Va concluyendo el capítulo 6 del
evangelio de Juan, el más extenso de todos. Las palabras de Jesús no admiten
dudas. Son claras y contundentes. Pero sí encuentran rechazo. Según la
mentalidad religiosa de entonces, era imposible admitir que había que comer el
cuerpo o la carne de Cristo para tener vida. ¿Les sonaba a antropofagia?
Quizás. Además, comer la carne y beber la sangre estaba prohibido por la ley (cf
Lv 17,10). De ahí sus palabras: Este modo de hablar es duro, ¿quién puede
hacerle caso? Y eran discípulos suyos quienes así hablaban. Y lo dejan, se
van. Sólo los más cercanos, Pedro y sus compañeros, se quedan. ¿A dónde van a
ir si sólo él, el Maestro, tiene
palabras de vida eterna?
A todo lo dicho por Jesús acerca del pan de la
vida, añade ahora unas palabras muy hermosas y gratificantes para nosotros: El que come mi carne y bebe mi sangre habita
en mí y yo en él. En otros lugares del evangelio Jesús habla de permanecer
en él, como los sarmientos en la vid, para tener vida y dar fruto; porque
separarse de él sería “secarse” y morir. Hoy utiliza el verbo habitar. Habla de habitar en él. No se refiere a estar junto a él, a su lado, sino de
estar dentro de él, que eso viene a
significar la preposición en. Usando la terminología de la
piedad popular podríamos decir que, quien comulga en la eucaristía, está dentro
del corazón de Cristo. Es tan ancho y dilatado su corazón, como dilatado es su
amor, y que ahí, en su corazón cabemos todos.
Pero hay una segunda parte en la
frase que viene, no a complementar lo dicho por Jesús, sino a reafirmar la
unión íntima con él y de él con nosotros. Dice: Y yo (habito) en vosotros. La comunión eucarística no es sólo ni
principalmente recibir la santa hostia y comerla. Es recibir en nuestro
interior la persona de Jesús. Es comunión de vida de él con nosotros, hasta
poder decir con San Pablo: Vivo yo, pero no
soy yo, es Cristo que vive en mí.
San Agustín, pronuncia unas
palabras que, aunque dichas o escritas en otro contexto, son perfectamente
aplicables a lo que venimos diciendo. Se dirige Dios y dice a la luz de su experiencia: el Señor “es más íntimo a mí que mi misma intimidad” (Confesiones, III, 6, 11). ¿Cabe una afirmación
más clara, profunda y contundente?
Poco antes de volver al Padre
después de su resurrección, Jesús envía a sus apóstoles a predicar el evangelio
por todas partes, y les dice: Yo estoy
con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos (Mt 20, 20).
Pero, aunque en la intención de Jesús sus palabras vengan a significar lo
mismo, en nuestro lenguaje humano el habitar en es más, mucho más, que estar
con. Yo puedo estar con un
compañero de estudios, pero, a lo mejor, él no me ha acogido en su corazón. No estoy dentro de él. Estoy a su lado y
él está conmigo. No hay comunión de vida, sino presencia compartida. Es una
presencia, la de Jesús, que no termina cuando acaba la sustancia de lo que
antes era pan, sino que permanece. Es vida nueva que se prolonga. Es gozo
contenido y pleno. Es gracia, don gratuito por lo tanto, es amor sin límite por
su parte y acogida amorosa por nosotros.
Jesús no viene como huésped cuando
comulgamos. El huésped, según la RAE, se aloja por un tiempo en una casa ajena.
Él viene su casa, que somos nosotros. Y no por un tiempo, sino para quedarse,
para formar parte de quienes lo reciben. No viene como huésped, sino como el
Señor. Nos habita y habitamos en él. Establece, vale la pena repetirlo, una
verdadera comunión de vida con quien lo recibe. Esta comunión de vida es el
núcleo o punto de arranque para vivir en comunión con los hermanos. Quien
comulga con Cristo, comulga con los hermanos.
En esta comunión de vida con Jesús, él pone la
vida. Nosotros nos limitamos a acogerla y hacerla nuestra. O mejor, a
compartirla. Ocurre algo parecido con la práctica del injerto que utiliza el
jardinero: El esqueje, débil y perecedero, se incrusta en un tronco robusto y
lleno de vida, y se forma una sola planta, fuerte, firme y con capacidad de dar
fruto abundante o la flor que el jardinero deseaba conseguir. Así nos
injertamos en Cristo, y, a la vez, él se mete muy dentro de nosotros, como la savia nueva del tronco fuerte y
robusto que penetra constantemente en la pequeña planta que en él se ha
injertado. En nosotros.
De ahí que, en palabras de Jesús, todo el que ve al Hijo y cree en él tenga
vida eterna. Ver, en significado bíblico, significa fijar la mirada en alguien,
acercarse a él para conocerlo más y acogerlo con amor. Además, sigue diciendo
Jesús, quien ve al Hijo, ve al Padre.
Y es el Espíritu Santo quien nos introduce en la vida trinitaria. ¿Ciencia
ficción? Absolutamente, no. Es una realidad firme, contundente y sin fisuras.
Somos templo o morada de las tres Divinas Personas: Vendremos a él y haremos morada en él. Morada de las tres Divinas
Personas. Sus nombres aparecen reiteradas veces en la celebración eucarística,
desde el inicio de la misa hasta el final.
La
eucaristía es un sacramento que nos va comunicando día a día vida siempre
nueva, para que la muerte no sea nuestro final, sino el paso a la vida en
plenitud con el Señor.
San Agustín:
"Duro es
este sermón". Ellos eran duros, no el sermón (Sobre el salmo 98, 9).
Cuando se come a
Cristo, se come la vida. No se le da muerte para comerlo, sino que él da la
vida a los muertos. Cuando se le come da fuerzas, pero él no mengua (Sermón 132 A, 1).
Vuelve a ti mismo; en el hombre interior habita la verdad (Acerca de la verdadera religión, 39, 72)
P. Teodoro Baztán Basterra, OAR.

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