ASUNCIÓN DE LA VIRGEN Lc 1, 39-56
En la primera se nos recuerda lo que
decía la Constitución Apostólica Munificentissimus Deus, en la cual el Papa declaraba como dogma de fe la Asunción
de la Virgen María. Fue el triunfo de María sobre la muerte. Su cuerpo, que
había contenido dentro de sí el cuerpo de su Hijo antes de nacer, no podía
estar sujeto a la corrupción en el sepulcro.
La segunda afirmación es motivo de
esperanza para nosotros. Porque también nosotros hemos de resucitar en “el
último día” (Jn 6, 54) para ser llevados con todo nuestro ser, como ella, al
cielo. Ella ha sido la primera. Al final del tiempo, nosotros. Esto no es
ciencia ficción, como afirman los que no creen. Es una verdad que se cumplirá
porque se basa en quien es la Verdad, Jesús. En la casa de mi Padre hay muchas moradas… Cuando vaya y os prepare un
lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy estéis también
vosotros (Jn 14, 2-3). Nos llevará con todo lo que somos: carne y espíritu,
cuerpo y alma. El ser entero de cada quien.
Creemos
en la resurrección de la carne decimos
cuando en la misa profesamos nuestra fe con el credo o el símbolo de los
apóstoles. Y añadimos: Y la vida eterna.
Y la tercera. Pero nuestro peregrinar
por esta tierra, antes de que él nos
lleve, es duro y difícil, y muy grande nuestra debilidad. Caminamos en pos
de Cristo con nuestra propia cruz. Así caminó María toda su vida, muy débil en
su humanidad, pero sostenida siempre por la fuerza del Espíritu. Y siguió a su
Hijo hasta el pie de la cruz. También a nosotros nos asiste el Espíritu, que
mantiene viva nuestra esperanza en el cumplimiento de las promesas, nos anima y
fortalece. Podemos proclamar con María, llenos de gozo, que el Señor se ha
fijado en nuestra pequeñez, nos enaltecerá y nos llevará con él en el último día.
La fiesta de hoy nos invita a vivir como
vivió María. Ella fue la primera seguidora de Jesús. Fue discípula del Hijo. Y
también maestra, en cuanto madre. Guardaba y meditaba en su corazón lo que veía
u oía acerca de él. Acogía con una fe sin reservas sus palabras, sus gestos, su
amor incondicional a todos. Humilde y profundamente religiosa. Basta leer o
escuchar su cántico de alabanza y agradecimiento al Señor por todo lo que hacía
con ella.
Entona y canta el Magnificat desde su pequeñez y pobreza. Para ella, Dios era la
única y total riqueza. Humilde, sencilla y pequeña. Pequeña en la consideración
de quienes la veían y trataban. Pero grande a los ojos de Dios. María nos
enseña a creer en el Dios de los sencillos, a acercarnos a él con la misma
confianza con que los niños pequeños se acercan a su papá. (Dios es el Abbá, nuestro papá, como lo llamaba en
su lengua aramea el mismo Jesús).
En el canto del Magnificat María reconoce al Dios de los pobres, porque derriba del trono a los poderosos… y enaltece a los humildes. Y verá que su
Hijo, ya mayor, nos previene de los mandamases de todos los tiempos, porque
oprimen y tiranizan, y nos invita servir al hermano, como él, que vino no a ser servido sino a servir (Mt 20,
25-28). Nada o muy poco tenía María, pero era rica en su pobreza. Por eso mismo
era solidaria y sierva fiel. Porque amaba con amor de ternura. Experimentaba en
su corazón el amor del Padre (el Abbá),
y veía cómo amaba su Hijo a los sencillos, a los excluidos, a los enfermos, a
los niños... Así amaba también ella. Lo reconoce y lo canta en el Magnificat.
María nos enseña a seguir a su Hijo con
total fidelidad, con nuestra propia cruz, con la carga de un amor entregado,
con gozo y una fe inquebrantable. Su vida es también buena noticia para todos.
En ella se encarnó la Palabra y la retuvo siempre. Más que sus palabras (sólo
cuatro intervenciones en el Evangelio), nos evangeliza con su vida. Contemplar
a María, es contemplar al Hijo. Amar al Hijo como María, nos induce a amar de
la misma manera a los hermanos.
La vida de María no fue un camino de
rosas, sino de cruz. Una cruz persistente y pesada hasta el final. Desde el
momento de la concepción del Hijo en su seno hasta el calvario. Pero la cargaba
con amor a pesar de todo. ¿No cargan con amor las madres su cruz, aunque el
sufrimiento sea insoportable, y se entregan por entero a sus hijos, mucho más
si uno de ellos está aquejado de una enfermedad, mental o física, incurable? Lo
propio de una madre es el amor sin límite. Ellas no entienden de un amor sin
cruz. María tampoco.
Su vida de comunión íntima con el Hijo,
mantenida siempre inalterable y cada vez más profunda, no se vio interrumpida
al acabar su vida en la tierra: siguió unida a él en el cielo con todo su ser,
alma y cuerpo, ella entera.
Si la vida de Jesús pasó por la muerte a
su resurrección y exaltación a la derecha del Padre, también María pasó por
este mundo, amando y sufriendo, hasta su glorificación, que es lo que
celebramos en esta fiesta.
Como ella, también nosotros seremos
glorificados.
San
Agustín:
¿Qué
eres tú (María) que vas a dar a luz luego? ¿Cómo lo has merecido? ¿De dónde lo
recibiste? ¿Cómo va a formarse en ti quien te hizo a ti? ¿De dónde —repito— te
ha llegado bien tan grande? Eres virgen, eres santa, has hecho un voto; pero es
muy grande lo que has merecido; mejor, lo que has recibido. ¿Cómo, pues, lo has
merecido?
Quizá parezca insolente al interrogar así a la Virgen y
pulsar casi inoportunamente con estas mis palabras a sus castos oídos. Mas veo
que la Virgen, llena de rubor, me responde no obstante y me alecciona: “¿Me
preguntas de dónde me ha venido todo esto? Me ruborizo al responderte acerca de
mi bien; escucha el saludo del ángel y reconoce en mí tu salvación. Cree a
quien yo he creído. Me preguntas de dónde me ha llegado esto. Que el ángel te
dé la respuesta». -Dime, ángel, ¿de dónde le ha llegado eso a María?-, dije
cuando la saludé: “Salve, llena de gracia” (S. 291, 6)
P.
Teodoro Baztán Basterra, OAR



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