miércoles, agosto 25, 2021

SANTA MÓNICA, MADRE DE SAN AGUSTÍN (1)

 

Por su vida personal, por su influjo en la vida de san Agustín y por sus posibilidades simbólicas santa Mónica merece un puesto de honor en el santoral cristiano. Su determinación, su entereza de ánimo, su inteligencia, su amor materno y su fidelidad a la Iglesia resultaron decisivas en la conversión religiosa de su hijo, uno de los mayores padres de la Iglesia y figura cimera de la cultura occidental. Y esa actitud la convierte en modelo perenne de esposas y madres cristianas. La Iglesia, al honrar su memoria, satisface en cierto  modo la inmensa deuda que tiene contraída con tantas mujeres anónimas, que no sólo han preservado la fe de sus hijos, sino que los han conducido al servicio de la Iglesia y de la sociedad.


AL SERVICIO DEL ESPOSO Y DE LOS HIJOS

Todo cuanto sabemos de Mónica se lo debemos a Agustín. En sus Confesiones le rindió un homenaje imperecedero, amasado de ternura, admiración y gratitud. Y con la misma veneración la recuerda en los Soliloquios, en algunas cartas y hasta en obras de su ancianidad. En una de estas últimas atribuye su salvación a las oraciones de su madre: “las ardientes súplicas y cotidianas oraciones de mi buena madre […] evitaron mi perdición” (El don de la perseverancia, 20,53).

Mónica nació el año 331 en Tagaste, el actual Souk-Ahrás argelino, en un familia acomodada, de raigambre cristiana y fiel a la Iglesia durante el cisma donatista. Así lo indica Agustín al escribir que creció “en una casa creyente, miembro sano de tu Iglesia” (Conf. 9,8,17). Una de las criadas de la casa, que ya había llevado en brazos al padre, dejó una fuerte impronta en su educación, habituándola a disciplinar los apetitos. Fuera de las comidas no le permitía ni beber agua. “Ahora bebéis agua, porque no tenéis vino al alcance de la mano; pero una vez que os caséis y seáis dueñas de bodegas y despensas, le haréis ascos al agua, pero prevalecerá la costumbre de beber” (Ibid).

La realidad vino muy pronto a confirmar los temores de la sirvienta. Al quedar encargada de preparar el vino de la comida, Mónica tuvo ocasión de bajar a diario a la bodega de la casa y con la ocasión llegaron la tentación y la caída. Al principio se contentaba con mojar sus labios con el vino, ya que su sabor no le resultaba apetecible, pero con el tiempo aumentó el gusto y con él la cantidad, llegando a sorber cada día un vaso casi entero.

La sacó del peligro el reproche de otra criada, que durante algún tiempo había sido espectadora silenciosa de la picardía de su señorita. En el ardor de una discusión se lo echó en cara, llamándola borrachina. El insulto se clavó en el corazón de Mónica y, en una reacción muy propia de su carácter, reconoció su falta y rompió completamente con ella: “herida con tal insulto, comprendió la fealdad de su pecado y al instante lo condenó y arrojó de sí” (Conf. 9,8,18). Era la primera señal de un carácter resuelto, incapaz de refugiarse en falsos parapetos y dispuesto a afrontar cualquier dificultad; y quizá también una primera muestra de amor propio y de un innato sentido de la propia dignidad.

A los veinte años contrajo matrimonio con Patricio, un empleado municipal. Su intervención en la preparación del matrimonio sería mínima, ya que en aquella época la elección del esposo, el despacho del expediente y los preparativos de la boda eran cosa del “paterfamilias”. En su nueva casa iba a gozar de mayor libertad. La sociedad romana había hecho algún avance en el reconocimiento de la dignidad de la mujer y dejaba en sus manos la administración de la casa. Se ocuparía de las compras, de los criados, de la educación de los hijos, etc. La marcha de la familia dependería en buena parte de ella. La tarea no le iba a ser fácil. Tendría que convivir con un marido pagano y voluble, tan pronto a las efusiones del amor más tierno como a las explosiones de ira y a las infidelidades conyugales. Era, en palabras de su hijo, “sumamente cariñoso y, a la vez, extremamente colérico”. Pero nunca llegó a poner las manos sobre ella, lo que no dejaba de sorprender a quienes conocían la violencia de su carácter.

Mónica, consciente de su situación, se dispuso a sacar de ella el máximo partido. No entró nunca en discusiones con su marido, y sólo cuando tornaba la calma le daba razón de sus hechos, haciéndole ver que “quizá se había excitado más de lo justo”. Ni siquiera creyó oportuno reprocharle sus infidelidades. Las toleró con paciencia y continuó brindándole su amor con la esperanza de ganarle algún día para ella y para el Señor: “hablándole de ti con sus costumbres, con las que la hacías hermosa y amable y admirable a sus ojos”. Por una parte, era consciente de que la costumbre y el ambiente harían inútiles sus protestas y, por otra, “esperaba que la misericordia de Cristo vendría sobre él” y, con la fe, le daría también la castidad (Conf. 9,9.19). El ejemplo y la oración eran sus únicas armas, y de ellas echó mano día tras día.

Más de una mujer tildará hoy su proceder de apocado y contrario a su dignidad. Su sacrificio sólo habría servido para perpetuar un abuso intolerable. Pero esas apreciaciones olvidan que una conducta como la de Mónica exige autocontrol y firmeza de carácter y que con frecuencia produce fruto. Ella logró la conversión de su marido, “no teniendo que lamentar en él siendo fiel lo que había tolerado siendo infiel” (Conf. 9,9,20). Patricio recibió el bautismo un par de años antes de su muerte, acaecida el año 371.

Tampoco el nuevo hogar le resultó agradable. Ante todo, era una casa pagana, con costumbres muy diversas de la suya. Luego tropezó con una suegra suspicaz y unas criadas chismosas, dispuestas a alimentar con sus cuentos los recelos de la suegra. “Al principio”, escribe Agustín, “su suegra se irritaba contra ella por los chismes de las malas criadas”. Pero pronto estos cuentos se estrellaron contra su paciencia y mansedumbre. La suegra recapacitó y, tras un justo castigo a las culpables, “las dos vivieron en dulce y amigable armonía”.

La misma grandeza de ánimo mostró en sus relaciones con amigas y conocidas, de quiene
s se convirtió en paño de lágrimas. El éxito doméstico le dio un ascendiente que facilitó su apostolado fuera del ámbito familiar. Nunca se permitió comentario alguno que fuera en descrédito del prójimo, y mucho menos de su marido; y ese mismo proceder inculcaba a sus amigas.

Las exhortaba a ser tolerantes con sus esposos y a no airear las faltas de los ausentes. Aborrecía el comadreo y cuando sus amigas caían en sus redes, se aislaba, sin participar en chismes ni divulgar defectos ajenos. Lejos de ir a una con los cuentos de la otra, se esforzaba por limar aristas y conciliar los ánimos encontrados. “Se las ingeniaba para poner en juego sus dotes pacificadoras entre toda clase de personas enemistadas. […] Nunca contaba nada a la una de la otra, sino aquello que podía servir para su reconciliación” (Conf. 9,9,21). Mónica tuvo tres hijos: Agustín, que quizá fuera el primogénito, Navigio y una hermana de nombre desconocido. Los dos últimos no le dieron mayores problemas.

Navigio, joven de salud delicada, introvertido y amigo de indagar el por qué de las cosas, debió de contraer matrimonio, al igual que su hermana. Ésta enviudó pronto y luego fue abadesa del monasterio de Hipona. En él ingresaron también algunas sobrinas de Agustín, sin que conste si eran hijas de Navigio o de su hermana. Lo mismo sucede con Patricio, clérigo de la iglesia de Hipona, y con su hermano, subdiácono de la de Milevi.

Fue Agustín quien absorbió la atención de Mónica. Su genio requería cuidados especiales y ella nunca se los regateó. Sufrió con él, le acompañó en sus dudas, le previno contra el peligro de la lujuria –“muy preocupada me amonestó en privado que no fornicase y, sobre todo, que no adulterase” (Conf.2,3,7)– y le reprochó sus errores doctrinales y sus extravíos morales, llegando hasta expulsarle de casa. Otras veces adoptó métodos más suaves, echando mano de las riquezas de su corazón maternal.

P. Ángel MARTÍNEZ CUESTA, OAR.

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