Cuando se leía al apóstol San Pablo, oyó vuestra santidad conmigo estas palabras: Como es verdad en Cristo, despojaos de la primera manera de vivir del hombre viejo, de aquel que se corrompe por los apetitos del engaño; renovaos en el espíritu de vuestra mente y vestíos del hombre nuevo, que fue creado según Dios en la justicia y en la santidad de la verdad. Para que nadie piense que debe despojarse de alguna substancia, como se despoja de la túnica, o que debe tomar algo externo, como se toma un vestido, quitándose unas prendas y poniéndose otras, y, por tanto, este carnal entender impidiere a los hombres obrar en su interior espiritualmente, lo cual mandaba el Apóstol, prosiguió hablando y explicó en qué consistía desnudarse del hombre viejo y vestirse del nuevo. Lo restante de la lectura se refiere al mismo entender, ya que contesta al que pudiera decir: ¿Y de qué modo he de desnudarme del viejo y he de vestirme del nuevo? ¿Acaso soy yo un tercer hombre que he de despojarme del hombre viejo, que tuve, y he de tomar el nuevo, que no poseí, de suerte que se entienda existen tres hombres, hallándose en medio aquel que deja el hombre viejo y toma el nuevo? Pues bien, para que nadie se embarace con tal pensamiento carnal y, por tanto, haga menos de lo que se le manda, y se excuse de no haberlo hecho por la oscuridad del pasaje, dice a continuación: Por tanto, abandonando la mentira, hablad verdad. Esto es despojarse del hombre viejo y vestirse del nuevo. Por lo cual, dejando a un lado la mentira, cada uno hable verdad con su prójimo, porque somos miembros unos de otros.
Hermanos,
nadie de vosotros piense que debe hablar verdad con los cristianos y mentira
con los paganos. Hablas con tu prójimo, y tu prójimo es aquel que nació, como
tú, de Adán y de Eva. Todos somos prójimos unos de otros por la condición del
nacimiento terreno, y hermanos por la esperanza de la heredad celeste. Debes
tener a todo hombre por prójimo tuyo aun antes de que sea cristiano. No conoces
qué sea ante Dios; ignoras de qué modo le ha conocido Dios en su presciencia.
Algunas veces se convierte aquel de quien te reías porque adoraba las piedras,
y ahora, aquel de quien poco antes te mofabas adora a Dios quizá con más fervor
que tú. Luego hay prójimos nuestros ocultos entre los hombres, que aún no están
en la Iglesia, y hay muchos ocultos en la Iglesia que están muy lejos de
nosotros. Por tanto, ignorando nosotros lo que ha de suceder, tengamos por
prójimo a todos, no sólo por lo que toca a la naturaleza de la mortalidad
humana, por la cual arribamos a esta tierra con la misma condición, sino
también por la esperanza de aquella heredad, porque ignoramos qué ha de ser
quien ahora no es nada.
En.
in.Ps. 25 II,1-3

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