecundación artificial, técnicas que no respetan la dignidad de cada hijo que inicia a existir. Un hijo que merece ser originado de la mejor manera posible: desde el amor de unos padres que se quieren.

        Para profundizar: Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Donum vitae sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación.
   

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viernes, diciembre 09, 2016

Fe e inteligencia; el ver de la Palabra (Jn 5,19)

Los arcanos y secretos del reino de Dios buscan en primer lugar personas que los crean, para hacer luego que los comprendan. La fe, en efecto, es peldaño que lleva a la comprensión, y la comprensión es la recompensa de la fe. Un profeta lo dice abiertamente a todos los que, sin respetar el orden debido, buscan la comprensión y descuidan la fe. Dice: Si no creéis, no entenderéis (Is 6,8 LXX). Así, pues, también la fe tiene una suerte de luz propia en las Escrituras, en la profecía, en el evangelio, en las lecturas de los apóstoles. Todos estos textos que en diversos momentos se nos proclaman son lámparas en lugar oscuro, alimento para los ojos hasta que llegue el día. El apóstol Pedro dice: Tenemos la palabra más firme de los profetas, a la cual hacéis bien en prestar atención, como a lámpara que luce en lugar tenebroso, hasta que despunte el día y se levante el lucero del alba en vuestros corazones (2P 1,19).

Veis, pues, hermanos, cuán fuera de ruta están y cuán indebidamente se precipitan los que, como fetos inmaduros, buscan el aborto antes que el nacimiento. Estos nos dicen: « ¿Por qué me mandas creer lo que no veo? Dame ver algo para que pueda creer. Me mandas creer a ciegas; yo quiero ver y que la fe me entre por los ojos, no por los oídos». Hable el profeta: Si no creéis, no entenderéis (Is 6,9 LXX). Tú quieres subir, y te olvidas de los peldaños. Sin duda, fuera de toda lógica. ¡Hombre, hombre! Si pudiera mostrártelo para que lo vieses, no te exhortaría a que lo creyeses.
S 126, 1

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jueves, diciembre 08, 2016

Inmaculada Concepción de María

No podía faltar María en la cita con el adviento. Ella es la protagonista de este tiempo tan entrañable en que esperamos, como Ella, al que ha venir, al Esperado de las naciones, al Mesías. En Navidad es Jesús la figura central. En adviento, María. Ella resume y sintetiza toda la esperanza del Antiguo Testamento, la esperanza del pueblo alimentada y sostenida por los profetas. Todo el tiempo de su embarazo fue un tiempo de adviento para Ella.

Y Ella está presente en este tiempo con el regalo más hermoso que Dios le concedió, después de su maternidad divina o porque iba a ser Madre de Dios, claro está: ser limpia de todo pecado desde el momento de su concepción en el seno de su madre. Ella quedó libre del pecado que llamamos original (un pecado que se cometió en el origen de la humanidad y que, a su vez, fue origen del pecado que hay en el mundo). Llena de gracia, le dice el ángel. Tenía la gracia total, o lo que es lo mismo, había en ella ausencia total de pecado. 

Y el razonamiento es muy sencillo: Convenía que la que iba a ser Madre del Hijo de Dios no tuviera pecado alguno en ningún momento. Dios se lo podía conceder. Luego lo hizo. ¿Qué hijo no quiere lo mejor para su madre? Desearía que fuera feliz, con una salud a toda prueba, ojalá siempre joven. Pero no está en nuestras manos lograrlo para ella. Para Dios lo más importante es estar en gracia y sin pecado. Pero Él sí podía concedérselo. Luego..., la conclusión es muy sencilla. La libró del pecado. El argumento no será muy teológico, pero sí muy humano, y, y para nosotros, humanos, muy convincente.

Pero es la Palabra de Dios la que fundamenta esta verdad. Lo hemos escuchado en las lecturas que se acaban de proclamar. A raíz del primer pecado en el paraíso, Dios dice al maligno, simbolizado por la serpiente: Enemistades pondré entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. La Iglesia ha visto siempre en esta mujer a María y, en su descendencia, a su Hijo Jesús. Esta enemistad no sería tal si en algún momento hubiera existido el pecado. María libre, pues, de todo pecado. Y en el evangelio el ángel le dice a María que es llena de gracia. O, lo que es lo mismo, sin pecado alguno. 

Esta es la doctrina de la Iglesia. ¿Pero qué nos dice, a nosotros, esta verdad? Que en María está representada toda la humanidad redimida por Cristo. Que si Ella fue preservada de todo pecado porque iba a ser madre de Dios, nosotros estamos llamados a vivir también sin pecado para poder acoger a Cristo y vivir como creyentes.

Si Eva significa “madre de todos los vivientes”, María es la “madre de todos los creyentes”. Por ella nos viene Jesús, el Salvador. Si ella lo acogió sin reservas y con una total disponibilidad, tarea de todo el que se proclama creyente es acoger a Cristo también sin reservas y con una total disponibilidad. 

María fue la primera cristiana, la mujer creyente, la mejor discípula de Jesús. Por tanto, es modelo acabado para todo cristiano. Una mujer sencilla del pueblo, sin que externamente se diferenciara de las demás muchachas de su entorno, pobre, trabajadora, preocupada por los demás, profundamente religiosa, esposa fiel de un humilde trabajador y madre solícita. Muy cercana, por tanto, a nosotros, en cuanto humanos, una más de nosotros.

Pero elegida por Dios para la misión más importante que mujer alguna pudo imaginar o desear. Luego dirán algunos o algunas, que la biblia margina a la mujer. Elegida por Dios y llena de gracia, porque iba a ser madre de Dios.

María ha llenado el mundo de esperanza al entregarnos a Jesús. Por eso esta fiesta cae muy bien dentro del tiempo de adviento. Toda la humanidad espera, como ella esperó, al Redentor, al Niño que viene para salvarnos, que nos trae la paz, el amor, el perdón y la reconciliación.

Acoger a María implica acoger también al Hijo. Y acoger al Hijo implica hacer que viva en nuestra misma vida. Como se hizo vida en el seno de su Madre.
 P. Teodoro Bazt´n Basterra

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miércoles, diciembre 07, 2016

El peaje de la renuncia

        Son muchas las cosas que el hombre desea, y para alcanzar cada una de ellas ha de renunciar a otras, aunque esa renuncia le duela. Aristóteles decía que no hay nada que pueda sernos agradable siempre.

        Toda elección conlleva una exclusión. Por eso, cuando se elige, es importante acertar, sin demasiado miedo a la renuncia, pues detrás de lo atractivo no siempre está la felicidad. Tanto el placer como la felicidad llevan siempre consigo asociada alguna renuncia.

   La solución tampoco está en la supresión de todo deseo, porque sin deseos la vida del hombre dejaría de ser propiamente humana. El hombre se humaniza cuando aprende a soportar lo adverso, a abstenerse de lo que puede hacerse pero no debe hacerse. Este es el precio que debe pagar nuestra inexorable tendencia a la felicidad, si queremos alcanzar lo que de ella es posible en esta vida. Lo sensato es dejarse conducir por la razón para no asustarse ante el dolor ni dejarse atrapar por el placer.

        Igual que guardar la salud exige un cierto esfuerzo y una cierta disciplina, pero gracias a eso te sientes mucho mejor, la castidad fortalece el interior del hombre y le proporciona una honda satisfacción. Cuando no se cede al egoísmo sexual, se alcanza una mayor madurez en el amor, en el que la castidad sublima la intensidad de los sentimientos. Surge una luz transparente en los ojos y una alegría radiante en la cara, que otorgan un atractivo muy especial.

        —¿Y no suele hablarse demasiado de prohibiciones en la ética sexual?

        Hasta ahora apenas hemos hablado de prohibiciones, sino de un modelo y un estilo de vida positivos, que son la clave de todo.

        De todas formas, aunque la clave de la ética no son las prohibiciones, tampoco puede obviarse que toda ética supone mandatos y prohibiciones. Cada prohibición custodia y asegura unos determinados valores, que de esa forma se protegen y se hacen más accesibles. Esas prohibiciones, si son acertadas, ensanchan los espacios de libertad de valores importantes para el hombre. Así sucede en cualquier ámbito moral o jurídico: proteger el derecho a la vida, a la propiedad, al medio ambiente, a la intimidad, etc., supone prohibiciones y obligaciones para uno mismo y para los demás; de lo contrario, todo quedaría en una ingenua e ineficaz manifestación de intenciones.

        La moral no puede verse como una simple y fría normativa que coarta, y mucho menos como un mero código de pecados y obligaciones. Hay ciertamente prohibiciones y mandatos, pero se remiten a unos valores que así se protegen y fomentan. Las exigencias de la moral vigorizan a la persona, la aúpan a su desarrollo más pleno, a su más auténtica libertad.
   




     

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Acerca de este blog

La Comunidad de Madres Mónicas es una Asociación Católica que llegó al Perú en 1997 gracias a que el P. Félix Alonso le propusiera al P. Ismael Ojeda que se formara la comunidad en nuestra Patria. Las madres asociadas oran para mantener viva la fe de los hijos propios y ajenos.

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